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Opinión

  • | 2006/06/16 00:00

    Los Factor Equis (Por Martin Vasquez)

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Por donde se mire la penúltima letra del alfabeto está muy de moda en Colombia. Pero hay cuatro factores equis que demanda nuestra mayor atención que el trillado reality, me refiero puntualmente a la extradición, expiación, extinción y excomunión; presentados a continuación en su estricto orden de impacto social.

Extradición

La mera idea que a uno se lo lleven encadenado a "las mazmorras del imperio" -como lo describe sin vacilación un renombrado escritor y ahora locutor Tulueño- sobra para no desearle la extradición ni al más despreciable delincuente. Permanecer obligado bajo la frágil égida del coloso del norte no deja de ser una propuesta aterradora; habría no más que preguntarle a cualquiera de los despachados para verificar tal conjetura más allá de la duda. No en vano los primeros extraditables decían preferir "una tumba en Colombia a una celda en los Estados Unidos."

Sin embargo, el tamaño problemita de impunidad que surge a la hora de someter ante la justicia a tanto reo que ostenta inmenso poder a razón de su incalculable fortuna da para razonar su aplicación. Además de lo conveniente que resulta para el gobierno desembarazarse de tajo de las patatas más candentes de la comarca.
A pesar de lo hondamente indignante que presume relegar nuestra soberanía jurídica a una sociedad que cada día estamos viendo con menos merecimientos y más falencias, en capitulación a ese pragmatismo tan rentable se supone debiéramos tal vez agradecer la existencia del gélido vecino norteño que acepta nuestras más marchitas flores sin contemplación alguna. Igualmente la mera manutención tras rejas de esta crema y ñata debe costar un pequeño Potosí.

Expiación

"Perdónanos nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos ofenden," reza nuestra oración más popular. El problema es que para llegar a la instancia de expiar la cantidad de atrocidades cometidas en el transcurso de varias décadas por los paramilitares, la Corte Suprema de Justicia ahora pretende aplicar el factor anterior.
Sin embargo, cuando se desmenuza el prontuario de estos alzados a la fuerza la postura de los magistrados no da para menos. Tampoco es difícil imaginar el terror que suscita en los sobrevivientes toparse de cara con el fulano que desbarató su familia a punta de motosierra. A fin de cuentas, por contravenciones mucho menos cruentas se supone Jehová borró a Sodoma y Gomorra de la faz de la tierra.

Pero cuando nos damos a la tarea de efectuar un balance de los actos terroríficos a que muchos compatriotas fueron sometidos por parte de los paramilitares, pues llegaremos a la triste conclusión que conviene expiar hasta su más horrenda barbarie con tal de que no les repitan la dosis. El problema es que tirios y troyanos andan pensando los unos en pescar los otros --y estos a no dejarse coger-- con la franela por los tobillos.

Extinción de Dominio

A quién no le pareciera espantoso que le arrebaten su rancho con todos los chécheres a bordo. El estratosférico nivel de criminalidad que nos inunda ha llevado la rama judicial en su afán de restituir el orden social a emplear esta desagradable figura jurídica para despojar a los bandidos de sus bienes mal habidos con el fin de anular su colosal poderío económico. No obstante, tal razonamiento -o falta de ello-nos obliga analizar la contracara sociológica de esta odiosa instancia jurisprudencial. Hablo de las ganancias emanadas de actividades declaradas lícitas que causan mayor daño a la sociedad que aquellas provenientes de acciones ilegales. Caso específico la producción, manufactura y comercialización del tabaco y las armas explosivas, que ocasionan enorme destrucción y muerte. El cigarrillo supera en víctimas a todas las drogas ilícitas combinadas, o sea, más gente muere por causa del tabaco que la sumatoria de todos los adeptos que perecen por el consumo de cocaína, bazuco, crack, heroína, opio, marihuana, hashish, ecstasy, amphetaminas, etc., etc. Y si no cree le encimo los muertos en accidentes de tránsito, esculque las estadísticas y verá.

Ni hablar de la gran cantidad de gente que muere anualmente alrededor del mundo por efecto de las armas de fuego y bombas de toda índole. En Colombia no más se ha convertido en la principal causa de muerte entre hombres de 15 a 45 años de edad.

No obstante, los magnates del tabaco viven a cuerpo de rey y los trabajadores que ensamblan las minas anti-persona reciben el mismo trato social de aquellos que arman licuadoras o televisores.

El año pasado un prestante locutor de la radio elogió la venta de Coltabaco a la Phillip Morris como uno de los mayores logros financieros en la historia del país. No estaría de por más que este celebérrimo periodista -quién obviamente fuma- se asome al pabellón de cancerosos en cualquiera de los grandes hospitales para ver de primera mano lo que le espera.

Mi padre norteamericano fumaba dos paquetes al día y murió de cáncer a los 57 años, lo más doloroso que es que cinco años más tarde mi madre murió del mismo cáncer sin haberse fumado un solo cigarrillo en su vida. Sobra decir como considero que los bienes de los fabricantes de esos puchos que mataron a mis viejos debieran ser sujetos a extinción de dominio. Todas las personas involucradas en este maligno negocio deberían ser extraditadas o pagar en una cárcel colombiana por una vil conducta social que no difiere en lo más mínimo de aquel que produce y vende cocaína.

Si pudieran hablar, sin duda las personas muertas por armas de fuego coincidirían en mi apreciación que estas causan más daño a la humanidad que cualquier vicio y debieran ser declaradas ilegales de acuerdo a su alta peligrosidad. Desde todo punto de vista, aquel que se gana la vida construyendo un aparato diseñado con el expreso propósito de volarle las piernas a un ser humano incurre en un acto de inmoralidad mayúscula. Seguramente todos aquellos que perdieron sus extremidades por consecuencia de las minas anti-persona coincidirían en calificar los bienes adquiridos por los salarios de estos fabricantes como mal habidos y sujetos a la aburridora extinción de dominio.

Excomunión

Ojalá todos nuestros aprietos fueran tan banales como este, algo así como quedar fuera de la lista de regalos de Papá Noel, o que el Ratón Pérez lo pase a uno por alto cuando se caen los dientes de leche. Sin duda el aborto es una práctica abominable, pero duele que andemos tan confundidos para no darnos cuenta de la incongruencia de permitir que unos hombres quienes por determinación propia se supone jamás procrearán anden dictando cátedra de maternidad.

¿Que pena entonces considera el Cardenal colombiano que excomulgó a los magistrados que aprobaron el aborto en circunstancias específicas, debieran merecer los arriba mencionados? Que el despistado prelado no haya excomulgado al irresponsable progenitor de la criatura que defiende con tanto ahínco demuestra una evidente incoherencia por parte de la Iglesia Católica. Como invoca el dicho, se necesitan dos para bailar tango.

El amaño que le da la iglesia a esta figura de jurisprudencia teológica le resta credibilidad. Ver como el clero excomulga personas por actos que de alguna manera socavan su prestancia social por encima de acciones barbáricas como los arriba descritos demuestra una completa discrepancia racional, lo cual hace difícil tomar la excomunión en serio. Además que no existe la forma de conocer la opinión de Dios al respecto.

Me late apropiado cerrar esta corta epístola con mi poema rupestre predilecto:
En la Villa de Beodez
En la Villa de Beodez
Todo, todo es al revés,
Los zapatos en las manos
Y los guantes en los pies.
En la Villa de Beodez
Todo, todo es al revés,
Cuando compran pagan cuatro,
Cuando venden cobran tres.
En la Villa de Beodez
Todo, todo es al revés,
El ratón corre al gato,
Y el ladrón condena al juez.
En la Villa de Beodez
Todo, todo es al revés,
Lo que ganan en un año,
Se lo gastan en un mes.
(Autor Anónimo)

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