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Opinión

  • | 2002/02/26 00:00

    Los tres remedios

    La rabia que, con razón, sentimos está por embarcarnos en atajos que, vistos fríamente, no arreglan los problemas

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Las tres cosas mas detestadas por los colombianos son la guerrilla, la clase política y la oligarquía sindical. Pues ahora surgió un líder vigoroso que tiene el remedio para los tres males: autoridad contra la guerrilla, cierre del Congreso contra los políticos y ONG contra la burocracia.

Disraeli escribió que nada puede tanto en política como la ira, y es ira la que uno palpa entre los ciudadanos —incluyendo a muchos de mis amables lectores—. Yo comparto esa ira, pero tengo bien claro que un columnista jamás debe ceder a la pasión: su oficio es la razón. Por eso, si usted tiene unos minutos, ¿por qué no miramos, sosegadamente, la utilidad de aquellos tres remedios?

Remedio 1: “Más autoridad”. Nuestro mayor problema es, de lejos, la falta de autoridad: masacres, secuestros, saqueos y todo tipo de delitos en la más pavorosa impunidad. Tampoco hay duda de que el crimen baja cuando hay castigo o, más exactamente, cuando aumenta la probabilidad efectiva de que los criminales sean castigados. Más Ejército, más policías y más jueces son pues parte esencial de la salida.

Pero ahora miremos el otro lado. Desde Gaviria hasta ahora se ha multiplicado por tres el gasto militar y por dos el gasto en jueces, sin que —vea usted— hayan disminuido la violencia o el crimen. ¿No será entonces que falta otro ingrediente, o sea que milicia y justicia son necesarias pero no suficientes para tener tranquilidad?

Napoleón, que no era un maniflojo, captó el punto con toda lucidez: “El Estado más fuerte es el que no necesita la fuerza para mantenerse”. Primero es necesario que la gran mayoría de la gente se sienta parte del sistema y sólo a partir de aquí sirve la fuerza contra el crimen residual. O sea que no tendremos “autoridad” mientras el “orden” esté basado en excluir las mayorías.

Al lector impaciente con tales sutilezas, le propongo preguntas más pedestres. Aceptando que la cosa es a las malas ¿de dónde saldrá la plata, si el líder en cuestión también promete no elevar los impuestos? ¿De dónde los soldados, si cambiará el servicio militar por un “servicio social”? ¿Cómo traerá tropas extranjeras, si ningún extranjero va a mandar tropas? O —además de expresar tan bien la ira que sentimos— ¿qué cosas nuevas y precisas piensa hacer para que aumente la eficacia operativa del Ejército?

Remedio 2: Revocatoria del Congreso. De acuerdo: nuestro Congreso parece una asociación para delinquir y por eso es urgente reformarlo.

Pero miremos un poquito más, la idea es elegir congresistas en marzo y cambiarlos por otros hacia agosto. ¿Por quiénes? ¿Por los mismos para que hagan las mismas, como pasó en el 91? ¿Por el grupo de sabios inmaculados que propondrá el entonces Presidente? Si esos prohombres existen ¿por qué no los propone ya y nos ahorra la demora y el lío?

Si esos prohombres no existen —y no existen— se trata apenas de un Congreso de bolsillo, igual al de Fujimori o al de Chávez —y con los resultados de Fujimori o Chávez—. Vea usted: eso de que un superhombre acabará con los corruptos es la vía probada y comprobada hacia las dictaduras más corruptas.

Hay otro par de razones más sutiles. Una la resumió Churchill hace días: “La democracia es el peor de los sistemas... con excepción de todos los otros sistemas”. Otra la explayaré en mi próxima columna: el referendo tiene que ser aprobado por el Congreso y la revocatoria es imposible.

Remedio 3: ONG en vez de burocracia. También yo vivo peleando con Fecode y la USO; también aplaudo a las ONG, por ejemplo en Armenia. Pero cualquiera que analice el remedio verá que tiene dos limitaciones. Una de escala: la ONG pierde todas sus ventajas cuando pasa a ser gigante —como tendrían que serlo en nuestro caso—. Otra de fondo: la solución genuina no es montar burocracias paralelas sino arreglar la burocracia pública.

Claro que es más rápido y fácil usar las ONG. Es más fácil cerrar el Congreso que elegir uno bueno. Y es más fácil pedir “mano dura” que tener una sociedad incluyente. Vea usted: la rabia que, con razón, sentimos, está por embarcarnos en atajos que, vistos fríamente, no arreglan los problemas.

No me hago la ilusión de persuadir a muchos: la rabia es demasiada. Pero repito, —y esta vez, completa— la frase de Disraeli: “Nada puede tanto en política como la ira y nada la daña tanto como la ira”.
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