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Opinión

  • | 1997/06/02 00:00

    MALAS MEMORIAS

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Las memorias de la actriz Mia Farrow, cuya versión en castellano acaba de llegar a Colombia, me alborotaron la pasión por este género literario, tan de moda en los últimos tiempos en Colombia pero tan lejos aquí de lo que uno espera de un libro de esa naturaleza. En el caso de la Farrow, la mezcla de buena prosa, retrato de una época, farándula y morbo se dan en una proporción deliciosa. El libro tiene el gancho para sus promotores de ser la venganza de su autora contra el pesado del Woody Allen, y lo logra a plenitud.Allen resulta ser en la realidad el mismo intelectual snob que autorretrata en sus películas, con el agravante de que su desgarbo informal no es el resultado del desgano natural sino de un cálculo preciso elaborado a cuatro manos entre él, su asesor personal de vestuario, su jefe de relaciones públicas y su sicoanalista. Demuestra Mia Farrow que el neoyorquino culto que tuvo como esposo durante más de una década resultó ser un pervertido que abusó de su hija de cinco años y corrompió a la de 15, con quien no tuvo más remedio que fingir luego un romance para contrarrestar las acusaciones públicas por depravación. Traigo a cuento estas memorias porque ponen de presente que lo que en Colombia se conoce como memorias, en especial en el campo político, casi nunca pasan de ser recorridos fríos y formales sobre episodios conocidos por todos. No significa que uno espere que nuestros viejos dirigentes escriban en el tono de Mia Farrow hacia Woody Allen; eso sería pedir demasiado. Pero sería muy bueno que cuando los políticos decidan sentarse a escribir sobre su pasado lo hicieran como si fueran seres humanos hablando acerca de sí mismos, y no como si todo hubiera que escribirlo en tono de autobiografía de Henao y Arrubla. En muchos países del mundo el tono vivencial de los recuentos de los políticos genera discusiones concretas sobre la interpretación de determinados hechos y sobre la visión práctica acerca de ciertos personajes de la historia reciente. En Colombia, la aureola de estadistas infalibles que se dan los pocos personajes que escriben sobre sí mismos los condenan a figurar en la historia como protagonistas míticos o como maquinadores de mala fe, según se refieran a ellos los adeptos o los contradictores. Hay que aprender de otras latitudes que las memorias no sirven para fabricarse un pedestal sino para ayudar a escribir la historia. Tal vez el tono más acertado de cuantas han aparecido lo tienen las memorias de Alberto Lleras. Aunque sorprende la suavidad de los comentarios de Lleras sobre personas que _se sabe_ no logró tragarse en su vida política, el lenguaje humano de su escrito acerca al lector a una visión mucho más realista de la historia de lo que estamos acostumbrados.El problema de Lleras, y de todos los ex presidentes colombianos, es que se sienten tan duraderos que empiezan a escribir sus memorias ya viejos, y muchas veces los sorprende la muerte cuando apenas van en el recuento de su juventud temprana. Quién sabe si eso pase por vanidad o por el temor a meterse con el balance de la vida, que puede ser una manera irresponsable de coquetear con la parca y su guadaña. Tal vez la solución sea que nuestros grandes personajes escriban sus memorias de adelante para atrás, empezando por lo último que hicieron (que luego es lo primero que se les olvida) y terminen cuando se pusieron por primera vez pantalón largo, y no al revés.Y que le metan picante a la cosa. No la pimienta inventada para atrapar lectores, sino la que con seguridad tuvo su carrera política. ¿Qué tal, en un futuro, Samper y Gaviria escribiendo lo que en realidad piensan el uno del otro y lo que representó cada uno para el gobierno del otro? Una joya indispensable para analizar la historia tal como fue. No como la estamos pintando ahora, a medias, sin franqueza y acalorados, a través de la prensa.
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