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Opinión

  • | 1998/05/25 00:00

    LAS FUERZAS OSCURAS

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La esquizofrenia lingüística colombiana, esa manía tradicional de cambiarle el nombre a las cosas para fingir que no existen, tuvo la nota más destacada hace como una semana. Una noticia de prensa sobre el crimen contra Eduardo Umaña señalaba que la investigación arrojaba indicios de que los responsables del hecho "son fuerzas oscuras que pretenden desestabilizar al país". Para qué investigar más. A tan sólo horas del asesinato ya había aparecido el responsable, quién sabe si gracias al retrato hablado: fueron las fuerzas oscuras. Para que no digan que la justicia no funciona y dejen de hablar de impunidad de una vez por todas. Lo que no aclaró la noticia fue si esas fuerzas oscuras son parientes, conocidas o compinches de otras fuerzas oscuras que han sido señaladas en otras ocasiones como posibles responsables de otros sucesos, en general de sangre. No dice si tienen algo que ver con las fuerzas oscuras que vienen redactando los informes de Amnistía Internacional desde hace como 30 años sobre violación de los derechos humanos en Colombia. Porque, desde que yo recuerdo, cada informe de Amnistía sobre ese tema viene seguido de manera automática por una descalificación del presidente de turno y de su más alto oficial militar, en declaraciones que suelen coincidir en que detrás de la elaboración del informe sobre Colombia hay fuerzas oscuras que quieren desestabilizar al país. Lo que no sé es si serán las mismas que mataron a Eduardo Umaña o serán otras. Tampoco aclara la noticia si esas fuerzas oscuras tienen que ver con las que fueron acusadas por los funcionarios de turno de haber matado a tres candidatos presidenciales en la campaña electoral de hace ocho años, en plena guerra contra el narcotráfico. Quién sabe. Ni se explica si se parecen a las que exterminaron en toda la extensión de la palabra a la Unión Patriótica. O si son las que hacen los secuestros de los extranjeros en los retenes de los caminos o las que boletean a los finqueros o las que extorsionan a las petroleras, o las que asesinaron a Alvaro Gómez, a los investigadores del Cinep, a María Arango... Aquí siempre ha habido violencia, pero no siempre fuerzas oscuras. Las de este siglo, por ejemplo, han sido bastante claras. Desde las guerras de comienzos de siglo y hasta la década de los 60 se sabía que eran los liberales, los godos o ambos los que ejercían o instigaban el ejercicio de la violencia, según el momento, con la disculpa del centralismo, el federalismo o la falta de garantías.La violencia de las guerrillas comunistas era bastante clara y la de las autodefensas campesinas que generaron como respuesta también. Y ambas se inspiraban, con mayor o menor grado de inteligencia, en ideologías que solían tener origen o resonancia en partidos políticos o sectores de partidos legales, de izquierda o de derecha. Pero ahora no. Ahora la manifestación de la violencia no es la fuerza que acompaña el discurso, sino que es el discurso mismo. Ya no hay derecha sino paramilitares (o militares, vaya uno a saber). Ya no hay izquierda sino una guerrilla cuyos últimos exponentes de la ortodoxia comunista clásica, como Alfonso Cano, le van dando paso a los pragmáticos que ascienden en la estructura de poder como resultado del éxito de acciones como el secuestro multinacional en la vía al Llano. El país, poco a poco, se va acostumbrando a eso; y es tan contundente y pavorosa la violencia que nadie se atreve a mencionarla por su nombre. Ni siquiera las autoridades. Ellas han preferido, para evitar problemas, ponerle un nombre inocuo que no vaya a molestar a los bandidos: las fuerzas oscuras.Pero la estrategia no parece haber funcionado. Colombia ya encabeza la lista de los países más violentos del mundo, avanza a punta de méritos en el escalafón de la corrupción, ya ha logrado inquietar la estabilidad de todos los países limítrofes y de buena parte del hemisferio. Y tiene ante la nariz el dedo acusador de la comunidad internacional por narcotraficante y violador de los derechos humanos. El presidente de la República es el único capaz de ponerle la voluntad política necesaria para que esas fuerzas oscuras se vuelvan claras, y poder así eliminarlas. Por eso sería bueno que quienes aspiran hoy a ocupar ese cargo se refieran al tema de una manera menos oscura de lo que lo vienen haciendo hasta ahora.
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