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Opinión

  • | 1988/11/07 00:00

    LOS GRANDES AMORES

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Cuando se escriba la verdadera historia del mundo, imparcial y serenamente, habrá que admitir que todos los sentimientos que mueven al género humano se reducen a dos: el amor y el odio.

Un amorío es lo único que cambia el destino de un hombre. O una guerra. Ovidio, que era maestro para coquetear a las damas, hacía su famosa advertencia a los escritores: "Si quieres pasar a la posteridad, aprende a cantar grandes amores o grandes dolores.

Yo me quedo con lo primero, sobre todo en esta Colombia de nuestra época, ahíta ya de violencias y de sangre. Por eso es que me he dedicado en estos días con la fruición de un vicio solitario, a la hermosa y paciente empresa de reconstruir los grandes amores de la historia.

Me conmueven todos, tanto los apacibles como los ardientes, los frenéticos, los virginales o lascivos, los tímidos y los que enloquecen a la gente. Los taxistas de Barranquilla, que son tan sabios, dicen que ciertos vellos del cuerpo jalan más que cabrestante de buque.

Leo, subrayo, recorto y guardo viejos libros polvorientos que huelen a amor, desde los manuales indios hasta las novelas del romanticismo, pasando por las memorias escandalosas de ciertas señoras francesas, el secretario de los enamorados, poemas desleídos por el tiempo, las hojas secas de una margarita.
Un amigo mío me acaba de regalar el excelente tratado de Carlos Fisas sobre las historias de amor más célebres que se conocen. Es delicioso. Lo lei de una sentada.
De una acostada, para decirlo apropiadamente.

Confieso que me desgarra hasta las lágrimas el caso de Ludovica, la dogaresa de Venecia, que conservó su fidelidad más alla de la vida y de la muerte, para que su pretendiente eterno comprendiera -como dice Bocaccioque el verdadero amor no consiste en conquistar, sino en ser conquistado.

Lo curioso es que a veces, con una frecuencia que asombra, el amor y el odio se entrelazan, provocan guerras por los favores de una mujer, llevan a los hombres a unas extravagantes locuras. Parece que Cleopatra es el ejemplo perfecto, distorsionado por la levenda y magnificado por el mito.

La moraleja de su vida es obvia: no hay cañonazo que cause mas destrozos que un beso.

El historiador Carlo Mario Franzero, que se convirtió en su biógrafo, se solaza dichosamente describiéndola en su villa romana, sonriendo a los seductores, mas inteligente y calculadora que todos los varones, mezclándole politica a la lujuria. "Cleopatra los escucha a todos-dice Franzero-mientras acariciaba eróticamente su largo collar de perlas rosadas. Su busto palpitada bajo los veloz transparentes". Por ella se pelearon César y Marco Antonio. Por salvar a Roma de sus galanterias Octavio deshizo el triunvirato. Para vengarse de ella, que sólo disponía de la artilleria pesa da de su belleza, las legiones marcharon sobre Egipto. La moraleja de su vida es obvia: no hay cañonazo que cause más destrozos que un beso.

Desde entonces, e incluso desde antes de Cleopatra, los grandes amantes disputan con los grandes guerreros, palmo a palmo, las mejores páginas de la historia. A veces gana el amor: Cleopatra pesa más en nuestros corazones que la ambición del César.
En otras ocasiones la fuerza arrolladora del amor se iguala con la guerra. Bolívar y Manuelita son la pareja perfecta y más próxima a nuestra historia. Andarán por ahi, para siempre, tomados del talle.

No cabe duda: el amor vence al odio. Pero, ¿vence también al dolor? Eso es tema de otro cuento.
Lo cierto es que en el siglo entrante nadie recordará en Cartagena a Franco Nero por su obra cinematografica, apenas regular, sino por sus amorios de sudor y salitre con la negra Mauricia Mena.

El amor de un hombre y una mujer puede cambiar la bola del mundo. Puede enfrentar a padres, hijos, hermanos, como la triste historia de Paolo y Francesca, a quienes Dante se encontró en el infierno, y hasta puede acabar con un país entero. Baste con recordar el episodio inolvidable de Doña Inés de Castro y el Rey don Pedro de Portugal, inmortalizado por Figueiredo: ¿Por qué matasteis a Inés? ¿Quién más entró en la conjura?

Por eso es que no comparto la condena que acostumbra hacerse del celestinaje. Llegó la hora de reivindicar a alcahuetes y colaboradores. No sólo porque suelen ejercer la cura poética de prolongar en el amor ajeno sus propias melancolías, sino porque el amor, como toda obra humana también necesita ayuda...

SEMANA, OCTUBRE 11, 19889 --
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