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Opinión

  • | 2001/10/29 00:00

    La crisis

    El proceso arrastra dos taras. Una procesal: falta de reglas, plazos y árbitros. Otra sustancial: suponer que es posible la ‘revolución por contrato’

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Este no es el comienzo del final y ni siquiera es el final del comienzo. Pero, si bien nos va, de pronto puede ser el comienzo del comienzo.

Y es que el proceso de paz no ha comenzado: van 38 meses y 13 días de ires, venires y sudores en torno a la zona de distensión, que poco o nada tiene que ver con la paz.

Veamos. Cuando un Estado y la insurgencia firman la paz, puede ser necesario establecer una zona donde los guerrilleros se concentren antes de proceder a su desarme y reinserción definitiva. Así se ha hecho en muchos países —aunque no en todos—. Así ocurrió con el M-19 en Santo Domingo, Cauca. Y por eso la Ley 418 de 1997 facultó al Presidente para crear zonas desmilitarizadas.

Pero en Colombia ensillamos antes de traer las bestias. Fue lo que hizo Belisario al conceder la amnistía antes de iniciar el diálogo. Y lo que hizo por supuesto Andrés en su primer encuentro con ‘Tirofijo’. Es la cuota inicial que cada Presidente extiende a la guerrilla para que acepte volver a negociar. Sólo que a poco andar la cuota se convierte en el peor obstáculo al proceso, como otra vez se vio a lo largo de estos tres años. Hasta llegar a la crisis de estos días, cuando la zona de paz casi mata la paz.

La casi-muerte fue así. Después de septiembre 11, de Serpa en el Caguán y del asesinato de ‘La Cacica’, Pastrana no podía prorrogar la zona así no más. Y como las Farc no le dieron ni la hora, optó por concederles a Washington y a las Fuerzas Armadas los famosos controles sobre la zona —aprovechando para eso la terrible vaguedad de los acuerdos—. En la práctica, entonces, sí hubo una desmejora de las “garantías”, y por eso las Farc congelaron el proceso.

Pero al acercarse el 20 de enero, no había nada que hacer: o las Farc se tragaban el sapo o se tragaban el sapo. Tomó dos ultimátums, 10.000 soldados, un borrador ladino de 14 puntos, la mediación de la ONU y de 10 países para que Marulanda se convenciera de que Andrés no estaba cañando porque ya no tenía opciones, y de que iba a perder sus 42.000 kilómetros cuadrados.

Además de confundir la zona con la paz, el proceso arrastra dos taras congénitas. Una procesal: falta de reglas, árbitros y plazos. Otra sustancial: suponer que es posible la “revolución por contrato”, que un gobierno burgués puede llevar a cabo un programa comunista. De modo que, aún hoy, para mal de Colombia, el proceso carece de futuro.

Y sin embargo la crisis tuvo la mejor salida factible. De entrada, nos ahorramos los muertos adicionales que producen las rupturas. Y es además posible que aquellos tres defectos hubieran comenzado a corregirse en grados modestos y distintos, así:

1. Marulanda “aceptó” las (nuevas) garantías (nótese: no “reconoció” que ellas fueran las mismas de antes): ¿Será que ahora las Farc —y los halcones de este lado, que son muchos— dejan en paz la zona y se resignan a que ella exista como existe? Si esto sucede, terminaría el tira-y-afloje sobre la distensión y el proceso podría comenzar.

2. La excelente gestión de Lemoyne y los países amigos entreabre la puerta a la mediación externa, que podría significar ideas imparciales, dinero y —cuando llegue la paz— cascos azules. Además, Pastrana logró la “baza” del cronograma para hablar (por ahora, sólo hablar) de bajarle atrocidad al conflicto —y es porque, sin resultados tangibles, “su” proceso morirá el 7 de agosto—.

3. Queda el tema más grueso de la agenda, en el que el documento de los Notables, que ahora vuelve a la mesa, abre una ceja de luz con la idea de la Constituyente (en vez de la “revolución por contrato”).

¿El comienzo del comienzo? Quizás. Se salvó la zona, pero no la paz. Y aunque el proceso puede haberse enderezado un poquito, ahora viene la hora de la verdad:

—Que la atrocidad disminuya de manera sensible antes de agosto.

—Que tanto las Farc como el Ejército, el Establecimiento y la opinión “des-zonicen” el proceso para poder hablar de paz.

—Que los candidatos no hablen de la zona, sino de la Constituyente o las reformas que estarían dispuestos a negociar con la guerrilla.

—Y que Bush no se oponga, más aún, que por algún raro rebote, la DEA vuela a conversar con Marulanda. Porque ese, nos guste o no nos guste, es el trasfondo del proceso de paz.
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