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Opinión

  • | 1980/12/11 00:00

    Liberalismo vs moralismo

    El Estado debe premiar la virtud y castigar el vicio. El problema es que hay maneras distintas de entender la virtud y no puede escoger una sola

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No es un debate sobre la cuestiòn gay sino sobre cómo debemos vivir los colombianos. Por eso hay que mirar uno por uno los argumentos de quienes en nombre de la moral se oponen al proyecto de ley que presentó la senadora Piedad Córdoba.

Los tres primeros alegatos no tienen que ver con la moral sino que tratan de escurrir el bulto: que los homosexuales ya tienen derechos, que la ley necesita trámite especial y que aprobarla costaría plata. Pues los tres alegatos son falacias:

-Cierto que dos homosexuales pueden formar sociedad y tener los bienes a nombre de ambos; pero el uno no hereda la pensión del otro ni se queda con los bienes a su muerte.

-Esta ley no "estatutaria", de trámite especial, porque no delimita algún derecho fundamental sino que extiende a otros ciudadanos derechos que ya existen.

-Cierto que la ley eleva el costo de la pensión; pero los gay cotizan igual que los demás y por tanto merecen igual trato.

Con el cuarto argumento entramos en materia: que reconocer la unión homosexual desestimula o demerita el matrimonio. Pero ¿en qué cabeza cabe que un joven o una joven se vuelva gay para tener derecho a una pensión? ¿Y qué mérito le quita al matrimonio una supuesta alternativa que en realidad exige tener mucho coraje?

Es más: no hay tal alternativa. No se trata de un rito y una celebración pública, sino de proteger al débil en una situación de hecho. Caso distinto al de Dinamarca y otros Estados posmodernos, donde se admite el matrimonio gay. Por eso acá, como explicó el ex presidente López, la figura se parecería más a la unión marital de hecho que al matrimonio heterosexual.

El argumento que sigue es el más fuerte y también el más erróneo: reconocer derechos a los gay atenta contra algo más alto -contra Dios, contra la naturaleza, contra la comunidad o contra la mayoría-. En efecto:

-Practicar el homosexualismo es un pecado y por tanto el creyente ha de evitarlo. Pero debe evitarlo por amor a Dios, no por miedo a quedarse sin pensión. Y en todo caso las leyes de la Iglesia no pueden obligar al no creyente por la simple razón de que no cree.

-Lo de la naturaleza suena tan obvio que no hay para qué explicar. Y sin embargo no se puede saltar de cómo son las cosas a cómo deben ser, pues en el mundo hay cosas, como la peste o el hambre, que no deberían ser. Es más: el senador Gaviria dejó bien claro que la naturaleza es buena o mala según se les pregunte a Rousseau o a Hobbes, a Duns Escoto o a Tomás de Aquino. A lo cual hay que sumarle el hecho escueto de que la naturaleza produce homosexuales.

-Queda entonces el recurso a la comunidad, a que la tradición no reconoce derechos a la pareja gay. Pero esta salida tiene dos problemas. Uno, que la tradición puede estar equivocada o en todo caso es una mera convención. Otro, que nadie escogió a Enrique Gómez como vocero de la tradición.

-Y así paramos en que las leyes deben ser para la mayoría. O sea que los discapacitados, los indígenas o, para el caso, los parlamentarios, no pueden ser objeto de derechos o deberes especiales. Semejante sandez se basa en confundir el derecho que la mayoría tiene a decidir con el derecho que las minorías tienen a existir.

El argumento en el fondo es uno solo: que el Estado debe premiar la virtud y castigar el vicio, que la ley debe hacer que la gente sea buena. El problema, en el fondo, también es uno solo: que hay maneras distintas de entender la virtud y el Estado no puede escoger una sola.

Por eso traigo dos frases que a mi juicio marcan la diferencia entre el moralismo y el liberalismo. La una es de Coleridge en sus Sermones Laicos: ''El propósito de la ley no es hacer que la gente sea santa sino que la sociedad viva en paz". La otra es de Hobbes en su Leviatán: ''Más allá de la ley no está la moral; está la dictadura o la guerra civil".

No es coincidencia entonces que al moralismo (de derecha) le debamos ''La Violencia" y al moralismo (de izquierda) le debamos la guerrilla. En cambio sí es coincidencia que el Partido Liberal se llame así, cuando tiene a Turbay o a Vargas Lleras pero no tiene al senador Carlos Gaviria.
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