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Opinión

  • | 1996/10/07 00:00

    LA GUERRA QUE NEGAMOS

    LA GUERRILLA CONDUCE TRES ESTRATEGIAS EXITOSAS. EL ESTADO NO TIENE NINGUNA.

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Surgiendo de las profundas selvas del Putumayo, en la oscuridad, 500 guerrilleros pulverizan con un fuego cruzado de morteros, granadas y cohetes la base militar de Las Delicias defendida por 111 soldados. Fusilan a los suboficiales, dejan 30 cadáveres y se llevan al resto de los soldados. El mismo dia, 30 de agosto, la guerrilla toma 26 poblaciones y destruye cuarteles de policía en 13 departamentos. El balance de la ofensiva es de casi un centenar de soldados o policías muertos. Todo eso tiene un nombre. Se llama una guerra. Es la guerra que no queremos ver. No es una guerra civil; ella no divide a la Nación; solamente la horroriza. Es una guerra irregular a cargo de una minoría bien organizada, que pone al servicio de su ideología (marxista) y de sus móviles políticos (la toma gradual del poder, nada menos) una mezcla de métodos propios de la guerra de guerrillas, del terrorismo y también del bandidismo común, como son los secuestros. Esa guerra, hay que decirlo con lúcida frialdad, la está ganando la guerrilla por dos motivos: primero, porque tiene una estrategia a largo plazo, cuyas etapas, paso a paso, viene cumpliendo con extraordinaria eficacia; segundo, porque hace frente a un Estado corrupto, inepto y clientelizado y a una Nación devorada por el desaliento, la pobreza y la inseguridad. Tal es el cuadro que tampoco queremos ver. Asesor de la Consejería Presidencial, Alfredo Rangel Suárez es uno de los pocos analistas que ha logrado ver con suma claridad la progresión de la guerrilla, la naturaleza de su lucha y su triple estrategia. La progresión subversiva es alarmante. En 20 años ha pasado de 16 frentes a más de 100. Moviliza hoy unos 15.000 hombres y antes de ocho años dispondrá de 300 frentes y del doble de efectivos. Rangel calcula sus ingresos en 1.000 millones de pesos diarios producto del narcotráfico, el boleteo y el secuestro. Es una empresa a la vez económica y política. "Política en sus fines y bandoleril en sus medios", dice Rangel. Acción ideologizada también, puesto que no ha dejado de ser marxista ni de creer en la lucha de clases y en la violencia como partera de la historia. Su triunfante estrategia militar consiste, al estilo del Viet Cong, en fragmentar las fuerzas del enemigo y en fijarlo en diversas zonas del territorio, mientras ella conserva movilidad e iniciativa. Su estrategia política le permite infiltrarse en órganos del Estado, en el establecimiento sindical, centros universitarios y aun en organizaciones de Derechos Humanos. Tambien, bajo el emblema de 'poder popular', implica la toma progresiva y sistemática de las administraciones locales mediante la intimidación y a favor de la ineficiencia y la corrupción estatal. Dicho poder le permite colocar gente suya en cargos públicos, obtener contratos, retener porcentajes de sueldos e imponer condiciones a quien quiera hacer campaña política en sus territorios. Esta presencia incontenible llega, según Rangel, a 600 municipios. Frente a esta triple estrategia (la económica es la tercera), el Estado no tiene ninguna. Hay sólo minúsculas estrategias de gobierno, limitadas al breve lapso de cuatro años, que consisten básicamente en esperar el milagro de una negociación política. Ahora bien, la guerrilla actual no piensa desmovilizarse, como el M-19 o el EPL, porque sus éxitos y sus objetivos están ligados a la guerra. Mientras avance, la negociación será para ella sólo un recurso táctico. "Es parte de la guerra; se usa para legitimar lo conseguido con la confrontación", dice el propio ELN, sin que por ello se desanimen los ilusos del diálogo. La misma incongruencia corre por cuenta de quienes piden más efectividad a las Fuerzas Armadas sin aceptar los medios para que ello sea posible. Medios legales que requiere la inteligencia militar sobre todo en el aspecto investigativo. (Legalmente debería cumplir funciones de Policía Judicial). Faltan Medios materiales. Nuestro pie de fuerza es proporcionalmente inferior al del Ecuador y Venezuela. Cuando en El Salvador, que tiene solo 22.000 kilómetros cuadrados, hay 96 helicópteros, disponemos de la mitad para un territorio 60 veces mayor. Desde luego, de poco servirían esos recursos si no se remedian problemas internos. Pese a las Brigadas Moviles, las Fuerzas Armadas tienen una pesada estructura operativa. Más del 50 por ciento de sus efectivos están inmovilizados en cuarteles. Treinta mil hombres cuidan aeropuertos, vías, instalaciones petroleras o de comunicaciones. Los comandantes, según Rangel, tienen una excesiva rotación, y el sistema de ascensos premia la antigüedad, el buen desempeño burocrático y las relaciones sociales, y muy poco los méritos en la acción. Todo eso sería remediable, si existiese voluntad política, liderazgo civil y solidaridad de la Nación. Pero nada de eso se ve. Los medios de comunicación son ante todo máquinas informativas que 'cubren' noticias sin profundizar en el problema subversivo. Entrevistan alegremente a los comandantes guerrilleros. Actúan como simples espectadores de una guerra ajena. Féretros y goles: tales son las diarias secuencias de los noticieros televisivos. Pronto vendrán las reinas de belleza a distraernos. Y así, suavemente, el país se hunde sin siquiera darse cuenta.
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