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Opinión

  • | 2018/09/13 03:12

    La mediocridad como valor social

    Si la meta de un ciudadano es ser presidente de la república, no importa si a lo largo de ese transitar hacia la Casa de Nariño se asocia con narcotraficantes, saqueadores de los dineros públicos, tramoyeros y una larga lista de fieras que componen esa enmarañada fauna de la política nacional. Y no importa porque, socialmente, lo válido es llegar.

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Vladimir Nabokov, el célebre autor de Lolita, acuñó en su Curso sobre el Quijote una frase cuyo valor semántico parece tener hoy más credibilidad que nunca: “En la vida, la mediocridad tiene más suerte que el genio [porque] es el fraude el que cabalga a la valentía de la verdad”. Recordé la sentencia poco después de leer un artículo en el que se le atribuye al reconocido estratega político y publicista venezolano J.J. Rendón la siguiente afirmación: “El electorado colombiano es el más manipulable de América Latina”.

Por experiencia, sé que la utilización de ciertos elementos lexicales en el discurso es una manera eficaz de dejar en evidencia la posición política y la forma de pensar de quien habla o escribe. Sé que las metonimias son figuras retóricas del lenguaje que muestran solo una parte de la realidad, pues, en esa contigüidad semántica, alcanzamos a leer una fracción de la unidad como si fuera el todo. Las sociedades son necesariamente metonímicas, ya que hacen parte de algo mucho más grande que son los países, y estos son apenas fragmentos de los continentes. Cuando aseguramos que Colombia es un país conservador, estamos revelando solo parte de una realidad. Cuando en un aeropuerto internacional nos someten a una larga y extenuante requisa porque la leyenda dice que los colombianos son narcotraficantes (gracias a Pablito y a un gran número de políticos corruptos que aún permanecen activos), se está poniendo en el escenario el mismo recurso lingüístico.

Colombia es una nación diversa en muchos aspectos, pero políticamente apenas empieza a despertar. Seguimos inmerso en una cultura oral, ya que hablamos mucho y leemos poco, y el libro sigue siendo para una gran mayoría de los ciudadanos un artefacto de castigo y no el puente para alcanzar el conocimiento. En este sentido, los procesos de desarrollo se mantienen en la retaguardia (entre estos el más importante: el de la educación), pues no siguen los lineamientos lógicos, equivalentes a la complejidad que representan los textos explicativos, expositivos y argumentativos frente a lo redundante que podrían representar los narrativos. En términos cristianos, seguimos alimentando la cultura de la facilidad, de esa “mediocridad” que referencia Nabokov en su celebrado ensayo sobre el Quijote. Seguimos recibiendo la renovación cultural por arriba, de la misma manera como recibimos en el pasado el proyecto modernizador.

Como la cultura no es una isla en sí misma, sino la interacción de un conjunto de disciplinas y hechos, los baches cognitivos en la formación de los individuos están garantizados. No hay que entender la política como el arte de hablar paja ni soltar en la plaza pública un discurso carretudo, pues esta, no hay duda, debe entenderse en el sentido literal que le dieron los antiguos griegos: la capacidad intrínseca de los individuos de una sociedad de llevarle bienestar a sus hermanos. Pero como la ética, ese detector de movimientos de la sociedad que direcciona los actos políticos no sirve para nada, según lo expresado por un reconocido payaso que funge de abogado, habría que entender entonces la política como un negocio y una manera democrática de ascenso social y no como un gesto altruista de un grupo humano para con otro.

Lo anterior pone de manifiesto una sentencia atribuida de Nicolás de Maquiavelo que asegura que “el fin justifica los medios”. Es decir, no importa el camino que se transite en la búsqueda de un objetivo porque lo importante es el objetivo mismo y no el camino recorrido. En otras palabras, si la meta de un ciudadano es ser presidente de la república no interesa en este caso si a lo largo de ese transitar hacia la Casa de Nariño se asocia con narcotraficantes, atracadores de los dineros públicos, tramoyeros y una larga lista de fieras que componen esa enmarañada fauna de la política nacional. De ahí que el jurista en mención, maestro de las triquiñuelas jurídicas, experto en dilatar los procesos y lograr el vencimiento de términos, asegure que a la hora de defender a uno de sus clientes (comprobado parapolítico, acusado por la Procuraduría de desfalco presupuestal) él deja por fuera las ideologías, una barbaridad de la que no estoy seguro si verdaderamente la entienda, pues las ideologías no son como los vestidos que una persona se pone y se quita cuando le venga en ganas.

Que la mediocridad tenga más suerte que el genio, como la asegura el maestro ruso, autor de una de las obras más brillantes y polémicas del siglo XX, tiene en gran medida que ver con la educación que se imparte en los colegios y universidades, pero también con esa inversión axiológica que se viene dando en el corazón de las sociedades. Lo anterior quizá explique por qué un pésimo abogado sea hoy un show mediático y por qué un antiguo y pésimo estudiante de la Universidad de Cartagena, de quien se duda haya escrito el trabajo de grado con el que obtuvo su título, y cuya gran proeza no haya sido otra que cargarle la maleta al rector, ocupe, sin ninguna explicación convincente, una de las vicerrectorías más importantes de esa alma máter.

En Twitter: @joaquinroblesza

E-mail: robleszabala@gmail.com

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