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Opinión

  • | 2005/05/01 00:00

    Las pecadoras

    Esta cacería de brujas, si se extendiera, sólo conseguiría que las mujeres volvieran a meterse ganchos para terminar los embarazos no deseados.

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Hace poco Umberto Eco, en un artículo publicado por El Espectador (que por sus extraordinarios articulistas se ha convertido en el gran periódico de opinión del fin de semana en Colombia), decía que los católicos deberían releer a Santo Tomás de Aquino y su doctrina sobre el alma. Si repasaran lo que el Padre de la Iglesia dice al respecto, podrían reconsiderar, basados en el pensamiento del teólogo católico por antonomasia, su posición recalcitrante con relación al aborto. ¿Cuándo empieza verdaderamente el ser humano a ser persona, es decir, un sujeto con deberes y derechos? Para Santo Tomás -según el resumen de Eco-, en el mundo de los seres dotados de vida hay una gradación progresiva en los tipos de alma que se poseen: el alma vegetativa (mero crecimiento y funciones vitales automáticas), como la que puede tener una lechuga o un óvulo recién fecundado; el alma sensitiva (como la de un calamar, tal vez, pero mejor como la de una vaca) y el alma racional, que sólo la adquieren los seres humanos cuando su cuerpo está formado plenamente y puede vivir por su cuenta (sin estar, por decirlo así, pegado a la diálisis sanguínea de su madre). El embrión no tiene todavía un alma racional, que es la que hace que el hombre tenga inteligencia y hace de él una persona. En el Juicio Universal, para Santo Tomás, no participarán los embriones (que algunos fanáticos se obstinan incluso en bautizar), pues no están dotados todavía del alma racional. Obviamente hoy en día la discusión, planteada así, es bastante anacrónica, y la ciencia la resolvería de otras maneras. Pero en todo caso la aclaración de Eco de que no puede confundirse la defensa de la vida con la defensa de la vida humana es pertinente, pues si no llegaríamos a "definir como homicidio el derramar la simiente o incluso comer pollo o matar zancudos". Recuerdo esto pues en estos días se ha desatado una cruzada, o mejor, una cacería de brujas, originada tristemente en una universidad colombiana, la de Pamplona, en Norte de Santander. Como perros de presa, esta universidad ha apostado en el Hospital San Juan de Dios a funcionarios de la Fiscalía para que judicialicen a las estudiantes que llegan con hemorragias vaginales y se tenga sospecha de que han tomado pastillas abortivas. Ya llevan cinco interrogadas y la semana pasada metieron en la cárcel a dos de ellas, las expulsaron de la universidad y sometieron sus nombres al escarnio público como las peores pecadoras del mundo, y más aún, como asesinas. Esta cacería de brujas es vergonzosa y está llegando a otros extremos de demencia moralista como obligar a las farmacias de la ciudad a no vender las pastillas incriminadas. En realidad el Cytotec -nombre genérico: misoprastol- ha sido una bendición para las mujeres que desean abortar en Colombia. Cuando hay atraso, las mujeres pueden interrumpir el embarazo ingiriendo cada seis horas dos pastillas de Cytotec e introduciéndose otras dos por vía vaginal. Al cabo de un tiempo variable según las personas, sobreviene el sangrado, el embarazo se interrumpe, y a veces, si la hemorragia es muy grande, los médicos intervienen con un curetaje. Digo que este método ha sido benéfico para las mujeres pues antes de la existencia de esta opción relativamente fácil y segura (no es la mejor opción, pero sí la mejor disponible y barata), las mujeres que querían abortar (por la absurda prohibición legal de esta práctica en el país) se metían sondas o ganchos, o cualquier cosa, y llegaban a los hospitales no sólo desangrándose, sino que terminaban llenas de pus, con el útero perforado (que muchas veces perdían definitivamente), con abscesos pélvicos, y no pocas veces con terribles septicemias que las llevaban a la muerte. El Cytotec (originalmente un medicamento para la gastritis) está salvando la vida de muchas mujeres que, por una decisión que debería dejarse a su sola conciencia y responsabilidad, han resuelto abortar. Así que esta campaña de la Universidad de Pamplona (¿y de la Fiscalía, y de Drogas la Rebaja?) es nefasta y contraproducente. Las mujeres no van a dejar de abortar porque el rector o el Papa lo digan, ni porque dejen de vender Cytotec. Hay situaciones humanas en las que abortar es la opción más racional y más sensata, por dura que sea. Y esta cacería de brujas, si se extendiera, lo único que conseguiría sería que las mujeres volvieran a meterse ganchos para terminar con los embarazos que no desean, corriendo así el riesgo de acabar también con sus propias vidas. El moralismo fanático es una peste que no trae sino dolor y más dolor. Confundir el criterio religioso (pecadora) con el legal (homicida), como hace la legislación colombiana, es un triste rezago de oscurantismo que ojalá terminara en este país, al menos para reducir un poco el tamaño de nuestros sufrimientos evitables e inútiles.
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