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Opinión

  • | 2019/06/17 17:00

    Arte Mayor

    Ese lugar, ‘Plaza Mayor’ desde que se fundó la ciudad y ‘de Bolívar’ desde 1846, fue la picota pública, el mercado de víveres y el escenario de todas las revueltas hasta que se fue configurando como la nuez del poder estatal, el ombligo de los poderes colombianos, la justicia, la política y la Iglesia.

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Hace 30 años ocurrió la masacre de la plaza de Tiananmen. Nunca supimos cuántos muertos dejó la arremetida militar china contra los estudiantes que protestaban contra el régimen, pero el muchacho frenteando a una tanqueta militar se convirtió en un símbolo de rebeldía antisistema. En las plazas se ha reprimido y aplastado infinidad de veces la protesta social, pero también son el punto de confluencia para celebrar victorias, hacer mitines, exigir reformas, criticar al gobierno, gritar los desacuerdos, reclamar garantías. Trafalgar Square, la Plaza de Mayo, el Zócalo, Times Square, la Bastilla.

La nuestra es la Plaza de Bolívar, incrustada en el centro de la capital, flanqueada por el Capitolio, la Alcaldía de Bogotá, el Palacio de Justicia y la Catedral, con una estatua del Libertador que le da su nombre y desde arriba del pedestal de piedra chorrea excrementos de paloma. Toda ciudad y pueblo tiene una plaza, y en Colombia no pocas se llaman también ‘de Bolívar’, pero la de Bogotá es como la condensación de todas, tal vez por eso no es una exageración decir que la Plaza de Bolívar es el corazón de Colombia.

Ese lugar, ‘Plaza Mayor’ desde que se fundó la ciudad y ‘de Bolívar’ desde 1846, fue la picota pública, el mercado de víveres y el escenario de todas las revueltas hasta que se fue configurando como la nuez del poder estatal, el ombligo de los poderes colombianos, la justicia, la política y la Iglesia. Los plantones y las marchas hasta la Plaza de Bolívar son una actividad casi diaria en este país con tanto por reclamar, con tanto por exigir. Los jubilados, los maestros, las mujeres, la comunidad LGBT, los estudiantes, los vendedores ambulantes. Hay marchas pequeñas y enormes, en silencio, con fuego, con música, con discursos y sin ellos, con pancartas y consignas. Pareciera que lo que no se grita en la plaza no se consigue en la historia y que sin plaza no hay democracia.

En las plazas mayores también se llora. Recuerdo haber visto la Plaza de Bolívar repleta de ojos encharcados y rabia contenida, diciéndole adiós a Jaime Garzón en agosto de 1999; y las filas que atravesaban en zigzag la plaza para pasar por la cámara ardiente de Luis Carlos Galán, de Bernardo Jaramillo, de Carlos Pizarro, de Álvaro Gómez Hurtado.

Ahora, por cuenta de la artista Doris Salcedo, la Plaza de Bolívar nos ha convocado al duelo. El 11 de octubre de 2016, cuando el dolor del triunfo del No a la paz nos agobiaba, la plaza se cubrió con un manto blanco hecho con 1900 retazos de tela que llevaban, cada uno, el nombre de una víctima de la guerra, y fueron cosidos uno con otro por cientos de voluntarios a lo largo de una jornada. El 10 de junio pasado, Doris volvió a convocar al duelo, en esta ocasión por los líderes sociales asesinados. 106 líderes sociales del país, hoy bajo amenaza y señalamiento, vinieron hasta Bogotá para escribir sobre el cemento de la Plaza de Bolívar, con pedazos de vidrio, los nombres de 165 de los líderes sociales asesinados en Colombia. “Desafortunadamente en la Plaza de Bolívar no caben mas, porque para escribir los nombres de todos necesitaríamos 29 plazas de Bolívar. Esa es la dimensión de la tragedia que enluta a este país”, dijo Doris Salcedo, de nuevo convocándonos a un duelo colectivo por un día, a ser parte de una obra de arte monumental, sobrecogedora y efímera.  

La obra de Doris Salcedo por el fin de la guerra es como una enorme tríada: ‘Fragmentos’ como se llaman las losas de piso hechas con las armas fundidas de las Farc, martilladas por mujeres víctimas de violencia sexual, que está instalada a  cuadras de la Plaza de Bolívar. Y las dos efímeras en las que el lienzo de Doris ha sido la Plaza: ‘Ausencias’, como se llamó el manto blanco cosido colectivamente, y ‘Quebrantos’, estos nombres escritos con vidrio roto sobre el cemento.

Cada vez que lo hace es como si las personas que han muerto por la guerra colombiana se tomaran de nuevo la plaza, como si gritaran que no quieren haber muerto en vano. “Si no los nombramos los asesinamos dos veces”, dice la artista; “primero por los violentos y después por el olvido”. Invitándonos a honrar a los muertos con sus nombres, Doris Salcedo nos convoca a romper con la dinámica de la indiferencia frente a la muerte violenta, una constante en las muchas décadas de guerra que hemos vivido. Tal vez, al procurarnos honrar a los muertos, algo impida la inercia de reproducción de un conflicto que parece infinito.

Así, además de la rebeldía y la protesta, el corazón de Colombia también late con la memoria. Y eso también es democracia.





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