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Opinión

  • | 2001/05/14 00:00

    La santa faz

    Sinceramente no creo que un hombre extraordinario como fue Jesucristo era tan ordinario como cualquiera de nosotros

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Al Papa Inocencio X, conocido hoy en día solamente por el maravilloso retrato que le pintó Velázquez, el retrato le pareció malo: “Troppo vero”, dijo al verlo: demasiado verdadero. Y es que muestra a un hombre maligno, mezquino, terrible, como supongo que por razón de su oficio deben ser todos los Papas. Inocencio X se vio idéntico, y se horrorizó de sí mismo.

Les suele suceder a los políticos, cuando son inteligentes, aun si no llegan a ser Papas. Giscard d’Estaing, que fue presidente de Francia, cuenta en un libro de memorias que a mediados de su mandato empezó a no poderse mirar en los espejos: se veía demasiado feo. El ex presidente de Colombia César Gaviria me decía hace poco (si digo “me decía” no es por dármelas, sino porque no he visto que lo haya dicho en público) que cada vez le gustaba menos la política porque “envilece, embrutece y enfeece”. Tiene razón.

Pero de lo que quiero hablar no es de lo feos que se vuelven los políticos a causa de su terrible profesión. (Y también las políticas: ojo, Noemí, ojo, María Emma. Empiezan siendo tan bellas como Benazir Bhutto y terminan tan horrorosas como Golda Meir, incapaces de mirarse en el espejo a la hora de afeitarse). De lo que quiero hablar es del rostro verdadero, de la vera faz, de uno que, además de político, fue muchas otras cosas. Jesús de Galilea, de quien se acaba de conmemorar un año más la muerte en el suplicio de la cruz, en donde lo llamaban “rey”, en burla y en verdad.

Porque resulta que, con gran bombo mediático, unos científicos acaban de deducir para la televisión inglesa a partir del cráneo de un vecino de Jerusalén muerto en el primer siglo de nuestra era (la era de Cristo), cómo era en realidad la cara de ese Jesús, de ese Cristo, de ese hombre que para muchos otros hombres ha sido por añadidura el Hijo de Dios. No voy a entrar en ese tema, que ha hecho correr ya demasiada sangre. Pero sí me atrevo a opinar que es poco serio atribuirle a Cristo, sin duda el pensador, el santo, el sabio y el político más influyente de los últimos 2.000 años, la cara de un tipo común y corriente de su época y de su barrio. No es que sea “troppo vero”, sino al revés: es demasiado falso. Aunque sea “políticamente correcto” y, por supuesto, irreprochablemente demagógico. Ahora resulta (con láser, con Internet y con cosas) que un hombre extraordinario como fue Jesucristo era tan ordinario como cualquiera de nosotros.

Sinceramente, no lo creo. Pienso, sí —con Cristo—, que todos los hombres son iguales ante Dios (o ante ese vacío que rellenan con la palabra “Dios” los hombres religiosos, entre ellos el propio Cristo). Pienso también, con la Revolución Francesa, que todos los hombres son iguales ante la ley: es decir, ante los demás hombres. Pienso incluso, con Andy Warhol, que cada hombre tiene derecho a 15 minutos de celebridad, como los tuvo Cristo. Es decir: pienso que todos los hombres somos iguales los unos a los otros. Pero también estoy convencido, con Cesare Pavese, de que todo hombre es responsable de la cara que tiene después de los 30 años. Y estoy seguro de que la cara de un hombre como Jesucristo, que a los 30 años había forjado la doctrina inaudita de la igualdad entre los hombres, no podía ser igual a la cara de cualquiera de sus vecinos, escogida al azar en un cementerio por los productores de la televisión inglesa y recreada con láser, intercom, etcétera, por unos vagos “científicos”. Ya otros ingleses, los de Monty Python, nos habían dado la más inteligente prueba de que Jesucristo no había sido igual a ninguno de sus vecinos en la genial película La vida de Brian: la historia de un niño nacido en el pesebre vecino al de Jesús que tuvo una vida paralela a la suya, desde la adoración de los Magos hasta la crucifixión. Pero que no era Jesús, sino un completo imbécil.

No lo sé, claro. Nadie lo sabe, claro. Pero estoy seguro de que si Cristo hubiera tenido esa estúpida faz que le ponen ahora los “científicos” de la televisión inglesa no lo hubieran crucificado: lo hubieran absuelto, como a Barrabás.
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