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Opinión

  • | 2005/01/16 00:00

    La hora del cartel de Cali

    El libro revive episodios graciosos, de cómo Gilberto y Miguel contrataron a un lagarto venezolano para que trajera al Papa a Colombia

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Sobre la historia del surgimiento del cartel de Medellín, de su trasfondo social, terrorista, político y sobre las características de ese monstruo -en todo sentido- que fue Pablo Escobar, no hay duda de que el mejor libro, que encuadra todos estos episodios en la historia contemporánea del país, es La Parábola de Pablo, de -Alonso Salazar, de Editorial Planeta-. Si el lector todavía no lo ha leído se lo recomiendo. Entenderá tantas cosas de este país que se asombrará. Pero ahora, un nuevo libro del periodista Camilo Chaparro, un poco menos ambicioso en cuanto al contexto histórico general del surgimiento de este cartel, está a punto de salir a circulación, y su editorial (Intermedio Editores) muy amablemente me dejó leer por adelantado la primera gran versión que se escribe sobre ese otro cartel, cuya cabeza acaba de ser extraditada a Estados Unidos. El autor del libro posee tanta información sobre el tema, que a veces parece desordenado: se devuelve abruptamente sin método periodístico o describe el mismo episodio varias veces en distintas páginas. Pero en general es una obra valiosa en extremo, que revive la historia reciente y que deja una conclusión escalofriante: Colombia llegó a ser en un momento dado propiedad de los hermanos Orejuela. Ni la capacidad de zozobra que ejercía Escobar sobre el país, ni sus carros bomba y secuestros lograron nunca manejar todos los hilos del poder, como lo hizo el cartel de Cali. Sus métodos eran tan distintos: la compra de conciencias y el cobro de favores fueron la clave de todo su poderío. Para quienes de todas maneras nos imaginábamos que ello era así, el libro alborota la capacidad de asombro de hasta el más experto en los alcances del crimen organizado que montó el cartel de Cali para amasar la inmensa fortuna que le permitió comprarse al país. El eje central de este libro lo constituye sin duda alguna el pánico que desde hace muchos años le tenían los Rodríguez a la extradición. Por cuenta de él se compraron al Congreso, donde no se reformaba un renglón de ninguna norma penal o de procedimiento que no hubiera sido revisada hasta la última coma por los abogados del cartel. Se compraron algunos miembros de la Constituyente, que con el miedo sembrado por la ola terrorista implantada por los 'extraditables' de Escobar fueron el complemento perfecto para prohibir la extradición en Colombia. Se compraron a las autoridades, a los equipos de fútbol, a los periodistas y a los taxistas. Toda una nómina de miembros de las Fuerzas Militares, héroes y hampones desfilaron en sus fuerzas de protección. En esa década, ya tranquilos por la seguridad de que no los sacarían de Colombia, solo les quedaba resolver lo de su sometimiento a la justicia, que en épocas del gobierno Gaviria se les había negado 'por conchudos'. No ofrecían nada, salvo su libertad por unas mínimas gabelas. Decidieron para eso comprar un gobierno, a cambio de la condición de que no se reviviera la extradición, y sí en cambio obtener un trato preferencial judicial o carcelario -dependiendo del momento- a cambio de favores recibidos. La forma como según el autor del libro se compró en el Congreso la absolución del Presidente en el proceso 8.000 es exhaustiva, aunque desgraciada pero entendiblemente carece de nombres precisos. Sólo recuerda el terrible episodio de que la Corte Suprema llamó por prevaricato a más de 100 congresistas -con la sospecha de que vendieron sus votos por gabelas como auxilios o puestos diplomáticos- , y que por una tutela de la magistral senadora de la época Vivian Morales, la Corte Constitucional absolvió a todos con el argumento de que los votos de los congresistas no eran juzgables. En este interregno los Rodríguez se entregaron unas veces, fueron liberados otras y capturados finalmente. El libro revive episodios graciosos, si no fueran tan dramáticos, de cómo Gilberto y Miguel contrataron a un lagarto venezolano al que le ofrecieron millones de pesos para traer al Papa a Colombia, porque eso les traería una rebaja de la pena. Cuando se filtró la noticia, se hizo una bolsa común de los narcos para ayudar a convencer al episcopado. Y muchos incluso se 'apuntaron' para que el Papa bautizara a sus hijos. Y como complemento, intentaron comprar congresistas para que el jubileo -el paso de siglo- también les trajera una rebaja en reclusión. Se matricularon en clases de inglés, de comercio, de derecho, e incluso Miguel Rodríguez puso un caspete en la cárcel para obtener rebala de penas por trabajo, vendiendo gaseosas al debe a los demás reclusos. Revivida la extradición, con la condición -ya desesperada de los Rodríguez- de que los delitos por juzgar no fueran posteriores a la fecha de su expedición, dice el autor del libro que los Rodríguez comenzaron a cobrar favores. "O ayudan, o nos hunden. Nosotros no vamos solos para Estados Unidos". No se dice en ninguna parte que el ex presidente Samper hubiera ido a donde Uribe presionado por los Rodríguez, pero el hecho claro es que fue. Según Cambio, hecho que el libro reproduce, 'Samper' visitó el 31 de marzo a Uribe para argumentarle que "su ambición reelectoral se mejoraría sin algunas extradiciones". A lo que se supone que Gilberto Rodríguez, según el libro, dijo: "Por lo menos ese h.p. está haciendo algo". Al mismo tiempo Samper pidió reformar el tratado de extradición con Estados Unidos, alegando que se estaba abusando del mecanismo y que por ese motivo podría regresar el narcoterrorismo al país. Pero indudablemente, la frase más enigmática del libro es aquella que utiliza la editorial para promocionarlo: Según Gilberto Rodríguez, en frase pronunciada frente a asesores suyos en la cárcel La Picota, dijo: "Si me extraditan, al lado de mi celda tendrán que habilitar otra para un ex presidente de la República." Esta columna dejará de aparecer durante un mes. Motivo: vacaciones.
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