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Opinión

  • | 1995/04/03 00:00

    JINETES DE LA CERTIFICACION

    Sobre el canciller Rodrigo Pardo nadie puede anotar en ese episodio nada distinto que puros elogios....

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DURANTE LAS INTENSAS SEMANAS en las que pendió de un hilo la certificación de Estados Unidos a Colombia, hubo varios protagonistas que pasaron una dura prueba de carácter, con buenos o con malos resultados.
Para comenzar, ignoro si el Presidente de la República estaba moralmente derrumbado, pero el hecho es que no se le notó. En uno de los momentos más difíciles 'se fajó' un ponderado discurso sobre el compromiso de su gobierno con la erradicación de cultivos de droga en los próximos dos años (como compromiso aguanta, así sea imposible de cumplir), que muy posiblemente evitó que Clinton optara por des-certificarnos del todo. Pero más que nada, me parece que la mayor virtud del presidente Samper consistió en no haber caído en el discurso antiyanqui tan común en América Latina, ni en haber apelado al fácil recurso de exacerbar el nacionalismo antigringo entre los colombianos. Al contrario de recurrir a emociones priparias, Samper dio una muestra de temple, porque no hay que desconocer que una certificación forzada de Estados Unidos implica un inevitable motivo de derrota para un gobierno que se le está cuestionando la bobadita de su credibilidad.
El embajador de Colombia en Estados Unidos salió en últimas bien librado, después de sus patinadas iniciales. Cuando finalmente comprendió que la des-certificación sí era, evidentemente, un riesgo que corríamos, y al que no se podía responder con ensortijada de ojos, dejó de actuar como Napoleón en los corrillos de Washington, y aceptó la humillación de rebajarse a hacer lobbyine entre funcionarios tercerones, que es lo que le correspondía hacer desde un principio. Si al comienzo de todo este problema a Lleras de la Fuente se le veía como el peor embajador para el momento, ahora la percepción es la de que aguanta, en la misión de capotear el vendaval de la desconfianza norteamericana.
Sobre el Canciller, nadie puede anotar más que elogios. Cómo habla de bien. Cómo es de equilibrado y de sereno. No desperdició una sola oportunidad para poner la cara a través de los medios y, sin dejar de reconocer la gravedad de la situación, se las arregló en cada una de sus declaraciones para proponerle al país una salida, y dejarles a los colombianos la tranquilidad de que existe una persona manejando el tema. Este difícil episodio del país le sirvió al canciller Rodrigo Pardo, que quede claro de una vez por todas, para crecerse.
Al embajador de Estados Unidos en Colombia, Myles Frechette, también hay que reconocerle méritos, sin olvidar que es el enemigo, porque representa los intereses del Tío Sam, y no los nuestros. Fue incisivo, nos intimidó, nos alertó sobre lo que nos corría pierna arriba, pero no perdió su cordialidad, a pesar de las no pocas rechiflas que ha tenido que soportar, porque, no lo olvidemos, al fin y al cabo vive entre colombianos. El toque de su disfraz de Drácula, por lo demás, revela un profundo sentido del humor o un estado de preocupante demencia. Prefiero pensar que es lo primero.
Por último queda por analizar el caso de la familia Pastrana, Padre, Hijo y Espírtu Santo, que viene a ser Juan Carlos.
En mi modesta opinión, han quedado muy mal. El episodio de la certificación, que debería haberle servido a Andrés para recuperarse de la acusación de traición a la patria que le representó el episodio de los narcocasetes, le sirvió para todo lo contrario: casi que para confirmarla. Al fin y al cabo la familia Pastrana realmente cree que a Andrés le robaron las elecciones con dinero del narcotráfico, y no veo porqué alguien que está totalmente convencido de lo anterior se sienta en el deber de frenarse ante consideraciones patrióticas en su afán de hacer lo que cree que debe: tumbar al gobierno de turno. No de otra manera puede entenderse la forma como el expresidente Pastrana se sintió aludido ante la referencia a los "colombianos apátridas " del ministro delegatario Horacio Serpa.
Los titulares de La Prensa hablan por sí solos. No han logrado marcar la frontera entre una sana oposición al gobierno y una dañina campaña que desprestigia profundamente al país. No tiene porqué ser distinto eso que Juan Carlos Pastrana escribe en la prensa de lo que él y el resto de su familia pueden estar diciéndole al oído a los congresistas estadounidenses.
Desde luego que sobre eso no hay pruebas, porque no se trata de un lobbying en estricto sentido del término. Pero por el hecho de que en los registros oficiales del Congreso norteamericano no figura el lobbying de la familia Pastrana bajo un título de 'Pastrana's family. Issue: Presidential indictment- No certification', como ingenuamente Juan Carlos pretende hacérnoslo creer, eso no prueba que no haya habido conversaciones, aquí y allá, en las que se haya transmitido información política más movida por las pasiones que por la razón. Es como si los aportes de marras en la campaña samperista hubiera que buscarlos en las cuentas bajo el renglón 'dineros hermanos Rodríguez Orejuela'.
Nada de lo que ha ocurrido con la familia Pastrana en los últimos días los libera de esta molesta sospecha que el país tiene sobre su influencia en el tema de la certificación. Por Dios que quisiera estar equivocada. Pero nunca había habido objetivos tan cercanos entre el colombiano Andrés Pastrana y el norteamericano Jesse Helms.
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