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Opinión

  • | 2001/02/05 00:00

    La Virgen

    La Virgen se hizo para escandalizar y no escandaliza. Se hizo para denunciar y no denuncia

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Por fin logre ver La Virgen de los sicarios. Confieso que la controversia me tenía provocada, primero por lo anormal que resulta que un crítico de ella —el periodista Germán Santamaría— hubiera propuesto que la prohibieran en Colombia, una censura que suena totalmente pasada de moda, y segundo por el temperamento nihilista del autor de la novela, Fernando Vallejo. Oír hablar a este último no podía ser peor —pensé— que lo que auguraba medírsele a la experiencia de ver la película. Hoy estoy confundida. No sé cuál de las dos cosas pueda ser peor. Si Santamaría no nos hubiera hecho el mal de tentarnos con La Virgen de los sicarios, es probable que la película hubiera pasado sin pena ni gloria, o por lo menos con más de lo primero y con nada de lo segundo. Pero a la película, con la controversia, se le apareció la Virgen, no sé si la de los sicarios o la nuestra, pero la Virgen: a muchos quizá les ha pasado lo mismo que a mí, que tenía que verla para actualizarme. Pocas cosas made in Colombia provocan tanta controversia, y si la crítica divide la opinión en dos bandos, uno rabiosamente ‘pro’ y otro absolutamente ‘contra’, es difícil abstenerse de quedar enredado en la discusión. A la película le sucede algo parecido que al Presidente: que nadie tiene posiciones intermedias con respecto a ella. Aprovechando, entonces, la videotienda del pueblo, atendida personalmente por doña Elvia Enciso viuda de Usme, que se encarga de suministrar cualquier estreno a costa de un poco —o mucho— de calidad, alquilé la película con la mejor decisión de dejarme impresionar. En el fondo aspiraba a que la película fuera una auténtica revelación, una obra de arte, un motivo para sentirse orgulloso de este país que tan pocos motivos de orgullo nos produce última mente.Pero la decepción fue total. Lo primero que a esta ‘virgen’ se le nota al rompe es que es un intento supremamente pretencioso. Busca, en medio de una historia de amor homosexual —que es lo menos malo de la película—, hacer un documental sobre el drama social de las comunas de Medellín, fábricas de sicarios que asesinan por contrato. Pero no lo es. El principal problema de la película es que no es real la realidad que intenta proyectar. Es producto de la vanidad del autor de la novela, producto de su necesidad de resolver un problema personal y producto de su deseo de escandalizar gratuitamente. Es una película desagradable. Pero hay películas desagradables de contenido importante, algo que absolutamente no sucede con ésta. Su argumento superficial, con un matiz bien peligroso: tiene muchos visos de ser real, sin serlo. La realidad que se proyecta es la de Vallejo, en su vanidosa y fallida pretensión de retratar lo más crudamente posible el fenómeno del sicariato. En La Virgen se enamoran porque sí. Asesinan porque sí. Le escupen a Bolívar porque sí. Y los días pasan, como pasan las horas y como pasan las motos de los sicarios, porque sí. ¿Denuncia? Ojalá lo fuera. Pero es más que nada frustración. Toda la que le cabe a Vallejo. Aliñada con su narcisismo. Ni por cuenta de lo dura que es la película ella logra ocultar su superficialidad. Conclusión: La Virgen se hizo para escandalizar y no escandaliza. Se hizo para diagnosticar y no diagnostica. Se hizo para trascender y no trasciende. Se hizo para denunciar y no denuncia. Se hizo para que fuera la mejor película que ha producido el país pero se quedó muy lejos de lograrlo. La Virgen se hizo para los europeos, a quienes les fascina sentirse en la obligación de impresionarse con los problemas sociales del Tercer Mundo, muy en la línea del mismo rollo que les hechan los embajadores de las Farc sobre la opresión de los pobres en Colombia, a quienes supuestamente les hacen un gran favor volándoles las torres eléctricas. Ahórresenla. No merece ni la controversia.
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