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Opinión

  • | 1998/04/27 00:00

    LA PARABOLA DEL RETORNO

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El periódico que fue comprado por Inversiones Bavaria se ha convertido en escuela de comunicación social, pues saca periodistas todos los días. De los 'egresados' uno que otro regresa, como es el caso de la sin igual María Jimena Duzán, quien acaba de sorprendernos con su retorno al que fuera diario de los Cano. Y regresa con un alegato sobre la dignidad o indignidad de hacerlo.
Yo no creo que sea indigna su actitud, ni indigno trabajar con el Grupo Bavaria. Ni más faltaba. Eso nadie lo ha dicho, aunque ella sospecha que lo estamos pensando los que nos hemos retirado de ese periódico. Sea lo que fuere, en su columna de reinserción en El Espectador, nos tilda de ingenuos, y lo que es peor, de fariseos y de igualmente indignos. Sin que a ella nadie se lo esté diciendo. Todo porque, en su sentir, cualquier medio en que trabaje un periodista resulta aliado de algún grupo económico.
Yo encuentro, sin embargo, una gran diferencia entre el apoyo que puedan dar entidades comerciales no reprochables a una publicación y la adquisición misma de su propiedad. Esto último convierte fácilmente el medio informativo en un boletín del negocio, o peor aún, en una apariencia de periodismo objetivo, con muy secretos intereses económicos.
El periódico que fue de la familia Cano pudo tener respaldos y pautas, como es lógico, o verse ahorcado por deudas que financiaron sus últimos, desesperados, años, pero mientras conservó la propiedad en cabeza de la familia, tuvo autonomía periodística.
Al llegar los nuevos dueños, se empezaron a conocer comunicados de "los mayores accionistas", quienes actuando por sí y ante sí, hacen precisiones que rubrica la sola firma del presidente general de la compañía. En esta misma forma es nombrado un director, a disgusto, según parece, de los Cano, ya para la fecha, accionistas más que minoritarios. Así lo dio a entender el propio Juan Guillermo en reportaje a la periodista Olga González, en El Tiempo. Finalmente se da a conocer un consejo editorial, en el cual deslumbran periodistas de Caracol, como Darío Arizmendi, más consejeros de Presidencia, y hasta ex directores del DAS, como Ramiro Bejarano, del tiempo de los atafagos judiciales del régimen.
No ha sido, pues, una pataleta, como pinta María Jimena la actitud de sus colegas, que de forma limpia abandonamos la casa editorial, cuando la vimos convertida en territorio de ocupación.
Pero no por ello nos creemos más ni menos morales que otros. Nadie esperaba tampoco disculpas de la periodista por volver a ocupar su tribuna, seguramente con el mismo acopio de lectores, que le somos aficionados. No. Es cuestión de gustos y también, un poco, de definiciones personales. El asunto está planteado en si uno quiere o no contribuir con su aporte periodístico (el periodismo lo hacen los periodistas, no los cerveceros) a una muy clara concentración de medios en manos de un conglomerado económico.

Decidme, ¿es esta granja la que fue de Ricard?". Y traduzco: ¿Es esta oficina la que fue de Guillermo Cano, la misma que ocupara luego su propio hijo, Juan? ¿Es este el modesto cubículo en el cual laboró, aun siendo director, José Salgar?
"Decidme, ¿ha mucho tiempo que se arruinó el molino...?". (vaya si se arruinó). "¿De quién son esas fábricas, quién hizo puente real?". Déjame ver, si son fábricas, deben ser de la cervecería, o quizás hangares de alguna empresa aérea.
"Dejadme entrar, señores... ¡Por Dios! Si os importuno...". Hay que rogar ahora para entrar, pues inclusive a la viuda de Cano la atajaron en la puerta. "Recuerdo... Hace 30 años estuvo aquí mi cama". (En mi caso, lo que estuvo fue mi escritorio o la mesa del dibujante, que aceptó por unos días trabajar en la nueva planta de la Avenida 68). "Decidme, ¿y por los techos aún fluye y se derrama...?". Sí, sí, recuerdo que le caía de la terraza un polvillo cósmico por una claraboya cenital que tenía el cubículo y por eso dejó para siempre esa pequeña oficina.
"Recuerdo... Un médico muy serio vino de la ciudad...; nosotros indagábamos con insistencia vana, y nos hicieron alejar". Nada pudo hacerse por la vida de Guillermo Cano. ¡Había sido asesinado! "Señora, buenos días; señor, muy buenos días. Y adiós... Sí, es esta granja la que fue de Ricard". (¿Cuál Ricard?, ¿se referirá a Ricardo Cano?). "Y este el viejo huerto de avenidas umbrías (sin duda, la 68), que tuvo un sauce, un roble, zuribios y pomar...".
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