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Opinión

  • | 2006/10/28 00:00

    Los ofuscados

    El resultado de tanta madera debió ser que la ciudadanía se alineara con los ofuscados analistas. Dos de cada tres ciudadanos están de acuerdo con el presidente

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Palo sin freno recibió el presidente Uribe después de su discurso en la Universidad Militar con ocasión del bombazo del 19 pasado. Fue un verdadero aguacero de recriminaciones, lanzado desde las trincheras de la gran prensa. El arsenal de ataque fue variopinto.

La primera andanada buscaba mostrar que el Presidente se había "salido de los chiros", su conducta era "emotiva y

visceral" y no había "mantenido la cabeza fría". La línea argumental es que Uribe tomó las decisiones de manera irreflexiva. En el fondo, lo que se insinúa es que fue irresponsable. Es evidente que el Presidente estaba enojado. Tenía que estarlo. Pero las imágenes mostraron que su intervención fue preparada, contaba con sus notas escritas a mano y tenía plena conciencia del alcance de su mensaje. Para no dejar dudas, lo repitió en al menos tres ocasiones más, a lo largo de ese día y del siguiente. Es entendible que haya a quien no le gusten las decisiones presidenciales, pero es falso y confunde atribuírselas a su "sangre caliente".

La segunda línea de disparos se dirigió a poner en cuestión la autoría del atentado. La bomba, dijeron los benévolos, era "sorprendente" en medio de la discusión sobre el intercambio y no coincidía con el interés de las Farc por el mismo. De entrada, es un error ingenuo creer que ese grupo terrorista quiere el canje a cualquier costo. De hecho, ha probado que sólo lo acepta si se hace bajo dos condiciones: el despeje unilateral del territorio por parte de la Fuerza Pública, y su posterior ocupación por ellos y que los guerrilleros liberados retornen a sus actividades criminales. Después de que Uribe dejó claro, precisamente en la semana previa al atentado, que esas imposiciones eran inaceptables, las Farc tenían poco que perder torpedeando los avances conseguidos hacia el intercambio. Más aun, les convenía que fuera el gobierno, y no ellas, el que apareciera negándose a su ocurrencia.

Pero hubo incluso quienes insinuaron que el atentado era responsabilidad de algunos sectores de la Fuerza Pública que buscaban desviar la atención de las denuncias sobre la infiltración paramilitar en la política o querían sabotear el acercamiento con las Farc. Para abonar la cizaña, se sugirió que éste era otro de los supuestos "falsos atentados". Y se sazonó la tramoya diciendo que la prueba era que el bombazo no había dejado muertos. Que el gobierno haya destapado parte de su información sobre la certeza de la autoría de las Farc y que la Fiscalía corrobore la misma no ha sido suficiente para frenar la especie. Está claro que en adelante, para algunos, la demostración de que los atentados no son de militares o policías es que haya quien pierda la vida. Ante semejante mala leche, no cabe decir nada. Apenas indignarse.

El tercer escalón de críticas es también poco consistente y busca mostrar a Uribe como un pendenciero irredento y enemigo acérrimo de la paz. Los hechos muestran lo contrario: hace cuatro años el documento que delineó la política de seguridad democrática definió explícitamente la victoria como lograr que la guerrilla se siente en serio a buscar la salida negociada del conflicto; con muchas dificultades y problemas el gobierno ha logrado la desmovilización de 40.000 paras y guerrilleros, por fin hay alguna luz de esperanza en el diálogo con el ELN, y el mismo Presidente, apenas unas semanas antes del bombazo, hizo a las Farc un conjunto generoso en exceso de ofertas de paz.

La última crítica, en cambio, es seria y se refiere a los riesgos de las operaciones militares de rescate. Después de la orden ya probada del Secretariado de disparar a muerte a los rehenes en caso de que se intente su liberación, no cabe duda de que estas operaciones entrañan un peligro fatal. Su anuncio, además, era innecesario, alerta a los captores y contribuye a elevar la probabilidad de fracaso.

En semejante contexto de críticas, el resultado de tanta madera debió haber sido que la ciudadanía terminara convencida de los desafueros presidenciales y se alineara con los ofuscados analistas. Pero no. Las encuestas muestran que dos de cada tres están de acuerdo con el discurso del Presidente. Otra prueba del divorcio entre la opinión publicada y la del colombiano de a pie.
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