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Opinión

  • | 2004/07/25 00:00

    Lamentación frente al muro

    Lo que anuncia el muro de Israel es el camino que seguirá todo el Primer Mundo para defenderse del Tercero. Todos construirán muros

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Cuando yo estuve en Jerusalén visité, por supuesto, el Kotel HaMaaravi, o Muro Occidental del Templo (mejor conocido como Muro de las Lamentaciones), me puse el solideo en la coronilla, le di varios golpes con la cabeza a la pared de piedra, meciendo rítmicamente el tronco, y luego escribí un papelito, lo enrollé y lo dejé en una ranura para que D-s (no pronun- ciar su santo nombre en vano) lo leyera cuando tuviera tiempo. El Muro de los Lamentos, como se sabe, tiene una característica especial, que es como la del teléfono rojo que existió entre el Kremlin y la Casa Blanca durante la guerra fría: en el Muro hay línea directa con Yahvé, pues este es el sitio del mundo, según aseguran algunos judíos ortodoxos, "desde donde las plegarias se tardan menos tiempo en llegar al cielo". Yo pensaba que el oído divino era igual de agudo en todas partes del globo; qué va, es mucho más fino en el Muro, en Roma y en La Meca. Sea como sea, y como yo no soy ateo sino politeísta, les voy a contar lo que escribí en ese papelito, frente al muro de Jerusalén: "A Yahvé, a Alá, al Espíritu Santo, a Bachué y a Quetzalcoatl, por favor: ¡Que se acabe el antisemitismo en todo el mundo, y que los judíos puedan conservar la tierra de Israel (en los límites de la línea verde) hasta el final de los tiempos!" Eso escribí, y tengo la esperanza de que alguno de mis dioses domine el español y haya acogido mis humildes súplicas. Pero en Israel ahora hay dos muros: el sagrado Muro de los Lamentos, y el Muro de Cisjordania, la cerca pagana todavía en construcción que va a dividir a los israelíes de los palestinos. Como a mí me interesa lo sacro y lo profano, también estuve conociendo este muro, mucho más largo e imponente que el primero. Cuando lo vi tuve la sensación de estar frente a un monstruo de ingeniería política, que para mí es como el anuncio fatídico del mundo que nos espera en un futuro muy próximo. Durante el siglo XX, y pienso concretamente en el Muro de Berlín, los muros se construían para que la gente no pudiera salir, para que los insatisfechos no se fueran. En el siglo XXI los muros se construirán, como la Muralla China, para que la gente no pueda entrar, para que los desesperados no busquen un mejor destino, para evitar las invasiones bárbaras. Israel, en el fondo, es un pedazo de Primer Mundo insertado en tierras de infieles. Un país rico, industrializado, prevalentemente blanco, que habla muchas lenguas occidentales (además del hebreo recién resucitado), que dispone del armamento más sofisticado, incluidas bombas nucleares, y en general, al menos para sus ciudadanos (no para los palestinos), goza de las libertades democráticas y las costumbres laicas de Occidente. En estos días el Tribunal de La Haya y la Asamblea General de la ONU declararon ilegal el Muro de Israel (150 votos contra 6). Curiosamente esta vez Colombia no se unió al coro ridículo de los paisitos que le obedecen a Estados Unidos (tipo Micronesia, Palau y las Islas Marshall) y votan según la voluntad del Imperio. Lo celebro; yo también habría votado contra el muro. Pero mi voto contra el muro no me impide hacer algunas consideraciones más generales, en especial sobre la hipocresía de los países europeos. Se sabe que la posición de Europa es que Israel tiene derecho a construir el muro, pero en otras fronteras. También se sabe que los 25 países europeos pensaban abstenerse en la Asamblea de la ONU, pero que después de que Sharon hizo enfurecer a Francia (pidiéndoles a todos los judíos franceses que huyeran cuanto antes a Israel para evitar atentados), el voto se cambió. El asunto es el siguiente: si Francia estuviera rodeada de países islámicos, y España fuera árabe, así como Bélgica, Alemania, Suiza e Italia, y desde allí partieran atentados suicidas contra civiles franceses, además de hordas de braceros oscuros y baratos, seguramente también Francia estaría construyendo un muro impenetrable alrededor de su territorio. Y fijo que su presidente se llamaría Le Pen. Hay un ejemplo occidental: buena parte de la frontera entre México y Estados Unidos tiene también una valla de defensa contra los inmigrantes del sur. Porque lo que anuncia el muro de Israel, más allá de toda la retórica, es el camino que seguirá todo el Primer Mundo rico para defenderse del más poblado y mucho más pobre Tercer Mundo: todos construirán muros. Reales y de cemento como el de Israel, donde haya contacto directo con los pobres, o más simbólicos pero no menos impenetrables cuando estos estén más lejos, como las barreras migratorias (visas, deportaciones masivas, patrullaje de costas) que imponen Europa y Estados Unidos. Tal vez por eso, si yo volviera a estar frente al Muro de los Lamentos, lo que le pediría a Yahvé y a Zeus esta vez sería lo siguiente: "¡Que los habitantes de los países pobres no seamos los judíos masacrados y ofendidos del siglo XXI!" Eso es lo que los nuevos muros en el fondo significan: una barrera contra nosotros, los miles de millones de ciudadanos superpigmentados de los superpoblados países pobres.
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