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Opinión

  • | 2007/09/15 00:00

    Menos pasión

    Lo que más me impresiona de nuestro país es la presencia constante de la muerte como solución. Matar, matar, matar...

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La palabra pasión viene de padecer. Pasión quiere decir sufrimiento y el sufrimiento se supone que se siente en una víscera cargada de metáforas: me partiste el corazón, me duele en el corazón, se me rompió el corazón. Ese mismo adolorido corazón de Jesús, que antes llegó a ser nuestro sangrante emblema, ahora ha sido solo actualizado con un trazo más tenue. Pero es la misma víscera al rojo vivo, que vivimos mostrando apasionadamente. Este es un país que se pasa de intenso, siempre con el corazón en la mano. ¿Será un escándalo pedir menos pasión y más cabeza, más razón que corazón?

Pasión es también una preferencia vehemente. Y lo creo: Colombia es pasión por la muerte. Nuestra inclinación a la muerte, nuestra fascinación por lo macabro, parece una constante cultural, el resultado de un siglo de violencia. Pocas veces como en estos días se ha manifestado con tanta claridad esa horripilante tanatofilia nuestra, esa tozuda creencia colombiana de que las cosas se resuelven matando. Qué deleite de autopsias, de bombardeos, de cuchilladas entre jóvenes de negro, entre hermanos caínes que matan a sus hermanos. 'Ramón Isaza', 789 muertos; 'Don Antonio', 674 muertos; Mancuso, 336; el 'Iguano', 2003, que no es un año, sino también el número de muertos que el país le debe.

Pablo Escobar creía que matando a Galán evitaba caer preso y ser extraditado; decía preferir una tumba en Colombia a una cárcel en Estados Unidos. Compró constituyentes, mató ministros, repartió muerte y dolor a manos llenas, evitó la extradición y cayó muerto en un tejado. Todavía recuerdo el buen titular de El Tiempo: 'Una tumba en Colombia'. Matando al malo, a Pablo Escobar, creíamos haber matado el Mal, y el mal se reprodujo y se multiplicó en 100 Pablitos que se repartieron el negocio del capo. Ahora los están matando a ellos. Vamos a extraditar o a matar a todos los narcos, pues así vamos a acabar con el narcotráfico, esa es la ilusión. Y por cada uno que matemos o enviemos a Estados Unidos hay otros 100 Pablitos, Dondieguitos, Rasguñitos que no ven la hora de entrar en el negocio. La coca ha seguido y seguirá llegando a los mercados del norte. Es como un avispero: matas una y salen 10.

Pueden traer toda la plata del míster para acabar con la droga. Pueden fumigar con aviones. Pueden traer asesores y comprar helicópteros y crear batallones de alta montaña. Mirémonos en el espejo de Afganistán, un país invadido por tropas norteamericanas. Allá los gringos mandan, se meten donde quieren, y desde que están en ese otro país apasionado, la producción de amapola y heroína no ha hecho sino crecer. Pero no se les ocurre cambiar de receta. Lo de siempre: matar talibanes. Y a los talibanes: matar occidentales.

El jueves anterior, con su vehemencia habitual tan llena de pasión, el columnista Londoño Hoyos (el mismo que hace años nos anunció el final de la cocaína en varios territorios colombianos) celebraba así las bajas de la guerrilla: "en un bombardeo, por ser de día, se filmaron decenas de guerrilleros volando en átomos". Qué júbilo, hasta con referencia a nuestro himno de patriotas: los guerrilleros vuelan como "Ricaurte en San Mateo en átomos volando". Y es que este himno nuestro, tan, pero tan colombiano, ese que nos hacen oír todos los días a las 6, también es una celebración del dolor. Dice así: "los que sufren bendicen su pasión". Y así es, nada tan bendecido en Colombia como el dolor.

Lo que más me impresiona de nuestro país es esa presencia constante de la muerte como solución. Alborozo por la muerte del 'Negro Acacio'. Como si no supiéramos que a todos nos reemplazan. Es fácil reemplazar a un cantante, a un actor, a un gerente, al párroco de un pueblo, a un Papa. Pero si es fácil reemplazar a los buenos, a los malos también. Como bien dijo Mauricio Pombo, ¿cuántos Acacios nuevos no habrá, en las selvas del sur, felices de recibirle el puesto y los millones? Matar, matar, matar, es como si en este país estuviéramos convencidos de que el Mal, o el Bien, se terminan matando.

Matan los guerrilleros a los diputados del Valle. Matan los paramilitares a los candidatos que no les obedecen. Matan los matones y a los matones los matan. Matan las Águilas Negras, el nuevo reemplazo de los paramilitares recién jubilados, y los matan a ellos. Mandan matar a los sindicalistas, como si eso acabara con los sindicatos. Y es como si esa fiebre de muerte nos gustara, porque Colombia es pasión. Es horrenda esta inclinación a matar, esta pasión por la muerte.

Creo que todos estos entusiastas de la pasión y muerte son, en el fondo, optimistas. Creen que matando al antagonista llegan a la solución final. En realidad no hay ninguna solución al desacuerdo entre los hombres. La única solución es convivir con el desacuerdo, y subrayo la parte "vivir" de la palabra convivir. No hay nada más humano que el desacuerdo, y la discordia no termina cuando matamos al que discuerda.
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