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Opinión

  • | 2019/09/23 16:28

    Los jóvenes del mundo se levantan contra el calentamiento global

    El viernes 20 de septiembre del año 2019 pasará a la historia: jóvenes de todos los rincones convocaron la primera huelga mundial de la que tengamos noticia. Se trata de una iniciativa en defensa de la vida. ¿Por qué nos hemos demorado tanto en actuar para detener el calentamiento global?

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Estamos parados sobre bloques de hielo que se están descongelando. La producción de gases de invernadero viene creciendo a un ritmo exponencial, lo que ha generado que la temperatura de la tierra aumente y que los glaciales se descongelen. La producción de estos gases viene acompañada por diversas emisiones de hollín, humo, metales pesados y otros contaminantes que afectan la mayoría de los organismos vivos.

El clima se está volviendo imprevisible. Se producen lluvias y temperaturas cada vez más intensas, huracanes más violentos y el riesgo de alterar la vida sobre la Tierra es inminente. De hecho, el daño viene ocurriendo desde hace algunas décadas. Según la ONU: “Cada hora, tres especies desaparecen”, en lo que sería la mayor ola de pérdida biológica desde que desaparecieron los dinosaurios. Los científicos hablan de que estamos ante la extinción más grande de todas y, por primera vez, producida por los seres humanos.

El informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) lo ratifica y concluye que ha aumentado “el grado de certidumbre de que la actividad humana está detrás del calentamiento que el mundo ha experimentado, un aumento que ha pasado de "muy posible" con un grado de confianza del 90 % en 2007, a "extremadamente posible" o un nivel de confianza del 95 % en 2015. Aunque esto se sabe hace mucho tiempo, la respuesta ha sido en extremo lenta. Casi no actuamos.

La pregunta es: ¿por qué? Daré tres argumentos. El primero es que hoy vivimos muchos más seres humanos en el planeta, lo que inevitablemente eleva la demanda de alimentos, energía, bienes y servicios. En 1919, la población que había que alimentar era de 1.850 millones de habitantes. Hoy somos 7.550 millones. Es cierto que la revolución tecnológica permitió elevar sensiblemente la producción, pero lo que hay que entender es que la Tierra tiene recursos limitados y que, el aire, los alimentos y la Tierra, están siendo bombardeados por algunos productos tóxicos. El crecimiento exponencial del número de autos es la expresión más clara del problema. Hoy en el mundo existen 1,5 billones de automóviles. De ellos, en Colombia circulan 14,5 millones cada día y el 57 % son motos, precisamente, los medios de transporte más contaminantes. Hace 24 años teníamos 2 millones de autos: siete veces menos.


Para profundizar: https://www.semana.com/educacion/articulo/el-mundo-esta-mejorando-o-empeorando-por-julian-de-zubiria-samper/601408

La industria automotriz es una de las principales responsables de la crisis actual. No porque tenga necesariamente que ser así, sino porque no tomaron medidas a tiempo para generar menores impactos en la emisión de gases contaminantes y porque ha faltado voluntad política de los gobiernos en el mundo, para exigirle que no siga degradando el aire del planeta. La falta de políticas eficientes de transporte público en países como el nuestro, agrava el problema. Únicamente 2 millones de vehículos en el mundo son eléctricos y en Colombia tan solo 2.800, el 0,01%. Los petroleros han sido uno de los grupos más poderosos en el mundo y eso se ha reflejado en la política pública y en las guerras que han creado, apoyado y financiado por todo el planeta, con consecuencias desastrosas para la vida. Han legislado y actuado en defensa de sus intereses económicos y en contra de los intereses de la humanidad.


El segundo argumento lo tomo prestado de Carl Sagan, quien brillantemente afirmaba que, el problema era que las decisiones sobre ciencia, innovación y política científica, eran tomadas por una clase política que, en general, no entendía de ciencia, innovación o educación. Para el caso colombiano daré tres ejemplos. El primero es una declaración que dio la semana pasada Marta Lucía Ramírez, la vicepresidenta colombiana. Ella, quien coordina la Misión de Sabios del actual gobierno, no se ruborizó al decir que “el conocimiento por el conocimiento era cuestión de vanidad” y que lo único que valía era el conocimiento aplicado.

En una sola frase estaba desconociendo por completo la investigación básica y el interés por el conocimiento; la primera, la gran responsable del mayor crecimiento en la producción para la humanidad durante el último siglo; y la segunda, una de las características esenciales de los seres humanos, genialmente planteada por Aristóteles: indagar, preguntar, asombrarse ante lo nuevo o conocer, simplemente por el placer de conocer.


Pero no es un caso aislado. Este mismo año un congresista quiso imponer un proyecto de ley inspirado en una de las medidas adoptadas por los paramilitares del Magdalena Medio en los años ochenta: prohibir el debate político en las escuelas. El representante Rodríguez establecía expulsión y cárcel para los docentes que se atrevieran a reflexionar políticamente en el aula, como deberían hacerlo todos los días, todos los docentes, de todas las áreas. Ese representante ha sido uno de los voceros más importantes del partido que hoy gobierna el país.

Un tercer ejemplo puede ser tomado de un congresista equivocadamente autodenominado “liberal”, quien quiere prohibirnos a profes y estudiantes el uso de la tecnología y el celular en los colegios, cuando lo que debería hacer la buena educación es exactamente lo contrario: enseñar a usarla de manera consciente, reflexiva y asertiva. La votación en la plenaria de la Cámara fue apabullante: 102 votos a favor de una propuesta claramente antiliberal y tan solo 3 votos en contra. Nuestra clase política ha sido irresponsable e inculta al tomar decisiones como esta y eso que no hablaré del expresidente del Senado. Por eso tenemos una de las inversiones más bajas en ciencia e innovación y una de las educaciones de peor calidad en el mundo. Para que el problema sea más complejo: somos el segundo país con mayor asesinato de líderes ambientales en el mundo.


Para leer: https://www.semana.com/educacion/articulo/debemos-limitar-la-libertad-de-catedra-por-julian-de-zubiria-samper/602133

Es por ello que las propuestas de la Misión de Sabios formuladas 25 años atrás, permanecen guardadas en los anaqueles de la Casa de Nariño, tanto en ciencia, como en educación. Nunca se convirtieron en política pública. Ojalá no pase lo mismo con las de la nueva Misión de Sabios, que es dirigida por alguien que cree que la investigación básica es cuestión de vanidad.

El tercer argumento es económico. La sociedad de consumo que hemos construido, no ha tenido límite alguno para destruir bosques, usar combustibles, consumir energía, gasolina, carbón y plásticos. Antes, los productos eran hechos para que duraran una vida. Las neveras y las bombillas de los abuelos cumplían esa condición, también sus autos. Actualmente, hay que cambiar el celular y el computador cada tres años en promedio, porque sencillamente se vuelve obsoleta su pila y su tecnología; los carros y las neveras no alcanzan a cumplir cinco años y ni se diga con los electrodomésticos en los hogares, que se volvieron desechables y cuando se dañan, se tiran y se reemplazan.

La industria ya le dio un nombre a este proceso: es la “obsolescencia programada” o producción diseñada de tal manera, que el producto deja de funcionar tres o cuatro años después de ser elaborado, para obligarnos a comprar uno nuevo. También hay una “obsolescencia percibida”, la que generan los mercaderes para vender más y que algunas veces llamamos “moda”. La demanda de energía, carbón, gasolina, madera y plásticos, parece no tener límite. El problema es que la Tierra si lo tiene.

¿Qué podemos hacer?

Lo primero es comprender el problema y aquí la tarea es muy clara: necesitamos una educación que nos enseñe a convivir con la naturaleza, como hicieron los antepasados; necesitamos una educación que nos explique los enormes riesgos que se generan cuando contamos con un recurso limitado como la Tierra y un consumo que crece exponencial y artificialmente. Sin duda, cada ser humano puede aportar a la solución y en sus manos también está el disminuir el consumo de energía, agua y bienes suntuarios.

Deberíamos habituarnos a las energías limpias y al reciclaje y concientizarnos de los enormes riesgos del consumo desenfrenado. No por casualidad, hoy la familia y la sociedad se convocan en torno a un Centro comercial. Cada uno de nosotros puede ahorrar energía si camina, utiliza la bicicleta o se moviliza en transporte público. Podemos ahorrar energía secando al sol, reutilizando el agua, apagando bombillas o desenchufando electrodomésticos.


Para profundizar: https://www.semana.com/educacion/articulo/presupuesto-para-investigacion-cientifica-en-colombia/517070

Lo segundo es movilizarnos. Al hacerlo, ganamos en conciencia y sensibilizamos a quienes nos rodean y nos ven. La movilización colectiva logra cosas impensables. Gigantescas movilizaciones en el mundo entero le dieron la orden a los gobiernos en las décadas del sesenta y setenta, de que no podían desatar una catástrofe nuclear. Y, gracias a las movilizaciones, logramos detenerla.

Lo tercero es que necesitamos más voluntad política para que los gobiernos actuales actúen de manera inmediata, controlando la tala de árboles, promoviendo las energías limpias y exigiendo controles implacables ante la emisión de gases contaminantes. Eso solo lo lograremos con nuevas movilizaciones y eligiendo candidatos más éticos, con mayor conocimiento e independientes. La política pública en ciencia, innovación y educación, no puede seguir siendo una improvisación de los políticos de turno.
La mayoría de políticos piensan en exceso en las próximas elecciones. Por el contrario, los educadores pensamos en las próximas generaciones. Lo que hoy está en juego es la vida sobre la Tierra y el destino de las próximas generaciones. Por eso y por mucho más, quienes hoy deberían hablarle al mundo son los jóvenes, los científicos, los artistas y los educadores. Si nuestra voz es muy fuerte y clara, los políticos tendrán que escuchar. ¡Palabra que sí!

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