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Opinión

  • | 2005/04/10 00:00

    Los funerales del Papa grande

    La religión católica ha demostrado una vez más que nadie como ella para adueñarse de la muerte y transformarla en rito

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Dice un médico francés que el príncipe Rainiero se murió casi al mismo tiempo que el Santo Padre. Por una especie de 'marketing de la muerte', no convenía dar la noticia en ese momento, así que la familia resolvió arreglar el cuerpo por unos días y aguardar a que pasara la avalancha imbatible del otro entierro, para que la noticia no queda-

ra sepultada en el maremágnum pontificio. Los seres humanos somos tan primitivos que hasta en la muerte queremos competir por quién es el muerto más grande, como si todos no acabáramos siendo un puñado de cenizas. Hicieron bien en Mónaco: entrar a competir con el entierro del Sumo Pontífice era un suicidio mediático.

Con todas estas pompas, con todo este despliegue de vestidos vistosos y lujos renacentistas, con esa maravilla de luto cardenalicio (que no es negro noche, sino rojo sangre), con esos delicados mocasines italianos que apuntan a la cúpula de la Basílica, y además con el fondo de la música más extraordinaria que han compuesto los hombres, las cantatas religiosas, era una tontería que un ínfimo principado inmobiliario del Mediterráneo pretendiera competir. En Mónaco no verán jamás a tres emperadores de la Tierra, dos Bush, un Clinton, de rodillas frente al féretro suntuoso. Olvídense. En realidad, para encontrar un despliegue parecido (que pueda parangonarse a la gran escenografía de San Pedro) toca retroceder hasta los tiempos de los faraones egipcios, con una pirámide casi eterna apoyada sobre el vientre de sus sarcófagos de oro.

Es curioso: también en Egipto se les sacaban las vísceras a los faraones. En los cuatro vasos canopes se disponían los pulmones, el hígado, el estómago... El corazón se dejaba intacto, supongo que para que Anubis pudiera pesarlo en la balanza del más allá. En la cultura católica, siempre tan visual, tan espectacular, tan calculadamente escenográfica, es muy común descuartizar los cadáveres de quienes mueren en olor de santidad. En la casa de mi abuela se conservaban, por ejemplo, dos pedacitos de hueso de San Ignacio de Loyola. Y todo el que haya ido a Padua habrá visto la lengua de San Antonio, incorrupta, rodeada de piedras preciosas y engastada en oro macizo. Ahora los polacos han solicitado que se le saque el corazón al Santo Padre para exponerlo solemnemente en Cracovia, su ciudad, de modo que este órgano otrora palpitante se convierta en el faro que dirija los pasos de los romeros para un nuevo sitio de peregrinación.

La religión es la dueña de nuestros ritos de paso más importantes. A la hora del nacimiento (bautizo), aparece el cura con el agua y el aceite, o el rabino con su bisturí para la circuncisión. A la salida de la niñez (confirmación) viene la palmada del señor obispo, o el ritual del Bar-mitzva para los varones judíos que cumplen 13 años. Igual que curas y rabinos, también los ayatolas y los chamanes de todas las religiones se apropian de la unión de las parejas, con el ritual del matrimonio; y se adueñan de la muerte, con las ceremonias, los cantos y los sermones de los entierros. Pero nada como presenciar los funerales de un Papa para poder ver y palpar hasta qué punto este rito majestuoso es monopolio de los Sumos Sacerdotes.

Hasta a los futuros reyes les toca postergar su matrimonio para que la boda no pase inadvertida, o para que los invitados comunes no prefieran la mayor solemnidad, imbatible, del antiguo corazón del Imperio: Roma. No existe un desfile de modas, no existe una parada militar, no hay ni siquiera el lanzamiento de un cohete que sea más imponente que el entierro de un Papa. Si el Pontífice no requiere acorazados para tener en el mundo la influencia que tiene, esto se debe, entre otras cosas, a esa insistencia católica en la majestad del ritual. Es solemne, lento, imponente, perfecto. Produce lo que pretende: asombro, sumisión, ganas de arrodillarse y adorar al ídolo.

Cuando en nuestras ciudades, en un barrio popular, se muere una mamá o matan a un muchacho, las familias se endeudan, venden la casa (la tiran, literalmente, por la ventana), para pagar el mejor entierro, la iglesia más grande y el cajón más vistoso. Uno ve pasar desfiles de taxis y de buses contratados, plañideras que gritan, rezanderos que imploran. Cuando se muere un rico muy rico en nuestras ciudades, la competencia es por el número de esquelas de muerto en el periódico: decenas, centenas de recuadros con el mismo nombre. Yo no sé qué pensar. Uno se muere, todos nos vamos a morir, el Miércoles de Ceniza se nos recuerda que seremos polvo. Pero esta semana la religión católica ha demostrado una vez más que nadie como ella para adueñarse de la muerte y transformarla en rito. Es como si en sus manos ciertos muertos no fueran polvo, sino más bien, parodiando a Quevedo, una especie de polvo sublimado.
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