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Opinión

  • | 1987/12/28 00:00

    LAS DIACRONIAS

    El verdadero lenguaje, al fin y al cabo, lo hacen los hombres que son capaces de inventar nuevas palabras

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Tengo un compañero de trabajo, el estupendo Tulande, que vive preocupado porque el otro día, por una simple casualidad, descubrió que tiene la extraña virtud de inventar palabras, y lo hace sin darse cuenta.

El hombre se asustó mucho porque pensó que se estaba volviendo loco o que su lengua era un trapo empelotado. Al principio sintió mucha verguenza y trató de ocultar el hecho porque suponía que era una enfermedad. Estuvo a punto de ponerse en manos de un científico, pero su confusión era tan grande que no supo si contratar un siquiatra o un filólogo.

El primer síntoma se presentó una mañana apacible en que estaba haciendo un informe por radio y utilizó la palabra pompayán para decir que Víctor Mosquera Chaux se había posesionado de la presidencia de Colombia con mucha pompa en Popayán, su ciudad natal. Todo eso en un sólo vocablo.

A la semana siguiente dijo, con la mayor naturalidad del mundo, que en el cabildo de la capital se estaba celebrando un debate, que era más o menos lo mismo que un debate entre concejales sobre la situación de Bogotá. Ahí empezó a alarmarse.

Para llevarle un poco de sosiego a su alma, sus compañeros le dijimos que eso no era un defecto sino una virtud. El verdadero lenguaje, al fin y al cabo, lo hacen los hombres que son capaces de inventar nuevas palabras. El idioma no es esa estantigua que duerme entre el polvo de las academias, sino un cuerpo vivo y palpitante que resucita todos los días.

Conozco el caso formidable de un escritor brasileño, ignorado por el público, que se llamaba Joao Guimaraes Rosa. Escribió unos cuentos incomparables y una novela magistral, "Gran Sertao", que es una de las cumbres de la literatura americana.

Guimaraes también inventaba su propio lenguaje. Esa historia del diblo dando vueltas entre el remolino de tierra de la calle está salpicada de neologismos, de malabarismos verbales, de maromas orales. "Tonada", le dice un personaje al jugador de dados. "Tonada" significa, sencillamente, "todo o nada".

El papiamento, ese sancocho de idiomas que hablan en las islas holandesas del Caribe, parece música porque está hecho con retazos del francés, migajas del castellano, residuos del holandés, pedazos del inglés. Las frases se arman con un adverbio importado de Amsterdam, un sustantivo de los muelles de Nueva York, tres adjetivos de la zona del canal de Panamá. Con semejante jeringonza, naturalmente, la gente de Aruba terminó creando su propia lengua.

Los poetas, por su parte, cuando son realmente buenos, acaban echando mano de su lenguaje particular. Barba-jacob le dejó en herencia a los colombianos una palabra hermosa y cautivante: acquarimántima. Rubén Darío, que era un orgulloso indio nicaraguense que escribía como los franceses, inventó otra: nefelibata, con la cual se define al hombre que siempre vive en las nubes, como yo, que escribo estos garabatos que nada tienen que ver con la realidad de la vida.

Hay gente, a Dios gracias, que se preocupa por investigar estos temas que pertenecen a lo que alguien calificaba como "la cultura de las cosas inútiles", que no sirven para que suba la bolsa de Nueva York ni para comprar la yuca en la plaza de mercado. Pero alimentan el espíritu y producen grandes satisfacciones.

Darío Silva, que es tan aficionado a estos asuntos, se puso a estudiar el caso clínico de Tulande y desempolvó a Ferdinando de Saussure, un linguista suizo que murió a principios de este siglo. Saussure inventó una palabra para definir a los que inventan las palabras: es diacronistas. El diacronismo consiste, precisamente, en la facultad que tienen algunas personas de juntar una palabra con otra y crear una nueva. Y agregaba el maestro suizo, en una hermosa sentencia, que a los autores de diacronías hay que estimularlos, "porque el verdadero creador de la sociedad es el lenguaje".

Me apasiona este tema. Casi tanto como la patilla que producen en la sabana-que rodea a Sincelejo o como el queso blanco que amasan en sus ceretas las mujeres de Luruaco. Ello se debe a que ahora, además de tantos vicios, me ha entrado la manía de observar en la gente sus virtudes ocultas, sus cualidades secretas, sus vocaciones misteriosas, y aplicarles la anagnórisis.

El lenguaje es una maravilla. Lástima que ya uno está demasiado viejo y achacoso para abandonarlo todo y dedicarse exclusivamente a estas disciplinas. No en vano Santiago el Apóstol anotaba en sus epístolas que la lengua es un miembro muy pequeño que se jacta de cosas muy grandes.

Ahora el que empieza a inquietarse soy yo. A lo mejor me estoy volviendo loco...
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