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Opinión

  • | 1990/02/05 00:00

    LLERAS Y EL ANACRONISMO NACIONAL

    Alberto Zalamea, quien como Alberto Lleras fue director de SEMANA, consigna sus impresiones sobre el ex presidente recien fallecido.

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La vida de Alberto Lleras esta signada por una irrevocable vocación periodística y por el rigor implacable del pensamiento silogístico aplicado a la política. Lo que, en estos días de perseverante irresponsabilidad general, resulta por desgracia un anacronismo.
Al recibir en 1947 el Premio Cabot, Lleras declaró que él no era otra cosa, "a pesar de haber tenido ocasionalmente otras ocupaciones, que un periodista profesional que lleno su funcion con criterio de servicio público y bien orgulloso de desemperñarla". Sus obras completas, que van desde el elzeviro sarcástico, capaz de destrozar las más poderosas fortalezas de la estolidez colectiva, hasta los analíticos documentos que produjeron y solucionaron algunas de nuestras más célebres crisis históricas, revelan la pasión por la palabra que siempre encendió la inteligencia del mayor de los escritores públicos colombianos.
"El periodismo conduce a todas partes si se sabe dejar a tiempo", escribia -cuando todavía se escribía- un moralista francés, sobreviviente del naufragio moderno de su hermosa profesión. Lleras alcanzó por ese camino todas sus metas. Y salió y regresó cuantas veces lo creyó necesario. Dirigió periódicos, La Tarde, El Liberal, El Independiente; creó, con SEMANA, un nuevo estilo periodístico, llegó por dos veces a la Presidencia de la República; derribó una dictadura y estableció las bases de un nuevo régimen político, el Frente Nacional, hoy añorado incluso por quienes fuimos sus críticos.
Al fundar SEMANA, escribió que se trataba de "un experimento".
"Queremos ser objetivos, ciertos, en la presentación de los hechos -agregó-. Queremos suminsitrar la mayor cantidad de información adicional sobre ellos. Y tambien un criterio, pero no un comentario". La objetividad no era presa fácil. Ninguno de los directores de SEMANA logró atraparla. En cambio ayudaron a construir una importante institución y cada uno expresó su criterio. Fue y sigue siendo, sin duda, un notable "experimento" En sus últimos años, cuando en el escenario de la prensa nacional el periodísta había sido desplazado en el diccionario de lugares comunes por el"comunicador" periódicos por "los medios"; recordando la prosa de sus pares, Sanín Cano, Armando Solano, Hernando Téllez, Alfonso López Pumarejo, Eduardo Santos, Luis Cano, Jorge y Eduardo Zalamea; muy grande debía ser su desdén y su decepción ante el campo de Agriamante en que se convirtieron el periodísmo y la política nacionales.
De su pasado ya abolido, de sus magistrales lecciones de ética política, dictadas con la soberbia modestia de un afectuoso monarca, no quedaba nada. Ni siquiera se entendía su silencio acusador. En un país no sólo absolutamente indiferente sino refractario a la inteligencia y la cultura como es la Colombia de hoy, el homenaje a que obligan la vida y la muerte de Lleras resulta un trágico anacronismo. Sus cualidades, sus virtudes, sus propios defectos, son de otra época.Todo lo que quiso e hizo corresponde a las aspiraciones morales de otros tiempos y resulta casi estrafalario ante los ojos de una nación indiferente y bovina. Todos los valores en que creyó y por los que luchó durante la más plena de las existencias posibles en nuestro ámbito, han desaparecido de la conciencia nacional, si es que todavía se puede hablar de esa entelequia.Sus presuntos discípulos se encargaron de destruir lo que él tanto había amado. De la democracia, mediatizada y bloqueada, no quedan sino los barones de un nuevo feudalismo electoral. De la prensa libre pero responsable apenas sobrevive el sarcástico y anárquico remedo de otras épocas aniquiladas por la ola de vulgaridad que se derrama desde el Estado televisivo. De sus amplias concepciones políticas (la utopía de un país en paz y concordia donde la gimnasia de mocratica no sirviera para disimular el asalto al poder) sólo puede decirse que en la práctica fueron arrasadas por sus propias e ingratas criaturas.¡Qué poco puede salvarse en este turbulento naufragio institucional! Lleras resulta asi dramáticamente anacrónico, como son anacrónicos en Colombia los vocablos que en otras épocas definían la libertad, la justicia, la democracia, la austeridad, la moralidad, la decencia personal y social... Con su muerte se protocoliza la desaparición de la Colombia honesta, vagamente culta, tradicional, campesina y liberal que pretendió mantener y consolidar durante el ejercicio de su acción periodística y política.
Tuve la suerte de poder visitarlo de vez en cuando durante los últimos años. La rotunda precisión de su inteligencia nunca desmentida, la claridad de sus conceptos, el encanto de su trato, su buen humor, apenas empañado por la melancolía de quienes conocieron los mejores días de Colombia y asisten ahora a su sistemática destrucción, reconfortaban al interlocutor empeñado en escudriñar la inteligencia, antes cáustica, ahora amable, de uno de los más altos testigos de nuestro tiempo.
Alguna mañana me llamó por teléfono: ¡Habla Lleras! La voz -que, como la de Gaitán, aunque en otro registro, nunca podrá ser olvidada por los colombianos que vivieron a mediados del siglo XX- era segura, imperativa, casi soberbia. Daban ganas de ponerse de pie. Y sin embargo sólo quedaban ruinas y desolación a su alrededor. De todo lo edificado, de todo lo escrito, de todo lo dicho, sólo la desolación de la desesperanza.
"Yacía en los lazos de la muerte", dice el texto luterano de una Cantata de Bach, "pero resucitó y nos trajo la vida" ¿Podemos nosotros, en Colombia y en 1990, cantar ese aleluya con fervor? Seguramente no. Tal vez en un futuro incierto alguien, un joven estudiante, vuelva a abrir las páginas de Lleras y vuelva a encontrar el despliegue de humano decoro, de cálida inteligencia, de fría clarividencia, de responsabilidad intelectual, de cultura, de humor y de sano realismo que moldean esas aperturas hacia la esfera de la civilización que tanto anheló para su patria, la misma patria nuestra humillada de hoy.
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