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Opinión

  • | 2006/04/15 00:00

    La inevitabilidad del TLC

    Guillermo Maya analiza uno por uno los supuestos dilemas planteados por los defensores del Tratado de Libre Comercio.

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Los defensores de la globalización actual, que entre otras cosas actúan como marxistas aunque no lo sepan, resucitan el determinismo económico con los argumentos de que no hay alternativa, de que la globalización es incontenible y de que es el destino, para subirse al tren de la globalización, y para colocar a sus críticos, reales e imaginarios, ante disyuntivas falsas.

El dilema no es entre integración o no integración. El dilema es sobre la clase de integración: Una cosa es un TLC edificado sobre los derechos de las grandes corporaciones, nacionales y extranjeras, y otra cosa es una unión económica que, como la europea, tiene una agenda para los ciudadanos de a pie, además de la corporativa, que permite la libre movilidad de la mano de obra entre sus países socios, tiene fondos para el desarrollo de los países socios más pobres, para mejorar la infraestructura, la educación y la reconversión de la fuerza de trabajo y para los sectores más afectados por el cambio social, como los agricultores. ¿Qué tiene el TLC para esto? Nada. La llamada agenda interna y la reconversión de los sectores agrícolas tendremos que financiarlas los colombianos.

El dilema tampoco es entre exportar y la autarquía. El dilema es entre darle prioridad al comercio (el mercado) o al desarrollo de “las fuerzas productivas”, como afirma Federico List. Es decir, el dilema es entre un internacionalismo consumista, que promete bajos precios a los trabajadores, aunque la libre competencia es la excepción y no la regla, y que sólo ve las ganancias de corto plazo, y una estrategia nacional de desarrollo que, sacrificando el consumo presente, haga la transformación de la base económica hacia estadios productivos cada vez más complejos y sofisticados.

Darle prioridad al comercio, con una inserción internacional basada en las ventajas comparativas naturales, sería privilegiar una inserción empobrecedora, que sólo se apoya en el surgimiento de actividades de rendimientos decrecientes, intensivas en recursos naturales y en fuerza de trabajo barata, y poco intensivas en conocimientos. Además, esta inserción produce un divorcio creciente entre el aparato productivo y el aparato educativo, favoreciendo la emigración de los más educados porque no encuentran empleo en su propio país.

En este sentido, un dato poco alentador es que la economía colombiana se está reprimarizando. Es decir, cada vez las actividades primarias, especialmente la minería, han adquirido más importancia, con una caída paralela de la industria en el PIB, como consecuencia de los programas de apertura desde los años 90. Mientras tanto, los profesionales colombianos emigran por millones a los países desarrollados, con la paradoja de que son los países pobres los que transfieren inmensas sumas de capital, en forma de capital humano, a los países ricos.

¿Exportar? ¿Quién dijo que es malo exportar? Lo importante en el comercio exterior es que las exportaciones sean capaces de pagar por las importaciones. Pero no todos lo países pueden hacerlo. Los superávit de unos son los déficit de otros, y si está situación se torna estructural, sobre todo por el lado de los déficit, estos países tendrían que financiarlos con deuda o inversión extranjera, lo que en el largo plazo obligaría a los países a adoptar programas de ajuste estructural, dictados por el FMI. Y siempre estos ajustes se hacen sobre las espaldas de los trabajadores y los más pobres, con aumentos en los impuestos, represión salarial y menos gasto social. En Colombia, entre 1992 y 2002 se acumuló un déficit comercial de 20.310 millones de dólares.

Sin embargo, si es importante exportar, también lo es qué exportar. Es decir, qué tipo de bienes hay que producir. No es lo mismo exportar potatos-chips que exportar bienes de alta tecnología, como los microchips. La riqueza de las naciones modernas no se basa en los recursos naturales, que bien pueden ser una ventaja inicial, sino en el conocimiento y la innovación tecnológica, que posibilita producir bienes con altos contenidos en valor agregado. La industrialización, ahora en su fase de tecnología de la información, fue el camino que escogieron los países desarrollados para generar valor agregado, altos salarios y crecimiento. Por eso, ¿El problema del TLC es el arroz con pollo? No. El problema es el modelo de desarrollo. Vamos hacia otro desastre económico, como con la apertura unilateral de Gaviria y Hommes.

Estados Unidos no le regala nada a nadie, y algún presidente norteamericano lo expresó así: “Estados Unidos no tiene amigos sino intereses”. Por eso, el criterio de los negociadores norteamericanos en la negociación del TLC era defender el acceso de los bienes y el capital de los Estados Unidos al mercado colombiano. En este sentido, en una negociación entre desiguales (Estados Unidos es 130 veces la economía colombiana), en un campo de juego desnivelado (Los innovadores en ciencia y tecnología son ellos, mientras el gobierno colombiano defiende el TLC para poder vender bocadillos), no podemos engañarnos con tanto optimismo, y más bien deberíamos recordar la siguiente frase de Federico List: “Desde que los troyanos recibieron de los griegos el regalo de un caballo de madera, siempre ha sido para una Nación muy peligroso admitir presentes de otras naciones” (1841).
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