Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

×

Opinión

  • | 1988/05/30 00:00

    LOS ENVIOS

COMPARTIR

La semana pasada, en esta misma página y con mi torpeza habitual, traté de hilvanar algunas historias sobre la costumbre colombiana de hacer en cargos a los viajeros que van para cualquier parte.
Nunca me imaginé que esos apuntes incoherentes serían tema de una extensa y sabrosa cháchara en una reunión en la que estaban un ministro, dos poetas, un editor de libros, un domador de perros rabiosos y tres periodistas. Eso, dicho sea entre paréntesis parecía más bien lo que el presidente López llama una pandilla que planea el asalto de una joyería.
Entre anécdotas, cuentos viejos gracejos y chacotas, terminamos descubriendo que existe en este país un hábito igualmente engorroso, tan genuino como el de los encargos e igualmente histórico: el de los envíos. Cualquiera podría pensar que, como enviar es lo antagónico de encargar, las dos cosas son excluyentes. Nada de eso: como la ley física de los adversos, y como las fórmulas matemáticas de los signos contrarios, encargo y envío terminan siendo la misma jeringa pero con diferente fitoque.
El viajero colombiano sabe, por experiencia en carne propia, que la mitad de su viaje se le va en llevar cachivaches y la otra mitad en traerlos. Me juego la cabeza --con anteojos y todo-- a que nadie que haya viajado más de una milla se ha escapado de llevar una carta para el hijo lejano de un amigo, para la prima que lava platos en Miami, para el hermano de alguien que vive en una callecita estrecha donde hay una tienda, por ahí por el centro de París, al lado derecho de la Torre Eiffel.
Primer axioma: si el colombiano nunca da dinero para que le traigan lo que encarga, jamás tiene la dirección de las cartas que envía. De modo que el pobre viajero se queda sin conocer los pintores callejeros de Montmartre ni los barquitos de enamorados que pasean por el Sena. Sus vacaciones se le acaban buscando la callecita de la tienda donde vive un cuñado de un amigo mío, de Montería, uno monito con un lunar en la cara, que estudia con una beca.
La semana pasada viajaba un caballero a España. Una señora pretendía meterle en la maleta una bolsa con 100 arepas antioqueñas para un conocido suyo que reside en Madrid y añora la comida típica.
Ese es el segundo axioma, que se confirma en las últimas estadísticas que ha divulgado el Departamento de Ciencias Aplicadas de la Universidad de Princeton: de cada 100 envios que hacen los colombianos, aprovechando que alguien va para allá, el 93.2 por ciento consiste en comida elaborada o sus materias primas.
Me explico en términos más elementales. Costeño que se respete no perdona viaje de persona alguna, conocida o desconocida, para mandarle una patilla pintona, dos tiras de butifarra de Soledad y siete cascarones para arepa-dehuevo a su hermana, aquella que se fue para Nueva York hace ocho años.
El otro día la policía descubrió, en el aeropuerto de Chicago, a una señora de Armenia que llevaba en la maleta tres bolsas de polvo blanco. La esposaron, la encañonaron, la husmearon los perros antinarcóticos, le pusieron una luz infrarroja en la cara, le dijeron --como en las películas de televisión-- que todo lo que dijera podía ser usado en su contra y que tenía derecho a hacer una llamada telefónica.
La pobre mujer, que no habla inglés, no sabía cómo explicar que eran unas porciones de "Promasa" que le mandaban a una amiga suya. "¡Colombian pizza, colombian pizza!", gritaba la infortunada, mientras tres gringos descomunales la arrastraban a un camión blindado con sirenas y luces de colores.
En otro aeropuerto norteamericano me tocó presenciar un día la trifulca que se armó porque los gendarmes de aduana descubrieron un cargamento de unas bolas extrañas, amarillentas y duras, que una mujer llevaba en un avión procedente de Cali. Tuvieron la precaución de llamar a los expertos en explosivos, no fuera que se tratara de granadas camufladas. Después llegaron los químicos de la policía, con sus batas blancas y sus laboratorios portátiles. Una talega de chontaduros, naturalmente, y yo estuve tentado a explicárselo a los gringos. Me arrepentí a tiempo por dos razones: porque de pronto me consideraban cómplice y porque descubrí, para mi asombro, que yo no sé decir "chontaduro" en inglés.
García Márquez, que puede ser todo lo Premio Nobel que quiera, pero que sigue siendo, por fortuna, un colombiano auténtico, no deja entrar a su casa de México a quienes llegan a visitarlo desde su país, si no llevan dos requisitos indispensables: una caja de bocadillo veleño --pero tiene que ser del que se envuelve en hojas resecas de plátano, para que no pierda el sabor de la guayaba-- y por lo menos una arroba de arroz "Flor Huila".
Si el visitante es reportero, conseguir la entrevista con el escritor vale dos arrobas de arroz. Si el reportaje dura más de media hora o incluye más de tres primicias, el interesado debe agregar otra caja de bocadillos. Si tratan de embaucar al novelista llevándole arroz de otra marca él lo descubrirá en el acto, por el olfato, y devolverá indignado el presente.
Pero tal vez la más insólita historia, en estas reflexiones sobre encargos y envíos, es la de una señora que le encargó a una amiga suya "un suéter muy lindo que venden en París, color fresa con crema. Pero sin mucha crema..."
La viajera, hasta el sol de hoy no ha podido saber lo que significa eso. Yo tampoco.--
¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

EDICIÓN 1894

PORTADA

Los secretos de la red de espionaje

SEMANA revela detalles y conversaciones desconocidas de la organización de chuzadas ilegales más grande descubierta en el país. Las víctimas eran empresas, funcionarios públicos, miembros de las Fuerzas Militares y particulares.

Queremos conocerlo un poco,
cuéntenos acerca de usted:

Maria,

Gracias por registrarse en SEMANA Para finalizar el proceso, por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Maria,

su cuenta aun no ha sido activada para poder leer el contenido de la edición impresa. Por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Para verificar su suscripción, por favor ingrese la siguiente información:

O
Ed. 1894

¿No tiene suscripción? ¡Adquiérala ya!

Su código de suscripción no se encuentra activo.