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Opinión

  • | 2003/11/24 00:00

    La francachela de los generales

    El mundo de los 'gastos reservados' es tan complejo, que o se prohíben o se admite que en su ejecución hay unos límites demasiado abstractos

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Ahora que por fin el país está reconociendo la importancia del papel que cumplió el general Mora al frente de las Fuerzas Militares, me parece una ocasión propicia para reconsiderar el caso de otros dos generales contra los cuales se pudo haber cometido una injusticia.

La velocidad con la que sacaron de la institución al general Leonardo Gallego y al general Jorge Pineda acusados de haber realizado compras e inversiones indebidas con el rubro de los 'gastos reservados' fue vertiginosa.

Y debo confesar que de ello me molestan dos cosas. La primera es la de aplicar tan tajantemente el tema moral a algo tan abstracto como son los 'gastos reservados', cuyo único propósito de existir es el de ser gastados inmoralmente, comprándole información, por ejemplo, a quien debería estar obligado a suministrarla por ley, o sobornar a alguien para que colabore o a alguien para que espíe.

En la resolución número 04844 de 1999 de la Contraloría, se define qué son los 'gastos reservados' de la siguiente manera: "Son erogaciones destinadas al cubrimiento de actividades de inteligencia e investigación para la conservación y el restablecimiento del orden público y la represión del delito. Incluye operaciones y funcionamiento de redes de inteligencia, pagos por información, material técnico y de analistas".

Y luego añade en qué puede gastarse el dinero: "Las operaciones de inteligencia incluyen el alquiler de vehículos, inmuebles, servicios de hoteles y restaurantes, pago de pasajes aéreos y terrestres, pago de peajes y teléfonos privados y pago de propinas especiales y material técnico para desarrollarlas".

Es tan amplia su definición, que francamente nunca he entendido si hay una diferencia clara entre gastarlos bien y gastarlos mal. Un almuerzo en La Fragata puede ser parte de una misión de inteligencia. Una porcelana Capo di Monti de 650.000 pesos (no creo que valgan tan poco como eso) puede estar destinada a la compra de información. Un óleo de don Quijote de 800.000 pesos puede utilizarse para premiar a un informante. Ni para qué hablar del Mont Blanc de 528.000 pesos, que podría haber sido utilizado como una 'propina especial'. ¿Habrá mujer con secretos que contar que se resista a una gargantilla de 3.400.000 pesos?

En el caso del fiestononón del general Pineda, que era para celebrar el día de la inteligencia, se invirtieron 30 millones de pesos ¿Y quiénes eran los invitados? Pues la tropa. ¿Invertir esa suma en unos soldados desmoralizados justifica, o quizás no, echarle mano a los gastos reservados?

Y eso es lo segundo que me molesta. Bien, supongamos que cuando culmine esta investigación, se concluye que es imposible probar que La Fragata, el estilógrafo, la porcelana, la fiesta, estuvieran estrechamente ligadas a una investigación de inteligencia, y menos que alguno de estos gastos obtuvo los resultados esperados.

Tendríamos que concluir que aquí lo que hubo fueron graves faltas de criterio, pero hasta ahora nada indica que el general Pineda se hubiera embolsillado 30 millones de pesos -porque eso fue lo que costó la fiesta- o que la esposa del general Gallego tenga exhibida la porcelana en la mitad de su sala.

Por muy graves que hubieran podido ser estas faltas me parece difícil equipararlas al delito de robo o de peculado. El mundo de los 'gastos reservados' es tan complejo, que o se prohíben del todo y se eliminan del presupuesto o se admite que en su ejecución hay unos límites demasiados abstractos para aplicar los criterios comunes a la hora de hacer las cuentas.

Aquí evidentemente se cometieron unas faltas de criterio graves -una de las peores fue la escogencia de la atroz coreografía de bailarines de la fiesta del general Pineda-. Pero más grave aún es acabar por ello de un plumazo con la vida militar de dos hombres que le entregaron 30 años de servicio a su patria, y que ahora han sido retirados del servicio como los peores delincuentes del país.
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