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Opinión

  • | 2019/12/19 06:59

    Las ventajas de decir siempre la verdad

    Hace unos años mi marido estuvo muy entusiasmado con la nueva literatura estadounidense sobre ateísmo.

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Recuerdo que le interesó bastante un libro de Sam Harris sobre las ventajas de decir siempre la verdad. Cuando me contó sobre el argumento básico del libro, mi reacción fue “Me parece obvio. No había que escribir un libro sobre eso”. Claro, se escribe un libro porque es simplemente demasiado común en la filosofía y en la política asumir que es útil, ventajoso e importante decir mentiras. En el debate sobre las religiones muchos filósofos contemporáneos han señalado que no debe menospreciarse el papel que juega la creencia en dios en apaciguar y tranquilizar a las personas, en particular a las personas que no son muy inteligentes o que no han estudiado mucho.

De manera similar, en el debate sobre el derecho, muchos autores contemporáneos afirman que es bueno que la gente sienta “la magia” de ser escuchada, así en últimas no se le resuelva nada. Cuando se refieren a “la gente” normalmente asumen que son personas diferentes a ellas mismas, personas que no saben que solamente se trata de espejismos de posibilidades y que no se buscaba nada real al pronunciar las palabras.

Personalmente me molesta que alguien escriba desde la soberbia del que sabe más o entiende más o no se deja engañar. Reducir la religión o el derecho a un engaño, por otra parte, me parece limitado, por decir lo menos. La creencia religiosa es más que la verificación de una verdad. Es la experiencia de estar con otros y entregarse como individuo a la colectividad. Esta experiencia demanda una entrega que solo es posible sintiendo que algo más allá de uno mismo se lo exige incondicionalmente.

El derecho, por su parte, es la materialización de las promesas que nos hacemos colectivamente. Al formular las reglas, los que son más expertos, muchas veces dejan el espacio para el incumplimiento y los que están ensayando por primera vez pueden no darse cuenta de las concesiones que están haciendo. Ese incumplimiento no es una falla de las reglas, es una falla de la política. También puede pasar que las autoridades se alineen para hacer pasar la apariencia de cumplimiento como cumplimiento verdadero. Esa también es una falla de la política. Estoy convencida que creer en las promesas es creer en la posibilidad de un futuro compartido y por eso que los que están mal son los que piensan que las promesas no hay que cumplirlas.

Decir la verdad, claro, ni es fácil ni es obvio. En mi experiencia como madre ha habido dos ocasiones en las que decir la verdad ha sido difícil. Cuando mis hijas tenían más o menos seis años, vimos algunas personas en la calle pidiendo ayuda y con carteles que explicaban que eran desplazados. Ellas estaban aprendiendo a leer y una me preguntó porque por primera vez pudo leer, qué que es ser desplazado. Le contesté que son personas a las que de un día para otro les quitan todo lo que tienen y las obligan a dejar sus casas.

Enfaticé que esas personas no le hicieron nada a nadie, ni tuvieron la culpa, estaban en el lugar equivocado en el momento equivocado. Podría pasarnos a nosotros porque vivimos en un país en el que eso puede pasar. Ellas tuvieron dificultades para dormir por varios meses. Todavía me pregunto si no exageré al decirles que esas personas podríamos ser nosotros. Podría haberles ahorrado mucha angustia si les decía que eso solo le pasa a gente que vive por allá en el campo. Me pareció injusto con las personas que vimos reducir su experiencia de dolor de esa manera.

Un par de años más tarde vino la famosa sacada del closet del niño Jesús. Yo no les hablé a mis hijas nunca del niño Jesús pero ellas lo aprendieron. Un día cuanto tenían como 4 años llegó una de ellas llorando porque la otra le dijo que el niño Jesús estaba muerto. Yo les pregunté: ¿pero ustedes que saben del niño Jesús? ¿De dónde sale esto? Mi amiga me lo contó en el colegio y me dijo que estaba vivo y que trae regalos, dijo una. La otra insistió en que esa era una mentira, que el niño Jesús estaba muerto. Yo les expliqué que las dos tenían razón: el niño Jesús como idea abstracta no está vivo ni muerto, representa para los cristianos un momento de la fe que se repite continuamente. Ellas decidieron que podían pedirle regalos al niño Jesús.

Pero entonces cuando tenían como ocho años, una vino a la casa cantando una canción que sugería que a los niños pobres les daban menos juguetes porque no se portaban bien. Me indignó hasta tal punto que esto fuera parte de lo que venía en el empaque del niño Jesús que le dije abiertamente que los regalos del niño Jesús los dan los papás y por eso no dependen de qué tan bien se han portado el niño sino de cuánto dinero tienen sus papás para gastar. Lloraron un rato largo. Alguien me sugirió que tal vez era mejor que se hubieran enterado como nos pasó a todos; un amigo nos dijo que ellos vieron a sus papás. De nuevo, me parecía injusto que se estuviera usando la experiencia religiosa para encubrir la desigualdad y que aceptara aplazar hacer un trabajo por conveniencia personal.

Creo que estas experiencias también muestran que no es obvio en qué consiste la verdad en cada caso. La verdad en cada caso se correspondía con convicciones políticas que merecían lealtad: la idea de que la suerte tiene un papel muy importante en moldear la vida de las personas y la idea de que la desigualdad en nuestro país no es principalmente el resultado del mérito individual. Por eso más que de honestidad, muchos preferimos hablar de autenticidad o de lealtad. El papel de la verdad en nuestras relaciones es el de marcar aquello con lo que nos podemos comprometer en el largo plazo. Por eso es que me parecía tan obvio que uno, si entiende que la vida es larga, siempre diga la verdad. No porque uno no vaya a equivocarse, porque ciertamente puede hacerlo. Sino porque es mejor vivir la vida pensando en lo uno puede construir con ella.

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