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Opinión

  • | 2018/09/10 19:04

    La odiosa cultura de lo gratiniano

    En una sociedad pobre como la nuestra, en la que las necesidades básicas se insatisfacen a diario, es lógico entender que queramos muchos bienes y servicios, especialmente de parte del Estado, gratis.

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Otra cosa es alimentar una cultura asistencialista que se vuelve odiosa cuando hasta del sector privado se espera que todo llegue a las manos de los ciudadanos sin el menor esfuerzo.

Las sociedades se orientan por gobiernos capitalistas o socialistas que dependiendo de los resultados permanecen y se consolidan como ideologías que marcan los derroteros por largos periodos, y por lo general, por siglos. Ejemplo de esto se da en países como Estados Unidos de América y la actual Rusia, Inglaterra, Italia, España, entre otros.

Cuando los capitales entran en crisis son permeados por otros modelos que mueven a las masas cuando estas salen beneficiarias del ejercicio de políticas públicas que plantean un menor esfuerzo para las familias y los individuos a cambio de lealtades electorales. Vemos este concepto desarrollado en ciudades como Bogotá que después de ser gobernada por siglos por la derecha, ahora se debate entre extremos radicales sin que se avizore el triunfo definitivo de uno de ellos, pues pareciera que después de varios gobiernos de izquierda y uno “atravesado” de derecha, la primera ideología se montará nuevamente para “enderezar” los caminos de asistencialismo en salud, educación, trabajo, protección de la niñez y la juventud, lucha contra la drogadicción, bajo el esquema de comprender que este flagelo es una enfermedad, disminución de tarifas de agua y movilidad, etc., salvo que el actual gobierno logre terminar las obras que se propuso y que pudieran dar un vuelco al desarrollo y el progreso versus asistencialismo.

Otros entienden el asistencialismo como una expresión de la Constitución Política de Colombia que perfiló al Estado Social de Derecho, con programas dirigidos a las clases vulnerables, defensa de los derechos y las libertades, y una diversidad propia de los Estados modernos.

Pero no todo tiene que ser gratis, menos lo que nos ofrece el sector privado que tiene sus propósitos de sostenimiento y crecimiento, que produce empleo y alimenta la productividad del país, y que está comprometido con lo social.

En este contexto considero que no es justo que algunas personas se vengan en contra de la revista SEMANA y su versión Semana.com porque decidió dentro de su fuero empresarial interno cobrar por sus contenidos, primero, porque la mayoría de medios de comunicación a nivel internacional lo hace, y segundo, porque sostener todo el andamiaje con el que se produce cuesta.

Menos justo resulta achacar a la revista patrocinios de un gobierno cuando demuestra con sus noticias a diario que cuando debe denunciar hechos de corrupción o de malas prácticas gubernamentales, lo hace sin sonrojarse y sin prever el resultado negativo que ante sus productos pueda sufrir.

La revista Semana y su versión on line, Semana.com, han brindado dentro del marco constitucional una información veraz e imparcial a la ciudadanía a través de sus noticias, ideas, opiniones, ejerciendo el control social propio de los medios de comunicación, que sin ellos tendríamos un aparato corruptor mayor, haciendo sacrificios económicos incalculables.

En la crisis global que afecta a los medios masivos de comunicación y especialmente a los escritos, Semana.com abrió la ventana virtual para que los usuarios se informen y conciban las instituciones, el Estado, el poder y otras manifestaciones necesarias para el devenir de la sociedad, requiriendo a quien tenga vínculos de afecto y lealtad para que con la suscripción coadyuve en el sostenimiento de tan importante herramienta democrática.

Seguro estoy que cuando los gobiernos y sus agentes actúan deformando las reglas del poder, ahí está la revista presta a denunciarlos.

Entendible debe ser que en ocasiones cause molestia porque se hable de los errores de nuestros líderes, como bien puede ser en contra de Uribe, Pastrana, Santos y ahora Duque, sin que se valore cuando se resaltan los logros de cada gobierno y se destapan las ollas podridas que permean la administración pública y judicial.

No olvidemos las lecciones que nos dejan experiencias peligrosas contra las democracias como las de Venezuela con Maduro o Estados Unidos de America ahora mismo con Trump.

El presidente Duque, ajeno a cualquier práctica que censure los derechos a la libre expresión, opinión o información, le haría bien al país si a cambio de lo que hacen algunos seguidores de su mentor, se pronuncia a favor de estas libertades.

Así mismo, opinadores como Coronell, Maria Jimena Duzán y todos los que tenemos el inmenso compromiso de escribir pensando en una mejor Colombia tenemos que hacerlo cada vez más comprometidos en tareas de responderle, por ejemplo, a mas de 11 millones que pidieron realizar el cambio en la ética pública.

No pasemos por alto intervenciones históricas en las que SEMANA ha jugado un papel trascendental, como en el proceso 8.000 o en la frustrada Paz de Pastrana cuando le abrió los ojos al país; durante el 91 en la Constituyente fue caja de resonancia; la lucha contra los carteles y su posición firme frente a la extradición. No hay evento de la Colombia moderna que desde su fundación Semana no haya sido protagonista de la mejor informacion sin pasión o marca en favor o en contra.

Por estas consideraciones manifiesto expresamente mi disentir con aquellas personas que quieren aprovecharse de la crisis para montar películas que no le caben a la revista y a sus directivos.

(*) Abogado Constitucionalista.

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