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Opinión

  • | 1998/07/27 00:00

    LA VUELTA DEL PENDULO

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El hecho de que en las pasadas elecciones se hubieran enfrentado en la batalla final un conservador contra un liberal es la prueba palpable de que los dos partidos tradicionales se defienden como gato patas arriba de una fuerte tendencia a declararlos obsoletos. La crisis del país y el deterioro evidente de las costumbres políticas, de la mano de los dos partidos, han pedido a gritos un cambio en la conducción del Estado. El liberalismo ha sido sacado del poder esta vez, aunque hace cuatro años ya la había visto negra cuando Ernesto Samper le ganó por un pelo a Andrés Pastrana. Esas elecciones demostraron que el péndulo estaba regresando y que el desgaste de ese partido en el gobierno hacía que su caída fuera un hecho irremediable. Ahora se dice que el gobierno de Ernesto Samper le llenó la copa a la gente y que por eso en las pasadas elecciones triunfó el cambio. Pienso lo contrario. Lo que hizo el gobierno de Samper, con la radicalización en la que se sumió el país, fue darle bríos al moribundo Partido Liberal al plantear el enfrentamiento entre un supuesto liberalismo social y un neoliberalismo elitista. El resultado lo dice todo: el liberalismo acaba de obtener la votación más alta de su historia.Sin embargo el péndulo ha dado la vuelta y el liberalismo ha caído con el final del siglo. ¿Qué viene ahora?Podría decirse que el conservatismo ha vuelto al poder, y en alguna medida es cierto. Andrés Pastrana ha lanzado sus dos últimas candidaturas en convenciones conservadoras y ha partido de ese embrión para crear un movimiento que va más allá de esa estructura. Pero la fuerza política de Andrés ha obligado al conservatismo, siempre minoría, a convertirse en uno más entre los grupos de apoyo de su candidatura, al punto de que en los cuadros visibles del nuevo gobierno figuran más los colaboradores personales de Pastrana y varios de los más cercanos amigos de César Gaviria que los grandes cacaos del Partido Conservador. Se puede decir también que ganó el cambio. Pero no porque el hoy presidente electo haya escrito en sus banderas la palabra cambio, ni porque hubiera centrado sus gritos de combate en contra del continuismo del gobierno del presidente Samper. Ganó el cambio porque los masivos fenómenos electorales de la primera y la segunda vuelta mostraron a un país ansioso por participar en política con fórmulas nuevas. El impresionante torrente de votos de Noemí Sanín y la fuerte votación en la segunda vuelta de sectores que no habían querido participar en las elecciones indican que la gente pide a gritos una transformación de fondo en el comportamiento de sus dirigentes en el gobierno.Andrés, en sí mismo, no es el cambio sino el elemento catalizador de ese sentimiento. Si él es capaz o no de darse cuenta de eso, y si responde en consecuencia o no a esos anhelos, es lo que va a determinar si se está abriendo un nuevo camino para el país o si cambiamos apenas a un liberal por un godo, para tener más de lo mismo. Por el momento hay un cierto aire refrescante, que se refleja en momentáneos síntomas de serenidad en los indicadores de la economía que se mueven de acuerdo con el estado sicológico de los inversionistas, como las bolsas de valores o la compra y venta de dólares. Eso es bueno pero no significa demasiado. El nombramiento de ministros y otros funcionarios públicos, el aterrizaje en blanco y negro de la llamada reforma política, la reestructuración educativa, los criterios para la elaboración del presupuesto y el manejo del proceso de paz son algunos de los puntos con los cuales el país se va poder dar cuenta en serio si estamos o no frente a un gobierno de cambio. Andrés Pastrana arranca con una fuerza muy importante, y eso le va a dar una buena capacidad de maniobra en todos esos aspectos. Pero el Partido Liberal también se va a constituir en una seria oposición, cuya fortaleza está por verse, pues no ha terminado el realinderamiento de dirigentes de ese partido, ya sea por afinidad política con el nuevo gobierno o por la angustia de quedarse en el desierto burocrático.
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