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Opinión

  • | 2018/03/21 08:40

    Las incoherencias políticas de Mario Vargas Llosa

    Decir que Vargas Llosa es en realidad un defensor de los derechos humanos, como lo pregona el novelista español Javier Cercas en un artículo para 'El País', y lo reitera su colega colombiano Juan Gabriel Vásquez en el mismo diario, resulta contradictorio, ya los derechos humanos no deberían tener color político.

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El hombre es, sin duda, una celebridad literaria que cuando joven tenía pinta de modelo y hoy lo conocen mucho más en el mundo gracias a su relación con la exesposa de Julio Iglesias, María Isabel Preysler, sus apariciones en las portadas de revista como Hola o Jet Set, sus posiciones ultraconservadoras sobre la política latinoamericana, su defensa acérrima de la oligarquía de la región y su odio visceral por la izquierda del mundo. Me refiero a uno de los escritores que más admiro y cuya novela La ciudad y los perros fue para mí como una revelación cuando empecé el bachillerato en el Colegio La Salle de Cartagena. Aún recuerdo la carátula de ese libro como recuerdo también con claridad su argumento: dos perros, uno blanco y otro negro, trenzados en una pelea. En el borde de la parte inferior podía verse una cintilla azul que decía Novela: Premio Biblioteca Breve 1962.

No fui el único que se dejó atrapar por aquel relato que narraba la vida de un grupo de jóvenes en una escuela militar. Una profesora, fan del novelista, hablaba del libro cada vez que podía y lo recomendaba aún sin que nadie se lo pidiera. Vargas Llosa se convirtió en una celebridad cuya imagen en el mundo de las letras fue agigantándose en la medida en que otros libros suyos como La casa verde, Conversación en la catedral, La tía Julia y el escribidor o Pantaleón y las visitadoras fueron recibiendo el beneplácito de la crítica más exigente y una congregación de lectores del mundo que esperaba cada dos años -como se espera hoy la próxima película mil veces anunciada de una estrella de Hollywood- la nueva novela del escritor peruano.

Su último libro que me atrapó de principio a fin fue La fiesta del chivo, un relato exquisito en el que fusiona el periodismo investigativo con la literatura y la historia y le da a la narración esa corriente de oxígeno que se hizo evidente en los relatos del Nuevo Periodismo norteamericano, y que hicieron populares estrellas literarias como Truman Capote y Norman Mailer. Pero en la medida en que sus relatos eran aclamados a lo largo y ancho de América Latina, sus posiciones políticas, por el contrario, lo alejaban de las posiciones de aquellos otros escritores con los que compartía espacios en eventos tan importantes como las ferias de libros o estrictamente académicos como docentes de alguna universidad.

Uno de los hechos más conocidos fue el rompimiento de una larga amistad con su colega Gabriel García Márquez, sobre el que se ha escrito un montón de anécdotas que hablan de líos de faldas, pasando por los consabidos chismes hasta llegar a esas enormes diferencias políticas alrededor de la Revolución cubana y su líder Fidel Castro. Esas diferencias terminaron, como nunca se esperó, en un juego de manos: el ojo morado de García Márquez, eternizado por el lente del fotógrafo mexicano, nacido en Medellín, Rodrigo Moya Moreno. Esas diferencias políticas no solo se profundizaron con García Márquez, sino también con Julio Cortázar y, en menor medida, con Carlos Fuentes, el cuarteto que, sin proponérselo, se constituyó en el pilar fundamental de ese movimiento literario que el mundo conoció como el ‘Boom’.

Fue precisamente el líder cubano quien puso en duda en una oportunidad la afinidad ideológica de Vargas Llosa con el socialismo. El novelista peruano se alejó entonces del gobierno de La Habana, fracturó mucho más sus diferencias con sus colegas y, desde ahí, se convirtió en un detractor de la Revolución cubana, denunciando cada vez que podía en foros internacionales los abusos del régimen castrista contra los intelectuales de la isla y la violación de los derechos humanos de sus ciudadanos.

Esa conversión del escritor peruano de chico rebelde, matizado con una posición evidentemente de izquierda en la década del sesenta, a una neoliberal en los años siguientes, no termina de convencer a muchos de sus detractores políticos. Las razones son explicables desde la orilla de la sociología, pues no está de más recordar que las ideologías se parecen a una pesada roca de varias toneladas que para removerla se necesita de una gran máquina, o de varios cartuchos de dinamita. Vargas Llosa no ha sido malentendido, como aseguró el escritor Juan Gabriel Vásquez en uno de sus artículos de El País de España, porque en el sentido ideológico ha sido coherente con su formación como individuo, perteneciente a una elite de poder de la cual no escapa su producción literaria.

No puede haber un lenguaje liberal si el pensamiento de la sociedad que lo produce no lo es, escribió Barthes. Y esa sentencia es aplicable igualmente al comportamiento de los individuos que conforman un grupo social. Vargas Llosa jamás podrá escribir un relato sobre lo que experimenta un individuo que se levanta un día de su cama con hambre y es profundamente consciente de no tener las condiciones que le permiten saciarla, como lo escribió García Márquez en El coronel no tiene quién le escriba, ya que "toda obra literaria es una homologación de la estructura mental del grupo”, explica Lukács. Y agrega: “El carácter social de la obra reside, ante todo, en que un individuo sería incapaz de establecer por sí mismo una estructura mental coherente que se correspondiese con lo que se denomina una visión del mundo”.

De manera que lo que deja en evidencia un escritor al crear su obra es todo ese mundo de experiencias acumuladas a lo largo de su vida: el habitus, en palabras de  Bourdieu, el cual hunde sus raíces en la estructura social del grupo y deja al descubierto los elementos axiológicos que les permite definirse.

Hay que recordar que el pensamiento de izquierda fue en los sesenta una explosión de adrenalina política a lo largo y ancho de América Latina como consecuencia del triunfo de la Revolución cubana y todo lo que representó para la política de la región. Muchos artistas de entonces, por moda o no, se vieron inmersos de pronto en la corriente socialista. El compromiso del escritor con las causas sociales se vio reflejado en un puñado de excelentes novelas, entre las que podrían destacarse Yo, el supremo, de Roa Bastos, El otoño del patriarca, de García Márquez, o Terra Nostra, de Fuentes, que denunciaban por un lado las poderosas y férreas dictaduras, instauradas por las agencias de seguridad de los distintos gobiernos del país del norte, y ese nuevo colonialismo que explotaba, con la ayuda de las dictaduras de derecha, los recursos naturales de Latinoamérica.

Visto desde esta perspectiva, el asunto radica en que los sistemas axiológicos son como costras de barro hegemónico que no se pueden lavar con agua y jabón, pues “el mono, aunque se vista de moda, mono se queda”, reza el adagio. De manera que decir que Vargas Llosa es en realidad un defensor de los derechos humanos, como lo pregona el novelista español Javier Cercas en un artículo para El País, y lo reitera su colega colombiano Juan Gabriel Vásquez en el mismo diario, resulta contradictorio, ya que los derechos humanos no deberían tener color político.

Las denuncias de las atrocidades de los gobiernos no pueden ser selectivas por asuntos, precisamente, de afinidades ideológicas. Vargas Llosa no es un adalid de la democracia, como tampoco lo fue ese otro monstruo de las letras universales llamado Jorge Luis Borges. Solo bastaría con leer los artículos escritos por el peruano para referirse a la gestión de mandatarios como Evo Morales, Rafael Correa, Hugo Chávez o Fidel Castro, entre otros, a los cuales no baja de basura inmoral, término sumamente condescendiente para referirse a “unos dictadores” de izquierda. Pero muy tibio, demasiado diría, para denunciar las masacres de los regímenes de derecha.

Recuérdese que en una entrevista para la televisión comparó en su momento a Ollanta Humala con una enfermedad devastadora como el sida, y a Keiko Fujimori con el cáncer, pero nunca se ha expresado de igual manera contra George W. Bush o Álvaro Uribe, dos mandatarios de la ultraderecha señalados por Human Rights Watch de violar, como ninguno de los otros en la historia reciente, los derechos humanos.

No hay duda de que Vargas Llosa es uno de los escritores y portavoces de habla hispana más connotados del neoliberalismo, y quien, en una oportunidad, le declaró a Juan Manuel Santos su apoyo en el proceso de paz con las Farc. Sin embargo, hoy, como todo un contradictor, fiel a su costra hegemónica, pide desde España votar por aquellos que juraron hacerlo trizas si alcanzaban la Casa de Nariño. ¿Incoherencias? Juzguen ustedes.

***

Posdata: Favor consultar en la web de El País de España los artículos La izquierda de Vargas Llosa, de Javier Cercas, y El malentendido Vargas Llosa, de Juan Gabriel Vásquez.

 

Twitter: @joaquinroblesza

E-mail: robleszabala@gmail.com

*Magíster en comunicación.   

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