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Opinión

  • | 2003/08/31 00:00

    La inútil guerra contra el terrorismo

    Si el ataque contra la sede la ONU en Bagdad ocurrido la semana pasada, debe tener algún resultado, es que la Organización se cuestione por el papel que ha venido cumpliendo frente al conflicto en Irak. De ese punto parte Jorge Iván Cuervo, docente e investigador de a Universidad Externado de Colombia, para criticar la actuación de <i>"un organismo presumiblemente neutral"</i>.

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El ataque terrorista contra la sede de la ONU en Irak no tiene justificación, pero puede entenderse. Así mismo, por más doloroso que nos haya parecido, el debate sobre la presencia de Naciones Unidas, una vez terminadas las operaciones militares en una situación de ocupación ilegal de un país soberano por una potencia extranjera -como ha calificado la situación de Irak el propio Secretario General de Naciones Unidas-, es necesario abrirlo entre quienes todavía creemos en la importancia de la multilateralidad, la neutralidad de la ayuda humanitaria y la disuasión diplomática para resolver los conflictos entre Estados como condiciones de un mundo más seguro.

Lo peor que podemos hacer quienes no optamos por la violencia y por los medios terroristas para hacer valer nuestros puntos de vista y nuestras ideas, es suponer que estos actos son absolutamente irracionales, que no obedecen a una lógica política, perversa, claro, pero la lógica no sabe de moral sino de coherencia. Detrás de este ataque debe haber alguna racionalidad que es necesario desentrañar. Para calificar la acción no nos podemos quedar en los adjetivos, el debate es sustantivo y yo quiero tratar de entender qué fue lo que pasó.

Veamos los antecedentes. Estados Unidos, con el apoyo de otros países, realiza una operación punitiva contra Irak por fuera de la Carta de Naciones Unidas, esto es, sin el respaldo del Consejo de Seguridad, es decir, de manera ilegal e ilegítima -nunca se demostró el vínculo entre Al Qaeda, el régimen iraquí y los ataques del 11/9-; manipula información sobre la posesión de armas de destrucción masiva por parte del régimen de Husseim para justificar el ataque, utiliza medios desproporcionados con enormes daños colaterales -que es la manera como eufemísticamente se llama la muerte de civiles-, captura a líderes políticos iraquíes, algunos de los cuales no tenían nada que ver con el conflicto bélico -luego de ponerlos de manera ignominiosa en una baraja de naipes como un gesto inaceptable de deshumanización del adversario- y realiza allanamientos ilegales, utilizando poderes de policía que nadie le ha otorgado. No vamos a defender la bondad del régimen de Husseim que había cometido crímenes de guerra contra el pueblo kurdo y represión indiscriminada contra disidentes, pero el problema empieza en no hacerse cargo de esa situación bajo la égida de Naciones Unidas, máxime cuando no había evidencia suficiente de la capacidad de Irak para poner en riesgo la seguridad mundial.

El Ejército estadounidense conduce sus operaciones militares al margen del Derecho Internacional Humanitario, DIH, sin discriminar entre civiles, combatientes y no combatientes -los hijos de Husseim, al momento de su muerte no eran combatientes y fueron tratados como tales ante el silencio del mundo occidental, léase Naciones Unidas-; se suprime toda forma de representación política y se arrasa con bienes culturales de una ciudad histórica, se entrega la soberanía del pueblo iraquí a un Consejo de Administración sin ninguna representatividad -sus 25 miembros fueron elegidos por Estados Unidos- y, ¿Cómo querían que los recibieran?

Naciones Unidas, que no avala la guerra a la luz del Derecho Internacional, tampoco denuncia las infracciones al DIH -crímenes de guerra- cometidos por los ejércitos de ocupación, expide una resolución ambigua -la 1483- que pudo haberse entendido por los grupos más radicales de la resistencia iraquí como una legitimación del Consejo Transitorio de Administración y de la ocupación misma, a pesar de los esfuerzos de Sergio Vieira de Mello -quien murió en el atentado-, en el sentido de que era necesario, para normalizar la situación, la elección cuanto antes de un gobierno iraquí, sugerencia que había aprobado el propio Consejo de Seguridad, pero sin que se avanzara sustancialmente en esa dirección. Y adicionalmente, la organización realiza una valoración ingenua de su presencia subestimando la indignación y la capacidad de agresión de los grupos leales a Husseim, con las consecuencias conocidas.

En ese contexto, el ataque contra Naciones Unidas, dado el mandato ambiguo que le dio el Consejo de Seguridad -ni de aceptación ni de condena de la ocupación-, sienta un precedente muy grave de incomprensión de la neutralidad que caracteriza a la organización ante situaciones de conflicto propiciadas por una potencia al margen de la legalidad internacional. La respuesta del Consejo de Seguridad, con una resolución que busca proteger al personal de la ONU y al de otras organizaciones humanitarias, deberá ir acompañada de una profunda reflexión por parte de ese organismo frente al rol que deberá cumplir en el futuro ante situaciones de guerra por fuera del sistema de la Carta de Naciones Unidas.

Ahora bien, con todo el respeto que tengo por la nación estadounidense y por Naciones Unidas, considero legítimo preguntar ¿cuál es el control que tienen los ejércitos de ocupación sobre la situación en Irak? ¿Cuál es la legalidad que se está aplicando durante la ocupación y quién su garante? -Hay denuncias de "prisioneros de guerra" en condiciones infrahumanas- ¿Cuál es la responsabilidad de la comunidad internacional representada por Naciones Unidas sobre esta ocupación ilegal? ¿Qué consecuencias tiene frente a la paz mundial y la vigencia de los derechos humanos la guerra contra el terrorismo decretada por el Gobierno de Estados Unidos? ¿Los atentados de Balí, Bagdad, Indonesia, -que demuestran que Al -Qaeda tiene intacta su capacidad de coordinación y de agresión-, así como el hecho de no haber podido capturar a Ben Laden, no son un buen síntoma del fracaso de la estrategia de confrontación abierta para enfrentar redes terroristas? Estrategia que, en el concepto tradicional de seguridad, está destinada a aumentar la vulnerabilidad de los Estados y especialmente de los ciudadanos.

¿Qué es el terrorismo? Es un concepto ambiguo que puede definirse a partir de los actores, de las motivaciones o de los medios usados, que se ha ido transformando. Más o menos existe cierto consenso académico en que el terrorismo de los grupos islámicos bajo el patrocinio o la inspiración de Al- Qaeda, es una nueva forma de terrorismo de redes -netwar- que utiliza a su favor una organización descentralizada, acciones simultáneas difícilmente previsibles, y toda la tecnología en comunicaciones con el fin de crear zozobra entre la población, generalmente para obtener de parte de los Estados ciertas concesiones. Es un mensaje contundente de odio y de intolerancia, pero también es el reconocimiento de querer decir algo a interlocutores que no entienden, no ven y no consideran como legítimos los puntos de vista del terrorista. Así que atacar el terrorismo en abstracto, es atacar un fantasma, como lo es atacar la violencia, o la droga. Son entidades incorpóreas que no podemos dotar de animación. La guerra contra el terrorismo es contra nadie y contra nada, en esa medida es contra todos.

En esa lógica, de inmensas asimetrías entre la capacidad de destrucción de los grupos terroristas de la netwar y la incapacidad de prevención por parte de los Estados, los ciudadanos, la población civil, las organizaciones humanitarias, siguen siendo la parte más frágil de la ecuación, como lo demostró el atentado en Bagdad.

El mundo tiene que hacer un esfuerzo para tratar de leer qué hay detrás de quienes deciden usar el terrorismo como su medio de expresión política. Y esto vale para el mundo tanto como para Colombia. Este esfuerzo de entendimiento no es en modo alguno una justificación ni una abdicación de usar con todo rigor los mecanismos democráticos para enjuiciar a quienes usen medios terroristas. España es un buen ejemplo: ha logrado combinar represión, inteligencia militar y rechazo político contra la ETA -grupo terrorista por excelencia-, pero ha avanzado en otorgar mayor autonomía al País Vasco, reconociendo que detrás, muy detrás, hay un legítimo reclamo de mayor autogobierno. Otro tanto hizo Inglaterra con el IRA y no ha sido interpretado como una concesión.

Habrá quien sostenga que con los terroristas no puede haber negociación alguna y que esa estrategia debe ser la única posible por parte de los Estados. Lo cierto es que hasta Israel, Estado militar como ninguno, ha tratado de tender puentes de negociación con sectores moderados palestinos en un esfuerzo de comprensión del conflicto, con resultados frágiles gracias al impacto devastador de nuevos ataques terroristas contra población civil por parte de grupos palestinos radicales y las respuestas desproporcionadas de parte de Israel, pero con la claridad de que una negociación, un entendimiento recíproco, es lo único que puede ofrecer una paz y una seguridad sostenibles en el Medio Oriente.

¿Será muy inoportuno entonces, una vez amainado el dolor, pedir un poco de sensatez para volver a pensar en si la guerra total contra el terrorismo es la mejor forma de obtener un mundo más seguro? ¿En que el respeto por los derechos humanos y el derecho internacional humanitario, como límites éticos al proceder de los Estados y a la guerra, tienen todavía algún sentido? Pienso que si no se hace un alto en el camino, seguramente seguirán existiendo los motivos -en medio del fanatismo y el odio de grupos radicales en todo el mundo- para que alguien repita atentados horribles como el de Bagdad, y tampoco faltarán insensatos que no entenderán y seguirán, sin saberlo, alentando otros ataques con su retórica belicista en nombre de la libertad y de la democracia, y haciendo de este mundo, un lugar más inseguro.

*Abogado, Magíster en Políticas Públicas, Docente e Investigador da la Facultad de Finanzas, Gobierno y Relaciones Internacionales de la Universidad Externado de Colombia.

jicuervo@cable.net.co
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