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Opinión

  • | 2006/02/12 00:00

    Izquierda y guerrilla

    Sería bueno oír de boca de los parlamentarios del Partido Comunista una condena decidida y explícita de las Farc, así como sería muy conveniente que esos partidos que se declaran uribistas condenaran a los paras

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Tal vez el daño más grande que le ha hecho la guerrilla al país es que convirtió en extremistas de derecha y en reaccionarios a toda una generación de liberales de la clase dirigente. Las Farc no sólo no hicieron la revolución, sino que derechizaron a Colombia. Habrá que esperar otra generación completa -y sin guerrilla- para que otra vez millones de personas vuelvan a confiar en los métodos democráticos de enfrentar las diferencias políticas. El gobierno de Uribe es la culminación casi natural de una estrategia demente de radicalización del conflicto. Lo más imperdonable de la guerrilla es que ha hecho parecer como casi natural y necesaria la reacción más violenta diseñada o tolerada por el establecimiento: el paramilitarismo. Personas que fueron tolerantes, convencidas de los métodos pacíficos para resolver los problemas, se volvieron violentas (y apoyaron tácita o explícitamente a los grupos paramilitares) después de experiencias de injusticia inaceptables, tales como asesinatos, secuestros y atentados. Lo que ha padecido -para hablar del caso más reciente-, a causa de la guerrilla, la familia del ex senador Carlos Lozada Perdomo, es como para volver violenta al alma más ecuánime. Aun suponiendo, lo que es obviamente falso, que esta familia fuera la representante de un clan de esclavistas y negreros, no hay justificación alguna al ensañamiento de las Farc contra ellos: esposa y varios hijos secuestrados, y ahora el padre asesinado a mansalva. Muchos de los miembros más conspicuos de este gobierno, empezando por el Presidente y siguiendo por muchos de los ministros, viceministros y funcionarios de alto rango, han sufrido de una u otra forma el accionar demente e indiscriminado de una guerrilla criminal. Su misma acción asesina ha provocado en algunos casos una reacción contraria simétrica. Es posible que la guerrilla tenga entre sus postulados ideológicos objetivos que coinciden con algunas reivindicaciones típicas de la izquierda (reforma agraria, defensa de los recursos naturales del país, combate a la pobreza), pero los métodos con los que buscan alcanzar estas conquistas son inaceptables. No soy un pacifista a ultranza (creo que contra otro Hitler habría que empezar una guerra), pero me parece que en el mundo y en la Colombia de hoy existe el espacio para hacer reformas de izquierda sin violencia. No hay espacio, en cambio, para una guerrilla que secuestra y mata, y menos para instaurar regímenes comunistas como los que ya fracasaron en el siglo XX. En medio de tanta confusión ideológica, aquí basta que uno se declare de izquierda para ser graduado como guerrillero. Como si izquierda significara matar, secuestrar, extorsionar, o combinar todas las formas de lucha, incluída la electoral. Esa misma radicalización hace que algunas personas de izquierda democrática acusen con gran facilidad de ser paramilitares a quienes se declaran de derecha. Para combatir este ambiente de extremismos ofuscados, sería muy benéfico que unos y otros (la izquierda democrática y la derecha legal), declaráramos nuestra condena explícita y decidida a los dos fenómenos de violencia política más despiadada que ensucian la vida del país: la guerrillera y la paramilitar. Sería bueno oír de la boca de los senadores y representantes del Partido Comunista -ahora aliados en torno al Polo- una condena decidida y explícita de las Farc, cosa que nunca han hecho, así como sería muy conveniente que esos partidos nuevos (que se declaran uribistas y están unidos alrededor del nombre del Presidente) condenaran a los paramilitares, en especial ahora que les dan la bienvenida en su seno a algunos paracos que hasta hace muy poco estaban matando (si no es que siguen en lo mismo). Lo que me temo es que ni los unos ni los otros lo querrán hacer. Con lo que el círculo vicioso de nuestro país violento y radicalizado seguirá igual. Si bien el gobierno de Uribe tiene un talante autoritario (basta oír el tonito diario de su ex ministro estrella, Londoño Hoyos), hasta el día de hoy las libertades fundamentales no han sido arrasadas y al menos el discurso público del Presidente es casi siempre impecable. La oposición puede participar en elecciones y ganarlas, como en Bogotá, la prensa no está amordazada, y los dirigentes políticos de izquierda (al menos los que no viven en zonas paracas) pueden hablar, moverse y participar en todo tipo de actividades proselitistas. Quizá también por paradoja, este gobierno ha conseguido que la melcocha que antes formaban las coaliciones de liberales y conservadores -herederas del frente nacional- se hayan roto, y ahora el campo resulta más definido entre quienes buscan reformas de izquierda por la vía democrática y quienes abogan por un gobierno de derecha, como el que está en el poder. Tal vez por primera vez en mucho tiempo en Colombia se puede hablar de una izquierda y una derecha definidas, digan lo que digan los tecnócratas a quienes no les gustan estos términos.
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