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Opinión

  • | 1986/05/19 00:00

    LA CONCESION BARCO

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Por una especie de pacto íntimo con el sentido del humor, que es, con la honestidad, las dos cosas que más respeto en un ser humano, esta columnista pocas veces se deja poner trascendental. El asunto se resume en un principio consistente en que la forma menos corta de vivir la vida es tomarla en serio.
Pero, como diría la Nena Jiménez, "hay una sola cosa sobre la que no puede hacerse chiste". Y es sobre la posibilidad, por fortuna cada vez más remota, de que Virgilio Barco llegue a la Presidencia de la República. Porque quizás la primera víctima de su peculiar escuela política sería la libertad de prensa. Y como yo no había nacido en la época en la que personajes como Jaime Soto se desempeñaban como censores de los periódicos (en su caso de El Siglo), no cuento en mi hoja de vida con la experiencia de haber sobrevivido jamás a una época de coacción sectaria del derecho de expresión.
Precisamente porque pienso que sería incapaz de sobrevivirla es por lo que me veo en la necesidad de hablar de la Concesión Barco.
Quizás al lector este nombre lo sitúe en el tema petrolero. Pero no. La Concesión Barco a la que yo aludo es una escuela periodística que fue inaugurada durante la actual campaña presidencial. Consiste en que todo periodista que intente ejercer la profesión entrevistando al candidato oficialista, tiene primero que concederle algo.
En el periodismo escrito, una de las Concesiones Barco más usuales es la de exigirle al periodista que le conceda al candidato las preguntas por escrito, antes de aceptarle la entrevista. De ahí que en este momento el periodismo escrito del país se divida en dos grupos. El de quienes le han concedido esta modalidad al candidato y han obtenido la entrevista, y el de quienes no se la han concedido y no la han obtenido.
En radio, la Concesión Barco tiene otra modalidad. Consiste en que cada vez que un periodista radial quiere hablar con el candidato oficialista, incurre en la obligación de concederle la entrevista a Ernesto Samper.
Pero hay una tercera modalidad de la Concesión Barco, y es la que se le aplica al periodismo televisado. El aspirante debe hacerle al candidato la concesión de sentarse frente a él, echar a rodar las cámaras, hacerle las preguntas, apagar las cámaras, marcharse a su casa, y aguardar tres o cuatro días a que el candidato se ponga el mismo vestido del día de la entrevista, se siente en el mismo lugar, ordene prender las cámaras, lea las respuestas a las mismas preguntas, ordene apagar las cámaras, edite cuidadosamente la cinta para pulirle el "lilolá" y se la envie a una determinada dirección.
La Concesión Barco como escuela del periodismo ya cuenta con adeptos en varios medios de comunicación del país. A estas parece habérseles encomendado la delicada tarea de desbaratar de un plumazo el verdadero significado de la libertad de prensa, para reemplazarlo por uno muy barquista: el de que atenta contra esta libertad todo el que se atreva a ejercerla.
En un reciente artículo, un columnista oficialista defiende el derecho del candidato Barco de vetar medios que hayan demostrado su franco desacuerdo con el candidato. Pero, peor aún, señala como atentatorio de la libertad de prensa el procedimiento de ejercer cualquier tipo de imaginación periodística, por mínima que sea, como la de enfrentar las respuestas que dos candidatos dieron en diferentes días a preguntas identicas de un mismo periodista.
La escuela periodística de la Concesión Barco si que contrasta con el respeto por la libertad de prensa de que ha hecho gala el presidente Betancur, no sólo en sus épocas como candidato, sino durante sus cuatro años como Presidente.
Un candidato que pone como condición, para dirigirse ante una audiencia universitaria, que no se permita la entrada al recinto de ningún periodista ajeno a su campaña presidencial, seguramente sería un Presidente que gobernaría de espaldas a la opinión pública.
Pero quizás lo más grave de un cuatrienio semejante serían las secuelas de la Concesión Barco.
En virtud de ella, se pagarían regalías a todos aquellos que durante esta campaña le hayan hecho al candidato las concesiones que este le ha exigido al periodismo nacional.
Pero, por el contrario, como muy bien lo anuncian apocalípticamente los columnistas de talante barquista, se le desconocería el derecho a ejercer la libertad de prensa a todo aquel que, durante esta campaña presidencial, se haya atrevido a ejercerla.
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