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Opinión

  • | 2019/03/30 23:55

    La última palabra de Santos

    Algunos se preguntan si el tiempo del libro era el adecuado. Si no era mejor esperar unos años para permitir un análisis más frío y ponderado.

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Casi ocho meses de silencio. En agosto se fue de vacaciones a Estados Unidos. Vimos las fotos por Twitter: el expresidente en plan de veraneo. En septiembre se anunció la invitación a Juan Manuel Santos para ser profesor de Harvard. También lo supimos por Twitter.  

 Ese ha sido el canal de comunicación del exmandatario. Esporádico y nada controversial. Hasta hace unos pocos días. Con el libro La batalla por la paz, un memorial de cómo Santos llevó a las Farc a negociar su desmovilización, el expresidente regresó a la coyuntura. 

 Algunos se preguntan si el tiempo del libro era el adecuado. Si no era mejor esperar unos años para permitir un análisis más frío y ponderado. Por qué ahora si el debate sigue álgido y con heridas abiertas. Para qué la publicación de los detalles de las conversaciones, que lejos de unir, nos divide. 

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 Otros aplauden la decisión. No hay mejor momento que ahora; la paz está amenazada y hay que acumular apoyos. Hay que explicarles a los colombianos lo difícil que fue. Que las Farc no iban a sentarse a cambio de nada; no era peluquear bobos. 

 La realidad es que no había un momento ideal y menos en un tema tan controvertido. Las memorias de Santos demuestran cómo por más de dos décadas, este era el tema de él. La paz es una prioridad y la presentó así al ser elegido presidente. 

Algunos se preguntan si el tiempo del libro era el adecuado. Si no era mejor esperar unos años para permitir un análisis más frío y ponderado.

 Todas las acciones anteriores –su paso por los ministerios de Comercio Exterior, Hacienda y Defensa– fueron preparatorias para ese momento. Pero el camino no era fácil. Las Farc no tenían que negociar; era una guerrilla de medio siglo que podía seguir. Y la extensa y compleja geografía de Colombia le era favorable. Más aun con dos vecinos –Venezuela y Ecuador– dispuestos a obrar como santuarios guerrilleros. 

 Esa fue la primera conclusión de Santos: había que quitarle oxígeno regional. Mientras los venezolanos y ecuatorianos estuvieran en confrontación con Colombia, no era posible el diálogo. 

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 Así nació la primera contradicción con el expresidente Álvaro Uribe.  Uribe, después de ocho años de convivir con Hugo Chávez y su revolución bolivariana, decidió que era suficiente. Que Chávez nunca iba cambiar y que la única opción era el enfrentamiento. La posición tenía pocos aliados en América Latina; Chávez aún era bien visto. En otras palabras, pelear con Chávez no daba réditos.

 El segundo traspié con Uribe fue incluir a la fuerza pública en la negociación. No como parte de la conversación –era un línea roja–, sino como parte de equipo del Gobierno. Y en la última parte de la conversación, algunos militares activos para cuadrar los detalles de la desmovilización. Ese acierto de Santos fue duramente criticado por Uribe. Lo acusó de estar nivelando a la fuerza pública con terroristas. Eso explica, en parte, el proyecto de ley que el Centro Democrático presenta al Congreso sobre la Jurisdicción Especial de Paz y que busca nombrar nuevos magistrados para los militares. 

A Uribe no le pareció conveniente. Los militares sirven para la guerra. 

 El tercer desacuerdo con Uribe fue insistir que en Colombia había un conflicto armado. En 2005, gracias a José Obdulio Gaviria, el Gobierno uribista dictaminó que no había un conflicto sino una amenaza terrorista. En los años siguientes fue la posición oficial. Hasta Santos aceptó el mensaje como ministro de Defensa. Había que decirlo como era: una guerrilla de bandoleros, de narcotraficantes. 

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 Santos dio el giro como presidente porque con ese reconocimiento, no había negociación. Era lo mínimo que esperaban las Farc. Lo de narcotraficantes no lo aceptarían jamás. Que fuera incluido en la agenda fue todo un logro. 

 Uribe nunca lo aceptó. En su reunión del 12 de noviembre de 2016 con el presidente Santos, lo reiteró y buscó que replanteara el tema con las Farc. Era, según Santos, el límite. Allí con Uribe quedó claro que no había un acuerdo posible. Nada funcionaría. 

 Esa es, tal vez, la principal conclusión del libro: Uribe no era un aliado para la paz. Y eso es significativo para los debates que vienen: no se puede contar con el uribismo en temas de paz en los términos del acuerdo.

 Al expresidente Santos le preguntaron sobre Uribe y por qué no consultó al exmandatario antes de lanzarse al agua. De haber obrado así hubiera evitado oposiciones futuras. Quizás. Pero hoy no habría un acuerdo. Y Colombia seguiría buscando la solución a un conflicto de más de medio siglo.

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