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Opinión

  • | 2000/06/19 00:00

    La semanita

    La indignación con que las Farc rectificaron la posibilidad de ser las autoras del crimen de doña Elvia suena casi ridícula

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Que pensará un ciudadano del mundo de la Colombia de esta semana?

Esa es la reflexión que me asalta repasando los hechos de estos últimos días, en los que se combinan los máximos ejemplos de la barbarie con los síntomas de una crisis institucional sin precedentes.

La semanita arrancó con el espantoso episodio de la señora con el collar bomba. La fotografía de su rostro marcado por la perplejidad y el terror recorrió el mundo en pocas horas, convertida en el símbolo de un crimen de lesa humanidad que conmovió hasta las entrañas a la opinión del mundo. Sencillamente no se podía creer que el episodio fuera real. Que hubiera gente capaz de diseñar un crimen semejante contra una mujer indefensa a quien convirtieron en víctima de una macabra combinación de técnica y de sevicia. Inevitablemente, Colombia y los colombianos quedamos retratados en esa fotografía, y eso nos debe llenar de vergüenza y de arrepentimiento. El martirio de doña Elvia Cortés de Pachón es la mejor radiografía del país en el que estamos viviendo y esa es la misma lectura que el mundo le dio al episodio del collar de dinamita.

El miércoles vino la discusión del referendo. Y aunque no llegó a votarse el artículo que se refería a la revocatoria del Congreso, se planteó un durísimo debate sobre la posibilidad de que ella viniera acompañada de la revocatoria del propio Presidente, a través de unas elecciones generales. ¿La razón? Algunos parlamentarios creen que si las encuestas son igualmente malas para el Congreso que para el Presidente, ambos deben correr con la misma suerte. El mensaje de inestabilidad institucional que enviamos al mundo con la noticia que daba cuenta de esta posibilidad fue inmediato y directo. Internacionalmente ha quedado la sensación de que el gobierno de Colombia está en vilo y que nuestra ‘ecuatorización’ —nombre sofisticado con el que ahora se bautiza el despelote político de un país— está en camino. A finales de esta semanita no era claro cuál sería la fórmula que utilizaría el gobierno Pastrana para enderezar urgentemente el ritmo de los acontecimientos. Lo único claro es que el nuevo ministro del Interior, Humberto de la Calle, debe estar pensando en a qué horas se dejó cambiar la tranquila embajada en Londres por la misión de conjurar una de las más graves crisis institucionales de la historia de nuestro país, que él mismo tuvo que medir con sus propios ojos para creer que algo tan peligroso era posible que nos estuviera sucediendo.

El viernes el país y el mundo amanecieron con la noticia de que el proceso de paz con las Farc había quedado indefinidamente congelado. Ante la posibilidad de que fueran miembros de esa organización los autores del crimen del collar bomba, el Presidente canceló una audiencia internacional prevista, a lo que las Farc respondieron congelando la mesa de negociaciones. Por tercera vez en una misma semana el mundo supo una nueva noticia mala de Colombia. Ese mismo país en el que una mujer explotó en pedazos por no haber pagado 15 millones de pesos; ese mismo país que no sabe si el gobierno de esta semana seguirá vigente la semana entrante, ahora entra en un nuevo suspenso en el único frente que internacionalmente daba indicios de tener intenciones de despegar: el de la paz.

La indignación con la que las Farc rectificaron la posibilidad de ser las autoras del crimen de doña Elvia suena casi ridícula. La sola posibilidad de que la autoría del collar bomba pueda atribuírseles, con razón o sin ella, a miembros de este grupo guerrillero es porque el denominador común de sus acciones así lo permite, y porque a nadie extrañaría que así fuera. Una guerrilla que ataca a la población civil con pipetas de gas cargadas de explosivos no puede indignarse porque se le achaque el haberle colocado un collar bomba a una humilde mujer campesina. Una guerrilla que extorsiona a pobres y ricos no puede indignarse porque se le atribuya el asesinato de una mujer que no quiso pagar una extorsión.

De manera que en lugar de jugar a indignarse cual boy scouts acusados injustamente de algo que no cometieron, el crimen de doña Elvia debería servir para que reflexionen sobre cuán cercano estará el día en el que las Farc deban tomar la decisión de anunciar el cese de hostilidades contra la población civil, como el primer gesto de paz que le indique verdaderamente al país que lo del proceso en el que andan metidos con el gobierno va en serio.

¿Qué podrá pensar un ciudadano del mundo de la Colombia de esta semana?



Entretanto...¿No dizque iba a haber crisis ministerial?
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