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Opinión

  • | 2005/05/22 00:00

    La ciudad del miedo

    A raíz de la reubicación de los indigentes del Cartucho y de los vigilantes del Parque de la 93, Juan Carlos Orrantia reflexiona sobre una ciudad que se reorganiza a partir del miedo al otro.

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Indigentes y delincuencia, protestas y hasta gases lacrimógenos retumban ya en lo que pueden llegar a ser las postrimerías del olvido y la reubicación. En su momento se habló de pobreza y de falta de atención, de malos manejos y malos programas. Pero los actos se suman, aparecen y desaparecen. Y así, mientras la ciudad vuelve a su normalidad, en medio de todo el desconcierto el miedo permanece. El miedo que con su presencia provoca, construye y destruye.  El mismo que, quizá por su presencia casi fantasmagórica, borrosa, espanta las miradas sobre las formas de exclusión social con las que camina de la mano en nuestras ciudades.

El miedo ha creado personas y espacios marginales. Una serie de eventos recientes han iluminado la presencia de quienes habitan estos espacios. También han resaltado el rechazo a ellas. Estas expresiones han demostrando que la exclusión está tan presente que esa, sí que da miedo. En marzo (12-03-05) la revista SOHO publicó una denuncia sobre la exclusión social en el Parque de la 93. Se ponía el dedo en la llaga de las consecuencias sociales de haber contratado una firma de organización de eventos para controlar quién entra o no, al espacio de un parque público. Vendedores ambulantes y personas de bajos recursos son excluidos al perímetro de la alta sociedad, basados en la "pinta" y el peligro que la figura humana puede llegar a representar para algunos en ciertos lugares. Hace unas semanas este miedo a la humanidad clasificada y excluida repitió puesta en escena. Se manifestó de manera tan corporal, que los eventos que envolvieron a los desplazados internos de la ciudad en la posibilidad de convertir el Matadero Municipal en su nuevo espacio se narró en una metáfora tan irónica, que asusta.

Bogotá, como muchas otras ciudades de Latinoamérica, es un espacio donde convergen historias sociales y economías contemporáneas creando condiciones que han llevado a que el miedo se mezcle en la conciencia pública. Hay una identificación colectiva con el miedo lo cual ha generando lo que algunos llaman las ciudadanías del miedo. Entonces nos recluimos, nos escondemos, montamos rejas, cámaras de seguridad, contratamos hombres de negro con perros azarosos y bozales de cuero lascivo. El miedo produce la idea de que todos somos víctimas en potencia. Mejor dicho, vivimos pendientes de que en cualquier momento nos sueltan el perro, su lujuria o la del atracador. Esto ha llevado a que muchas organizaciones de amigos de tal y de lo otro, que se crean  en (o se creen)  los corazones escogidos de la ciudad, hayan reconfigurando los espacios sociales a partir de la recuperación del espacio público -¿público?-.

Hoy, las reconfiguraciones de los espacios urbanos reflejan mapas donde se hacen claras las expresiones de la violencia urbana que se ha constituido sobre nociones de clase, raza y sus largas historias de exclusión. Por eso la contraparte a la víctima en potencia es el criminal en potencia. Así se identifica y clasifica a las personas, legitimando abusos y atropellos en el mejor de los casos. Estos procesos de organización urbana han recluido a individuos a territorios marginales. En los años 80 las famosas "fuerzas oscuras" llegaban en carros de vidrios polarizados a estos espacios a "limpiar", recordándonos esas formas de cómo lo público se constituye también a partir de una relación tensa con lo privado. En el artículo de SOHO limpiar se utilizaba por el administrador de la Pesquera Jaramillo, y ya no de forma tan oscura. Hace unas semanas se denunciaban de nuevo las limpiezas sociales en Ciudad Bolívar. El miedo y la higiene, temerosa pareja que sigue bailando frente nosotros. Danza sutil, quizá, pero de ejecución muy agresiva.

Si bien la pobreza hace parte de esta ecuación, en nuestra sociedad tanto o más también lo hacen prácticas basadas en la exclusión de clase, raza y género-conceptos que en una sociedad como la bogotana, por no decir de más, son considerados inocuos. Parecieran estar tan adentro que nos da miedo escarbar para verlos ahí, cerca de la superficie. Quizá por eso se hacen tan visibles por quienes revuelven y clasifican basura para sobrevivir. Y cuando por motivos que tienen que ver con la reorganización y la "limpieza" del espacio público vemos lo que no queremos ver, entonces estas personas se sacan a relucir pero en su versión excluida como los delincuentes, o peor aún, como delincuentes en potencia. Entonces surgen las protestas y los reclamos a la "seguridad". Por eso en una sociedad patriarcal como la nuestra, la clasificación de personas y espacios bajo esta perspectiva implica nuevas formas de agresión y de violencia que permiten la eliminación de sujetos que para muchos, parecen sobrar.

Así que no me sorprendí, pero si me preocupé cuando, durante la semana de las protestas contra los desplazados del antiguo Cartucho el concepto de limpieza volvió a surgir. Esta vez lo escuché por una emisora radial en la voz de uno de los líderes de las familias a ser reubicadas, temiendo por sus vidas. Y no es para más. Esa es la realidad para algunos,  a causa del miedo y la segregación de muchos. Estas situaciones nos obligan a tomar en serio las ficciones escritas por el miedo. Nos obligan a no olvidar, a construir memoria. A recorrer los pliegues de la ciudad, a conocer y reconocer los lugares donde se acumulan los "residuos" de todo aquello que se sale de los parámetros de orden, progreso y belleza que una sociedad excluyente, apoyada en el miedo, produce y no quiere ver.

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