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Opinión

  • | 2019/03/15 09:19

    Antes de que se me olvide

    Hago parte de una generación que se pregunta constantemente por la memoria; que no quiere que se olvide lo que pasó, que escribe libros, arma exposiciones y hace documentales para recordar y así poder pasar la página.

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Pertenezco a la primera generación de la memoria. Hemos hecho de ella un ejercicio cotidiano casi imperceptible porque sucede en todos los formatos: la atesoramos en papel o en la nube; imprimimos fotos y editamos videos; nos multiplicamos en el espejo de las redes para sentirnos eternamente presentes, más reales. Vamos dejando un rastro que nos permita regresar a casa.

Somos la generación que nació y creció en el conflicto, en paralelo al aumento de la violencia, de siglas y versiones de grupos armados de todo tipo. La que ha visto demasiadas cosas y padeció lo que hoy Netflix vende como entretenimiento; la que demasiadas veces se ha dejado convencer de que adelantar procesos de paz es más cercano a la traición que a la desmovilización. Y por eso se vuelve a engatillar.

Hago parte de una generación que se pregunta constantemente por la memoria; que no quiere que se olvide lo que pasó, que escribe libros, arma exposiciones y hace documentales para recordar y así poder pasar la página.

Esta es la primera gran generación que sabe que hay múltiples historias y, entre ellas, la oficial es una más, desafiando la mirada binaria sobre este país y su pasado, aunque aún le cuesta aceptar y aprehender la diversidad.

Debatimos por los centros de memoria, por los archivos de la memoria, por los museos que exponen la memoria, por los guardianes o cancerberos de la memoria; por cómo cargar con toda esta memoria sin que la manipulen políticamente. ¿Quién decide qué debemos recordar, cómo recordarlo y compartirlo? ¿Cómo reconocer, con respeto, lo que diferentes personas y comunidades han vivido para que todos tengan el espacio, la dignidad y el valor que merecen?

La memoria es todo lo que ya no somos para poder ser. Vamos dejando de ser muchas cosas para seguir viviendo. Lo mismo pasa en las poblaciones y comunidades de este país que están dejando atrás rótulos y pasados para ser de una manera distinta y avanzar su vida e historia. Por eso su memoria es tan preciosa y necesaria para todos los colombianos. Lo que pasa es que somos tan excluyentes que ni siquiera aceptamos la historia y la memoria de otros.

Las paradojas de la vida: mi generación es la misma cuyos padres por primera vez están marcados o amenazados por el olvido. Hoy muchos de mis amigos son hijos de padres que los han olvidado. A todos nos aterra que nos miren a los ojos y no nos recuerden; nos da rabia por la implacable impotencia (así como tantos miran a los ojos a las comunidades a pesar de tenerlas olvidadas). Si ellos nos olvidan, ¿cómo recuperar esos años que vivimos y no recuperamos? ¿Dónde quedamos? La orfandad en vida.

Cuando los recuerdos se empiezan a poblar de silencios y el presente parece desaparecer, empezamos a diluirnos. Si las comunidades se llevan sus memorias, si no se reconocen en la historia que compartimos como colombianos, cada día que pase caminaremos más perdidos en este país. La falta de memoria afecta las decisiones que tomamos, hace que no nos reconozcamos ni podamos reconocer a otros y darles la importancia que tienen; afecta el estado de ánimo y las conductas. Lo dice uno de nuestros expertos en el mal del olvido, el doctor Francisco José Lopera.

Mi generación es hija de una Colombia con Alzheimer. El doctor Lopera, en una entrevista publicada a finales de 2018 por El Tiempo, habló de los hitos que marcan el inicio y final de esta cruel enfermedad: “Lo primero es la pérdida de memoria reciente porque empiezan con repetidera, olvidos y embolatan las cosas. Y el último es que dejan de sonreír”.

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