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Opinión

  • | 2004/10/17 00:00

    Las debilidades de la oposición

    En teoría, la oposición es necesaria en toda democracia. Pero la de "nuestro país tiende a caer en actuaciones personalistas, intolerantes, efectistas y volubles", escribe la senadora Claudia Blum.

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La oposición es un elemento central en la democracia, inherente al ejercicio de las libertades y derechos ciudadanos y al pluralismo propio de la sociedad. Es un componente que determina la eficacia de un sistema de gobierno. Porque el debate público y la representación de variados sectores políticos y sociales permiten que se conozcan las distintas visiones existentes sobre cada tema y que sean cada vez más acertadas y aceptadas las decisiones estatales.

A lo largo de nuestra historia las controversias gobierno-oposición han tenido diversos matices según la época: la discusión federal-centralista, la civilista-militarista, la religiosa-laica o la liberal-conservadora. Sin embargo, en nuestro tiempo, la oposición se caracteriza por tener múltiples contenidos de acuerdo con la complejidad de los problemas. Por eso, frente a cada tema político, económico o social que aborda el gobierno se encuentran distintas posiciones: un asunto político de seguridad o paz genera críticas de la izquierda pero también reparos de la derecha o de organismos no gubernamentales; una medida económica genera reacción en sectores laborales o en los empresariales, según el caso.

En cuanto al tema específico de la oposición de grupos políticos frente al gobierno, es posible plantear algunas reflexiones. En primer lugar, tenemos que reconocer que estas organizaciones han demostrado capacidad de influencia en las decisiones, cuando han logrado frenar proyectos que no compartían, modificar normas que se tramitaron o conquistar triunfos electorales significativos. Ejemplos de ello son el referendo en 2003, el éxito en elecciones territoriales -incluida la Alcaldía de Bogotá- y las leyes tributarias tramitadas en el Congreso que se modifican en ocasiones cuando sus argumentos son aceptados por las mayorías del legislativo. También es claro que las ocasionales fragmentaciones de la bancada de gobierno les ha permitido aumentar su capacidad de influencia.

Sin embargo, y a pesar de esos logros, la oposición en nuestro país tiende a caer en actuaciones personalistas, intolerantes, efectistas y volubles. Es una oposición que privilegia sus fines electorales y objetivos de comunicación, sobre las consideraciones de la realidad del país. Dos hechos así lo indican.

Primero, existe una oposición con importante representatividad, pero dispersa estructural e ideológicamente, lo que limita su capacidad de acción. En efecto, si se tienen en cuenta las votaciones obtenidas por el Polo Democrático, Alternativa Democrática, algunos sectores del Partido Liberal y demás organizaciones independientes que ejercen oposición frente al gobierno, encontramos significativa representatividad medida en términos de apoyo popular. No obstante, esa dimensión se desdibuja porque la oposición también es víctima de la fragmentación, la personalización y la falta de proyectos de largo plazo que aqueja al sistema político.

Segundo, la oposición se ejerce muchas veces con un propósito netamente electoral y no con el ánimo de contribuir a resolver los problemas. No de otro modo se explica la actitud permanente de obstrucción adoptada por algunos líderes que parecen suponer que de esa manera pueden lograr más votos en la siguiente elección. Es la oposición de quienes cuestionan todo acto de gobierno sin plantear una salida concreta o, lo que es peor, sugiriendo soluciones ficticias que suenan populares pero que son imposibles de realizar, o recurriendo a los ataques personales tendenciosos o a la 'victimización' propia. Todo ello, con el fin de crear una sensación de desconfianza frente al gobernante de turno.

Como consecuencia de todo esto, la relación gobierno-oposición no es entendida de manera tranquila y objetiva ni siquiera por los mismos ciudadanos y cualquier discusión ideológica sobre un tema, propia del sistema democrático, se sobredimensiona sin razón. Todavía falta camino por recorrer para que en el país exista una oposición más evolucionada, eficaz y constructiva, organizada, de partidos, con un discurso coherente y propositivo, y que promueva una discusión fundada en argumentos, como debería ser en una democracia con mayor madurez política.
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