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Opinión

  • | 2019/09/09 17:32

    La mata no mata

    La ignorancia es atrevida y en el poder, tirana. ¿Qué culpa tiene la hoja? Ella ha estado ahí desde siempre, verde reluciente bajo el sol, lista para convertirse en una infusión o un ungüento analgésico, en el fondo de una salsa o en la masa de una arepa. Si termina en las narices de la gente es porque un tinglado de delincuentes la procesa para un multimillonario negocio ilegal.

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Afuera de la maloca que se encuentra en medio del campus de la Universidad Nacional de Colombia, sede Leticia, hay unas plantas de coca que fueron sembradas por indígenas de la región como parte del proyecto de estudios interculturales que la universidad adelanta desde hace muchos años.

En los días previos a la Cumbre Presidencial por la Amazonia que se iba a realizar en esa maloca, la gente a cargo de la avanzada de seguridad del presidente Duque les advirtió a los indígenas y al personal de la universidad que no querían ver matas de coca en el escenario por donde desfilarían presidentes, ministros y lagartos participantes del ‘Pacto de Leticia por la Amazonia’. “No queremos ver ni una mata de coca aquí”, fue la frase que usaron. “Tocar una sola planta de esas es como arrancar el brazo de una persona”, respondieron los indígenas. Al final, la Cumbre se realizó sin arrancar las matas que tanto le molestaban a la seguridad presidencial. Las taparon, como si su mágicas hojas verdes fueran una evidencia de lo que les avergüenza.

A los gobiernos de nuestros países productores de coca les da pudor la mata, pero no el delito. Como en el viejo chiste, venden el sofá intentando arrasar con los sembrados pero permiten que la corrupción de los narcos y los carteles haga estragos al interior de la fuerza pública, de los políticos locales y nacionales y hasta de presidentes de la república. El gobierno Uribe gastó millonadas en pautar un comercial infame en el que un niño decía que la coca es la mata que mata, mientras asperjaba glifosato de lo lindo. Por ese entonces, en 2010, a una lumbrera del Invima se le ocurrió que como cierre del gobierno nada mejor que dejar restringida a los territorios indígenas la circulación y venta de productos alimenticios y bebidas a base de hoja de coca. Esto es, que era “legal” el consumo de estos productos únicamente en los resguardos que lo producían. Al Resguardo de Calderas y la líder nasa Fabiola Piñacué les tomó cinco años lograr un fallo del Consejo de Estado que declarara no ajustado a la Constitución y a la ley el exabrupto legal del Invima.

Pero eso no le importa a las autoridades sanitarias o de policía en las ciudades, cuando les da por destruir pomadas, gaseosas y harinas de hoja de coca como si estuvieran allanando una olla de droga. La ignorancia es atrevida y en el poder, tirana. ¿Qué culpa tiene la hoja? Ella ha estado ahí desde siempre, verde reluciente bajo el sol, lista para convertirse en una infusión o un ungüento analgésico, en el fondo de una salsa o en la masa de una arepa. Si termina en las narices de la gente es porque un tinglado de delincuentes la procesa para un multimillonario negocio ilegal. La coca es sagrada, medicinal y alimenticia.

Obstinados en esta verdad de a puño, un grupo de 19 chefs provenientes de distintas ciudades colombianas acogió la iniciativa de la Alianza Coca para la Paz y el Congreso Gastronómico de Popayán y en agosto pasado hizo un recorrido gastronómico–etnográfico por la comunidad de Lerma, en el sur del Cauca, para conocer procesos de transformación de la hoja de coca con fines alimenticios. Conocer de primera mano a los campesinos cocaleros, los métodos de fabricación de sus productos de panadería y refrescantes, las condiciones geográficas, geológicas y sociales en las que viven, son los insumos que les permitirán a estos chefs introducir en los menús de sus restaurantes platos novedosos a partir de la hoja de coca. Se espera que de esta iniciativa surjan recetas innovadoras, recetarios e intercambios culinarios que desarrollen empatía y despierten el sentido social de los comensales frente a un producto altamente estigmatizado pero ampliamente cultivado en muchas zonas del país.

Claro está, si las autoridades permiten que la hoja de la coca circule, para que pueda llegar también hasta las cocinas de alimentos y los laboratorios de experimentación gastronómica. Hasta el momento, solo el Sena tiene permiso de compra de hoja a estas comunidades, expedido por la Oficina de Estupefacientes. Mientras los narcotraficantes tienen incendiadas las rutas de la cocaína, y zonas enteras están bajo control de los carteles mexicanos y colombianos, el Estado sigue controlando y cerrando las rutas a la hoja que puede alimentarnos y sanarnos.

Las incoherencias en el manejo de estos productos son más que evidentes. En el caso de la cannabis medicinal, el Invima tomó la decisión de darles permiso de producción y distribución a las multinacionales, y dejó en el aire a los pequeños y medianos empresarios colombianos que cumplen con todos los requisitos. Así no se puede construir país, así no vamos a salir nunca de la guerra, la pobreza y la exclusión.

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