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Opinión

  • | 1980/12/11 00:00

    Los dos mercados

    Cuando las señoras ricas salen en el carro con la muchacha del servicio, la sientan atrás para que a nadie se le vaya a ocurrir que es una amiga

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Me acuerdo como si fuera hoy de unas conocidas que tuve en la adolescencia (digamos que eran las Montoyas), que tenían la siguiente particularidad: eran dos, como las hermanastras de la Cenicienta, y también como ellas eran espantosas de cuerpo y espíritu. Adentro, en cambio (así se dice en Antioquia, "adentro", para indicar de la cocina pa'allá), había una muchacha del servicio que era mil veces más bonita y cien veces más dulce que las hermanas Montoyas. Digamos que se llamaba Adela y aunque no era pariente huérfana de las Montoyas, sino "dentrodera" (así se dice también), se parecía en todo y por todo a la Cenicienta.

Los adolescentes que íbamos allá no éramos propiamente príncipes azules, ni íbamos a medirles zapaticos de cristal a las Montoyas ni a invitar a bailes de 15 a la Cenicienta. Pero sí hacíamos nuestra visita de los viernes o del sábado, no con el fin de oírles las majaderías a las Montoyas, ni para ver su feúra infructuosamente disimulada por el maquillaje, sino para apreciar la belleza inaudita de Adela la empleada, que de vez en cuando hacía apariciones fugaces cuando sus amas tocaban la campanita de plata. Lo más impactante de todo fue una vez que Adela salió a llevar las Coca-colas en una bandeja, y en vez de delantal venía de camiseta y pantaloncitos cortos. No sé a quiénes conmovió más esa visión fugaz, si a nosotros los visitantes, que quedamos embelesados en ese par de piernas y en ese cuerpo escultural, o a las hermanitas Montoyas, que pusieron el grito en el cielo y obligaron a Adela a ponerse de inmediato el uniforme de sirvienta. Fue la última vez que la vimos: a la semana siguiente estaba despedida, y nunca más volvimos a visitar tampoco a las Montoyas; para qué.

Un recuerdo parecido es el de la piscina de la finca de los Acevedos (llamémoslos así). Cuando íbamos allá los fines de semana, jugábamos todo el día con los hijos de los mayordomos, que eran mucho más ágiles y mucho más fuertes que nosotros. Enlazaban novillos, se trepaban en las palmas para tumbar cocos, nadaban como peces en el río, tenían fuerza en los dedos para ordeñar... Pero a la hora de meternos en la piscina, los niños de los Acevedos, y nosotros sus invitados, nos podíamos meter en el agua, pero los hijos de los mayordomos no, ni riesgos. Cuando una vez nos atrevimos a preguntar por qué (temiendo que tal vez tuvieran alguna enfermedad contagiosa en la piel), los padres se limitaron a explicarnos que era mejor así.

Otra costumbre de los Acevedos en la finca era no dejar que el mayordomo descansara nunca. Si se sentaba un momento al atardecer, después de hacer todas las faenas de la jornada, el patrón lo llamaban al orden y lo ponían a limpiar los troncos de los árboles con un costal o a descurtir el empedrado con cepillo de alambre. "Hay que mantenerlos ocupados a toda hora, así no haya nada qué hacer. Es que si uno los deja descansar, se dañan". Y tampoco se les podía dar propina, o elogiarles alguna cosa bien hecha, por el mismo motivo.

Todavía me toca ver, de lejos, cosas parecidas que siguen ocurriendo hoy. Yo creo que nuestras señoras ricas se creen algo así como reencarnaciones de la Duquesa de Windsor o de Lady Di. Cuando salen a mercar o a hacer una vuelta con la muchacha del servicio, ellas se ponen al mando de su carro, y manejan muy bien. Pero a la empleada no la sientan al lado sino atrás, y con su uniforme muy claro (una señal de jerarquías para todo el mundo), blanco o de dos colores, para que a nadie se le vaya a ocurrir que es una amiga. Y cuando les piden algo para el marido no les dicen "Adela, póngale por favor un tinto a Juan Camilo", sino "Adela, tráigale un tinto al Señor". Al Señor, faltaba más, y parece que lo dijeran con mayúsculas. Nuestras Ladies Di se creen casadas con el príncipe Charles.

Pero la cosa no para ahí. En estos días supe que muchas señoras ricas hacen dos mercados distintos. Uno "para la casa" y otro de muy distinta categoría "para adentro". Solomito pa'acá, entrepecho pa'allá. Papel higiénico con aroma y doble seda para estas antífonas, y una especie de papel de lija carrasposo (modelo revolución cubana) para las nalgas insensibles de allá. Melocotones y pan francés para acá, y pan de molde más los bananos que sobren para allá. Uno podría creer, ingenuo, que el clasismo se desvanece de puertas para adentro. Qué va. No contentos con el horario absurdo de las empleadas del servicio (las veo entrar los domingos por la noche, a lavar la montaña de trastos de todo el fin de semana en que supuestamente descansaron), las someten a un régimen alimenticio de distinto rango.

Si en el 2003 seguimos viviendo como si estuviéramos en el año 1000, en un régimen de segregación y servidumbre, no veo qué esperanzas de progreso social pueda tener este país.
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