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MARIA ANDREA NIETO Columna Semana
MARIA ANDREA NIETO - Foto: KAREN SALAMANCA

La política del amor

Si usaron todas las formas de lucha para llegar al poder, ahora deben disfrutar el triunfo, regocijarse y empezar a gobernar.


Por: María Andrea Nieto

Gustavo Petro tiene una gran oportunidad de unir al país o de terminar de dividirlo. En su primer discurso como presidente electo, dijo que la llegada del proyecto progresista no podía significar la profundización del odio entre los colombianos. De hecho, afirmó que no habría ni persecución política ni judicial para sus opositores y dio por sentado que esperaba que su gobierno tendría, desde diferentes sectores políticos, una gran oposición.

Petro ganó la presidencia por un poco más de 600.000 votos, y Rodolfo Hernández obtuvo una votación de 10,6 millones de colombianos, que decidieron apoyarlo porque no creyeron en la propuesta socialista del presidente electo. Así que, si bien Petro ganó, hay un mandato social que no está claro.

Sin embargo, las fuerzas del petrismo y del santismo, que se han movido en las aguas turbias de la política, esta semana consiguieron el apoyo del Partido Liberal de César Gaviria y el de La U de Dilian Francisca Toro. Nadie quiere quedarse por fuera de la repartición de la torta del Gobierno y por eso los partidos políticos como el Mira, Colombia Justa Libres y el Partido Conservador, sin declararse en oposición, como era de esperarse en términos ideológicos, expresaron que tienen las puertas abiertas para sentarse a hablar sobre el gran acuerdo nacional propuesto por Petro.

Pero la Colombia real, la que no forma parte del país político, la que paga los impuestos y la que con seguridad tendrá que asumir el costo de la nueva reforma tributaria, no entiende de acuerdos políticos y quiere que empiece ya el gobierno de izquierda para entender cuáles serán sus políticas y si el país se va a convertir o no en un régimen como el venezolano, el cubano, el chileno, el argentino o el peruano.

El centro del meollo es, por supuesto, la economía y las decisiones de los agentes económicos, que no responden a los caprichos políticos ni mucho menos a las tendencias impuestas por las bodegas en las redes sociales. Los mercados ponderan, analizan y deciden. Y, en ese sentido, esta semana, si bien el dólar no sufrió una volatilidad mayor a la que se especulaba en la semana anterior a la segunda vuelta, la bolsa de valores sí tuvo una caída dramática, en especial la desvalorización de la acción de Ecopetrol, que bajó un 22,5 por ciento y cuyo valor cayó de 113,5 billones de pesos a 87,95 billones. Cualquiera que haya asistido a una clase básica de economía sabe que los mercados de capitales funcionan con base en expectativas racionales sobre el futuro, y, en este caso, los agentes se mostraron desconfiados y temerosos, así ahora a los “progres” les parezca que el dólar y la bolsa no son indicadores de nada.

Son datos económicos reales que a los influenciadores, senadores del petrismo y al propio presidente electo no les gusta que se ventilen. Pero el sol no se puede tapar con un dedo y, en lugar de insistir en sembrar zozobra en los mercados y en los más de 10 millones de ciudadanos que no votaron por el proyecto de “la vida” de Petro, deberían bajarles el volumen a la recriminación, a los ataques en las redes sociales y, por supuesto, no comenzar una persecución judicial para callar voces, porque eso está lejos de los postulados progresistas del cambio y más cerca a una política de “odio y muerte”.

Tanto resentimiento sobrepasa las fronteras de la virtualidad y se termina materializando en la realidad. Un mural de nuestro campeón Egan Bernal fue vandalizado en su natal Zipaquirá. De igual manera, la querida y controversial cantante Marbelle también fue atacada sin piedad por los petristas en las redes sociales en el transcurso de esta semana. Los dos fueron abiertamente antipetristas y, aunque las elecciones ya se acabaron, no dejan de ser matoneados.

Para frenar los ataques a sus opositores, Gustavo Petro debe hacer un llamado a la calma de sus propias huestes. Ya no son oposición, son gobierno y deben demostrar que son capaces de hacer las transformaciones que por tantos años llevan reclamando. No es suficiente un mensaje del presidente electo en las redes sociales, es necesario que la estructura de influenciadores, que conoce ampliamente todo el país, acate y cumpla con los tiempos de paz que clama su líder.

Deben, además, tener en cuenta que no son los dueños de la verdad por ser gobierno y que durante años han desplegado una estrategia violenta (al menos verbal) a sus oponentes. Ahora no pueden pedir que haya silencio y resignación. Y mucho menos esperar que la prensa libre claudique o sea gobernada por la mermelada y las directrices de la Casa de Nariño.

Si usaron todas las formas de lucha para llegar al poder, ahora deben disfrutar el triunfo, regocijarse y empezar a gobernar. Cuatro años se pasan volando y no los pueden desperdiciar en las redes sociales como si estuvieran aún en campaña política. Yo no sé si exista la política del amor y mucho menos si es cuantificable como lo es la buena gerencia. Lo que sí sé es que, si Gustavo Petro hace un buen gobierno, los demócratas que no votaron por él, pero que reconocieron su triunfo sin destruir los sistemas de transporte público en las ciudades, el comercio, la banca y sin dejar sin estudio a millones de niños y niñas un solo día, serán los primeros en reconocer los aciertos del nuevo mandatario. Sin necesidad, claro está, de que los insulten, amenacen, denuncien o encarcelen.