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Opinión

  • | 1994/01/10 00:00

    Memoria de político

    El único que tiene derecho a sentirse traicionado por el libro de Mauricio Vargas es Ernesto Samper

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ES CURIOSO QUE ENTRE LAS CATARATAS de comentarios que ha provocado el libro de Mauricio Vargas, "Memorias secretas del revolcón", muy pocos se hayan preocupado en decir si el libro es bueno o es malo. Salvo el artículo de María Isabel Rueda la semana pasada y tal vez alguno otro por ahí, el grueso de la crítica se ha limitado a decirle a Vargas que no tenía derecho a escribirlo.
Para empezar, entonces, por el comienzo, hay que de- cir que es un muy buen libro. Se trata de un recuento de los episodios mas sobresalientes que han vivido César Gaviria y su Gobierno desde el momento en que asesinaron a Luis Carlos Galán. Desfilan el entierro de Galán y la proclama- ción de la candidatura de Gaviria, la campaña en medio de las bombas del narcoterrorismo, la victoria electoral, la Constituyente, el secuestro de los periodistas por Pablo Es- cobar, la entrega del capo, su fuga, el apagón, la huelga de Telecom, la caída del propio Mauricio Vargas como minis- tro, la apertura... El solo recuento de los episodios lo estre- mece a uno porque recuerda la intensidad telúrica de los úl- timos cuatro años en Colombia, además de la sacudida adicional que Gaviria le ha pegado al país. Pero estamos hablando de un libro, no de un gobierno.
Vargas logró escribir un libro delicioso de leer. A pesar de tratarse de sucesos más que conocidos, las crónicas están llenas de detalles novedosos, de análisis serios y de juicios siempre agudos sobre los distintos personajes con los que le tocó convivir en el gobierno. Juicios estos unas veces justos, otras más o menos justos y algunas otras definitivamente injustos. El libro no se deja soltar hasta la última página y es claramente la obra de un muy buen periodista. "Memorias secretas del revolcón", es una novedosa y excelente forma de escribir unas crónicas que reflejan intimidades de ese mundo del poder, misterioso para la gran mayoría y apasionante para muchos otros, entre ellos -por supuesto- para Mauricio Vargas.
Lo anterior (el poder) es en este caso lo más importan- te. Porque en contra de lo que se dice, este libro no es la obra de un periodista especializado en política sino la de un polí- tico con habilidad para escribir, y es eso lo que explica la pol- vareda que levantó su publicación. Mauricio Vargas ha sido toda la vida periodista, pero cuando a alguien le ocurre co- mo le ocurrió a él, que lo llama un presidente para participar en el gobierno -y a niveles tan altos como los de consejero y ministro- la condición de periodista desaparece y surge la única posible en esas circunstancias: la del político. Por eso la publicación de sus recuerdos no podía ser la recopilación objetiva de los distintos angulos de un tema, como haría un periodista, sino su particular visión de los mismos. Es decir, un acto político, y gracias a su profesión y a sus habilidades, un acto político materializado en libro. Y libro bien escrito, en este caso.
Se entiende que haya gente que se crispe ante la idea de que alguien rompa la tradición y cuente secretos políti- cos palaciegos: pero toda esa discusión gremial sobre si el periodista tiene o no derecho a contar intimidades del po- der tiene algo de bizantina y bastante de farisaica. Prime- ro, porque no se trata dc un acto periodístico y en ese senti- do está siendo juzgado por el comité de ética gremial equi- vocado; y segundo porque en desarrollo de ese debate han surgido posturas -esas sí- verdaderamente aberrantes. Co- mo una que me tocó escuchar por casualidad en la radio, en la que un grupo de colegas calificaba de inmoral al autor del libro por haber contado secretos del poder, cuando era claro que lo estaban descalificando únicamente porque Vargas trabaja en una empresa que no hace parte de los afectos de quien les paga a ellos sus quincenas. Ese sí es un tema ético que valdría la pena analizar a fondo algún día.
Mucha gente ha dicho que el libro de Mauricio Vargas es un acto de traición con el Presidente. No lo creo. Es cierto que escribir esas memorias después de haber formado parte del grupo más cercano al Presidente sugiere un cambio de actitud frente al antiguo patrón. Pero si hay algo que se le pueda censurar al novel escritor (ojo, corrector: el novel de Vargas es con "v" pequeña) es el poner a Gaviria en dificultades políticas al decidir, por estrategia de mercado, lanzar el libro en plena campaña electoral.
El único que tiene derecho a sentirse traicionado es Ernesto Samper, pues para las épocas que narra el libro él estaba seguro de que Vargas era samperista. Y tal vez lo era. Solo así se explica la reunión que se relata en el libro, en la que el autor trata de ablandarlo para que acepte el Ministerio de Desarrollo. Lo que ocurrió después fue que Vargas dejó de ser samperista, en una de las actitudes más frecuentes de la actividad política en el mundo. Lo que ocurre es que su desafecto político por el hoy candidato liberal se ve reflejado en su libro, y eso constituye un golpe relativamen- te importante en plena campaña electoral.
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