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Opinión

  • | 2018/11/07 20:39

    La esperanza de que todo empeore

    Que Colombia sea un país profundamente conservador es solo una muestra de que los mitos dominantes siguen teniendo gran relevancia en la formación de los ciudadanos.

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La esperanza es lo último que se pierde, hemos escuchado decir siempre. El relato tiene su origen en la mitología griega (en esa primera mujer que es muy anterior a la Eva bíblica) y que es en sí mismo un acto esperanzador, el sueño, o quizá el deseo, de que las cosas –tarde o temprano—mejoren. Alguien me comentaba en alguna oportunidad que esa expresión con la que tanto nos han rayado el oído tiene más de desesperanza que de posibilidades, ya que es producto de la impotencia ante la majestuosidad de la caprichosa naturaleza. “Dios sabe cómo hace sus cosas” es otra expresión que solemos decir ante un accidente donde pierde la vida un ser querido y que nos da la horrorosa idea de que alguien, en algún lugar del vasto universo de constelaciones, tiene en sus manos los hilos de nuestras vidas.

Pensar que cuando muramos viviremos en un lugar que guarda similitudes con el mítico paraíso de los textos bíblicos, es otra forma de prolongar la esperanza. Es, en realidad, como comprar el Baloto y esperar que la suerte juegue a nuestro favor. Mi vieja, que era sumamente religiosa, solía decir “que el que nace para policía del cielo le cae el bolillo”. Es decir, no importaba lo que hicieras para cambiar tu destino porque ya alguien lo había escrito por ti y nada ni nadie podría revertirlo. Los mitos antiguos, lo sabemos hoy, son relatos explicativos que tienen como propósito dar razones sobre un hecho, o conjunto de hechos, de naturaleza, aparentemente, inexplicable. Por lo tanto, la erupción de un volcán, el movimiento de las placas tectónica o la devastación producida por un tsunami tenía, por lo general, una explicación de naturaleza divina.

Los mitos, pues, han sido relatos que han buscado llenar un vacío de carácter científico. Han sido utilizados como herramientas de control social, pero también como unificación del pensamiento de un grupo en un momento histórico determinado. El mito de que los reyes eran seres con cierto halo divino sigue inserto en la mente de algunos pueblos, así como la creencia de que las religiones son el camino que nos conducirá a Dios. La llegada de nuevas generaciones sepulta algunos mitos, pero les da vida a otros. Dudo de que a esta altura de la historia y los avances tecnológicos alguien con un poquito de asiento científico pueda creer que el origen de la Humanidad es el resultado de un trozo de barro insuflado por un aliento divino. O que esto que llamamos Universo fue creado en siete días por una figura mítica y omnipotente y no el resultado de millones de años de evolución constante.

Hay que tener claro que los mesías no existen, que nadie nos va a salvar si nosotros mismos no hacemos el esfuerzo. La razón es el poder que nos ha permitido discernir entre un hecho de bondad y uno de maldad, pero también el de mirar un poquito más allá de nuestras narices y medir las consecuencias de los actos. Es decir, poder proyectar, a partir de lo que vivimos, una imagen de lo que podría venir. No se necesita ser brujo, ni tener una bola de cristal, para saber que el resultado de meter la mano en el fuego son las quemaduras o, en el menor de los casos, una chamuscada.

La política, como la democracia, está sustentada en la razón. Meterle religión es un exabrupto, pero en Colombia esos límites todavía no están bien definidos a pesar del laicismo de la Carta Magna que define nuestra educación. Que el país sea profundamente conservador es solo una muestra de que los mitos dominantes siguen teniendo gran importancia en nuestra formación como ciudadanos. Esos mitos han permitido ensanchar las diferencias entre ricos y pobres y cementar las jerarquías, que son, en el fondo, la base de la pirámide social. Que un pobre vote por un rico (el mismo que le sube los impuestos, le roba lo poco que tiene y no le permite acceder a la educación ni mucho menos a la salud) hace parte de ese relato que Thomas Frank explica con amplios ejemplos en su libro ¿Por qué los pobres votan a la derecha? Es el motivo por el cual un quemador de libros como Alejandro Ordóñez llegó a ser procurador general del país y un político como Álvaro Uribe tiene tanta acogida entre millones de colombianos a pesar de su pasado oscuro. Lo anterior, también podría explicarnos por qué el país no despega, por qué el desarrollo no arranca y el proyecto modernizador que contrajo las barreras sociales en Europa es en América Latina apenas una golondrina revoloteando sobre un cielo cubierto de espesos nubarrones.

Hace poco fui a un supermercado y me encontré con una señora que me reconoció y aseguró que era seguidora de mis artículos en SEMANA, lo cual –modestia aparte— ha sido reiterativo en los últimos años. Mientras hacíamos fila para pagar, me habló sobre lo importante que era para Colombia tener “voces disidentes” como la mía, la de Coronell, Duzán, Gómez Pinilla y una corta lista de columnistas cuyos textos lee sin falta cada ocho días. Sentí alegría, por supuesto, pero a la vez tristeza cuando recitó la larga lista de opinantes de medios cuyos intereses particulares, según ella, los lleva a defender cada semana la gestión política de personajes tan siniestros y tan cuestionados como, entre otros, el Minhacienda Carrasquilla. Se despidió con un adiós y con un “no baje la guardia” porque mientras existan periodistas como ustedes tenemos algo de esperanza para hacer de nuestro país un lugar mejor. Lo del “país mejor” me quedó sonando y la dicha me duró hasta cuando llegué a casa y me enteré de que se habían propuestos 14 nuevos magistrados para la JEP que les hicieran contrapeso a los magistrados proFarc. No sé si existan magistrados proFarc, como lo han venido pregonado desde la creación de la JEP los miembros y seguidores del Centro Democrático. De lo que sí estoy seguro es que eso de proFarc tiene los mismos ingredientes míticos de la sentencia “vamos a volvernos Venezuela”.

En Twitter: @joaquinroblesza

E-mail: robleszabala@gmail.com

(*) Magíster en comunicación.

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