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Opinión

  • | 2003/09/07 00:00

    Los poetas pobres

    Estos escritores que viven en la indigencia no merecen una limosna, sino una recompensa por su éxito en combinar sabiamente las palabras

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Decir poeta pobre, casi siempre, es una redundancia, como decir un círculo redondo o un témpano de hielo muy helado. No es que esto sea obvio, ni justo, ni necesario, sino que la poesía no se vende, o cuando alguien la compra, la compra muy barata. Claro, la gente después usa los versos para las cosas prácticas de la vida, o para situaciones fundamentales, como sacarle el cuerpo a una tristeza, o como método para adornar un discurso, o para conseguirse el cuerpo de una esposa o de una amante, pero ni esos tristes consolados, ni estos políticos elegidos, ni esos amantes felices le pagan dividendos al poeta. Si mucho le dan las gracias mentalmente, de dientes para adentro, o le ponen una corona de laurel imaginaria, y pare de contar.

Hay otros avivatos que viven de la poesía, como los profesores de métrica y retórica, o los académicos monotemáticos que dedican toda una vida sosegada (limpia, autocomplaciente, burguesa) a estudiar y a bendecir los versos de los poetas malditos que vivieron en la angustia y murieron en la miseria, pero esos especialistas ni siquiera se avergüenzan de su vida muelle, ni de su bienestar arrancado con vampirescos colmillos chupadores que se nutren de las palabras que a otro le costaron sangre.

Las universidades, mal que bien, pagan a sus profesores. Pero cuando invitan a un poeta a dar una conferencia, la honrada no es la universidad sino el poeta, que se debe sentir muy agradecido y por eso mismo no le pagan ni un céntimo, o si mucho le dan la menuda para el taxi y no le cobran la botellita de agua que le ponen al lado del micrófono para aclarar la garganta durante el recital o la charla. Y si el poeta llega a reclamar algún pago, se indignan, y dicen que qué raza de poetas serán esos que pretenden vender un trabajo espiritual (esa especie de misa laica que son las palabras) con el sucio papel moneda de los vulgares bancos. Los declaran poetas filisteos, metalizados, burgueses. Al fin y al cabo todos los poetas deben corresponder a una imagen harapienta, pálida, bohemia y desesperada.

¿Para dónde voy con todo esto? Quiero pedirle, reclamarle al Estado (quiero decir, a este gobierno en concreto y a su ministra de Cultura), que les den una pensión vitalicia a los poetas pobres, y viejos, y jodidos, y sobre todo a los grandes, pues en Colombia hay varios que reúnen esas características. Cuando digo poetas me refiero también a los novelistas, o a los autores de obras de teatro, y en general al gremio de los artistas (pintores, músicos, escultores). Podría completar este párrafo con varios nombres, pero obviamente no voy a cometer el acto indecoroso de humillar en público a tantos que sobrellevan con dignidad y entereza su miseria. Los poetas no son mendigos de esos que señalan el sombrero con el muñón gangrenado o que chantajean las fibras de la compasión mostrando la llaga abierta. Pasan silenciosos, con su bastón cojo y su vestido raído, quizás envueltos en el tufo alcohólico de su desesperación, pero no alargan una mano abierta para pedir limosna. Esa sería la peor ofensa.

Y es que estos escritores que han escrito una gran obra y ahora viven en la casi indigencia, no se merecen una limosna, ni una ayuda, sino una recompensa, un pago legítimo y necesario por su vida dura y dedicada, y también exitosa en un sentido oculto que no todos ven: han tenido éxito en el dificilísimo arte de saber combinar con belleza y sabiduría las palabras (las notas, los colores). Que eso no se pague casi nunca, es otra cosa, y que muchas veces los poetas no hayan servido como notarios ni como abogados ni como empleados de banco o como sumisos cargamaletines de políticos, también es otra cosa. Dedicaron su vida a una de las actividades humanas más altas, más difíciles y peor recompensadas.

No digo a quiénes, repito, pero este gobierno (para el próximo ya podría ser demasiado tarde) y el Estado, tienen el deber de darles, quizás en sordina, prudentemente, o con algún reconocimiento público si se quiere, una pensión a sus poetas vivos, y grandes, y a veces tan miserables que ni siquiera saben cómo harán el mercado la próxima semana. No esperemos a los homenajes póstumos, ni a las medallas y condecoraciones cuando ya están al borde de la tumba y ni siquiera oyen los aplausos. Los poetas no lo dicen, porque son elegantes y prudentes, pero seguramente estarán de acuerdo con lo que contestó una vez Fernando González, al final de su vida, y cuando supo que el municipio de Envigado le quería levantar un busto de bronce: "¡A mí la gloria que me la den en plata!". Que venga la gloria, y las estatuas (buen sanitario para las palomas), pero mientras tanto que les pongan una mesada para no pasar hambre.
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