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Opinión

  • | 2003/05/26 00:00

    Los demonios pasados y futuros

    Que cada cual crea lo que quiera en su corazón. Pero que no vuelvan guerrero y militante a ese músculo que late dentro del pecho

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A principios de este año, poco antes de su prematura muerte, estuve visitando al poeta Jaime Alberto Vélez. Le habían diagnosticado una leucemia y se balanceaba (quizá con más evidencia que todos nosotros) en esa cuerda floja que separa la vida de la muerte. Después de un rato de conversación intrascendente sobre comidas

y libros me atreví a preguntarle si él creía en algún tipo de supervivencia después de la muerte. Jaime había estudiado en el seminario, pero se había salido antes de ordenarse, aunque no con el fin de llevar una vida desordenada, sino por el contrario una de las vidas más ordenadas que he visto. La pulcritud de su casa, la limpieza de sus escritos, el pulimiento casi fanático de cada frase, el orden de sus libros, revelaban que para él algo fundamental era la busca de la serenidad.

Me miró con sus ojos sonrientes, sin abrir la boca, pero como diciendo: "Vos siempre buscando pleito". Yo no sabía qué respuesta me podía esperar. En realidad, por sus libros, era difícil saber lo que Jaime pensaba sobre esto, y tampoco podía saberlo por su conversación, aunque lleváramos casi 10 años siendo amigos. Podía ser una respuesta budista (sabía que le interesaba el tema), o algo que hubieran dicho Séneca o Marco Aurelio, dada su gran pasión por la cultura clásica. El caso es que me sorprendió con una respuesta más bien wittgensteniana: "Yo sobre eso no hablo. De eso yo creo que hay algo que se siente, pero de lo que no se puede hablar". La suya, me doy cuenta hoy, es quizá la única respuesta sensata que puede dar un creyente en la era contemporánea. No hay argumentos válidos contra el descreimiento, salvo una sensación de la que no se puede hablar.

Escribo esto mientras visito un lugar que desde hace muchos siglos ha sido llamado "Tierra Santa". El Medio Oriente, sitio conflictivo y explosivo como ningún otro, es ese lugar del planeta donde con mayor claridad coexisten en un mismo territorio, en un mismo espacio, dos momentos del tiempo o de la historia. El mundo secular, el mundo moderno donde "Dios ha muerto", entra en contacto y en conflicto con un mundo en el que buena parte de la población todavía siente la presencia del más allá como algo palpable, claro, evidente, que no se puede poner siquiera en duda, pues sólo ponerlo en duda es una gran blasfemia y una gran profanación.

En las playas de Tel Aviv, por los mismos días en que los terroristas suicidas explotan su carne y otras carnes por el aire, veo a una muchacha israelí que toma el sol con el pecho descubierto. No muy lejos de allí, en pleno verano, pasa una pareja de judíos ortodoxos, él con su vestido del siglo XVII, luto cerrado y sombrero de fieltro, bucles que cuelgan delante de las orejas, ella de falda larga y con el pelo cubierto. Un poco más allá, en Jaffa, una mujer musulmana viste el uniforme de la fe: los trapos le cubren hasta el último centímetro de la piel (velo sobre el rostro, guantes sobre las manos). Sentadas sobre un barril de gasolina, la simultaneidad de dos culturas saca más chispas que el choque de dos piedras de pedernal. "Los demonios del pasado se encuentran con los demonios del futuro", como dice el mayor poeta de Israel, Yehuda Amichai.

Y lo más grave es que aquí se manifiesta con seriedad y con ánimo proselitista y militante tanto lo uno como lo otro: el secularismo laico, la reivindicación de la libertad individual, y también la militancia religiosa de los soldados de la fe (judíos ortodoxos o fundamentalistas musulmanes). No es algo que se viva de manera superficial, como en Colombia. No como esa amiga de mi esposa que se declara "muy espiritual" y lleva un crucifijo colgado del cuello, pero la cruz de oro macizo se apoya en dos toronjas de silicona bajo un escote que llega hasta la frontera del pezón. Occidente es el sitio en donde muere Dios; Oriente, donde nace o resucita; América Latina, el lugar donde todo se frivoliza.

Y sin embargo, en un estoico poeta colombiano, Jaime Alberto Vélez, creo haber entrevisto una solución para estos problemas prácticamente insolubles: no convertirlos en un asunto de militancia sino de intimidad. Que cada cual crea lo que quiera, en su corazón; que las mujeres se cubran o se descubran el pecho, según como les dicte su gusto, su religión o su conciencia (en últimas no podrán taparse más que una astronauta, ni destaparse más que una india amazónica). Pero que no vuelvan guerrero y militante a ese músculo que late dentro del pecho, oscuro y silencioso, con un ruido que por suerte no se oye ni debería oírse mucho más allá del esternón.
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