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Opinión

  • | 2000/05/22 00:00

    Milagros, cuadras y cuadrados

    El sociólogo y crítico teatral <b>Gilberto Bello</b>, escribe en exclusiva para SEMANA.COM sobre el Festival de Teatro.

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Después de varios días de festival los diferentes escenarios albergan a cientos de espectadores que van detrás de la danza, el teatro clásico, las escenas de humor y los payasos callejeros. Un puñado de habitantes de la ciudad olvida el miedo en casa y vuelve a la calle para vivir la ceremonia poco frecuente del arte.

Los espectáculos, tan dispares como sorprendentes, han sido motivo de conversación, opiniones encontradas, aplausos extendidos, caras de admiración y deleite. Los medios de comunicación dedican poco espacio al acontecimiento. En sus páginas, algunos comentarios, la programación y punto. Se extraña la crítica profunda. El evento excede la miopía de los medios masivos. Se salvan quizá los materiales escritos, en televisión poco y en radio casi nada. Una vez más la cultura no es noticia suficiente para hablar de realidades importantes. La actualidad de los medios se agota en sus medianías políticas, económicas y de farándula copiadas de claves publicitarias.

No se registran tampoco las voces que consideran el festival como un acto de importancia pero también de exclusión. Tal situación tiene artículos en páginas de periódicos de estudiantes o en opiniones que vuelan por las salas. Aunque la crítica es pertinente, vale la pena aclarar que el esfuerzo no alcanza para todos. Instituciones del Estado y otras privadas saldan cuentas culturales de diversas maneras. Donan dinero, abren salas, colaboran con algún apoyo, y dejan que el colectivo del festival asuma las responsabilidades. Valdría la pena mayor colaboración y regresar a las aulas de enseñanza a cientos de expertos en gestión cultural. La cantinela de un festival para toda la ciudad es discutible, pero con esfuerzos compartidos se podría afirmar que es de toda la ciudad, llega a todos los rincones y los habitantes lo sienten como propio.



La cuadra en la esquina nebulosa

Los espectadores de teatro en Bogotá sienten que buena educación es aplaudirlo todo, incluso lo que les gusta poco. Además cualquier expresión extranjera los subyuga de tal forma que desatan su entusiasmo como un homenaje al visitante. Muy bien para los actores, poco bueno para aquella relación del valor del aplauso. Así pasó con Carmen: opera andaluza de cornetas y tambores. Salvemos de entrada la música de las cornetas y los tambores. Ello representa el sabor de la pieza, se muerde el alma española y se registra una emoción cercana a la fiesta de sangre y al dolor de los personajes.

En el plano de los actores-bailarines poco que decir. Dignos y entrenados, pero manifiestos evidentes de poca emocionalidad. Como espectáculo, la construcción apunta al destello que especula e impacta. Es una pieza de escasa densidad y Carmen una densidad que necesita fuerza, pasión total y comunicación enceguecedora. Como en la fiesta de los toros, las cuadrillas de Távora estaban en mala racha. El toro del teatro hizo sonar los tres avisos y se fue, por la calle real, vivo a los corrales.



Geometrías

Por Robert Lapage hay que sentir admiración. Es un creador de extensiones teatrales reconocidas y sus tonos de explorador; desde el desierto de viejas vanguardias al oasis de nuevas búsquedas, lo han llevado a dejar los gastados pasos y a convertir sus huellas en profundas significaciones.

Al festival trajo La geometría de los milagros, obra de teatro que parece una película o, mejor, película llevada a la escena. No hay duda que lo visto, para lectores enamorados de la forma, produce admiración. Pero, en lo teatral, a cualquier experimentador le salta, de un momento a otro, la réplica de su propia costumbre. El vanguardismo también traiciona cuando asume la rigidez de la norma. Esta vez Lapage transita por oscuros desiertos y sus actores, en la pasividad de sus expresiones, no logran avanzar por las espirales de la creatividad. En años anteriores Lapage superó las cotas orgánicas de un teatro cuya edificación se convertía en cenizas al paso de la máquina de terremotos creada por Lapage.

No siempre la arquitectura es el museo maravilloso del arte.



Alma guerrera

Cuando los espectadores terminaron de ver El sitial del honor; se miraron desconcertados. Los que siempre preguntan sobre las opiniones generales salieron con vuelo raudo, otros abandonaron la sala sin hablar y algunos decían: ¿ Me volví bruto, no entendí nada?

Y es que todos quieren entender. Pero Fabre —el director— juega a otra cosa. El monólogo de danza respira, transpira y gusta de la realidad corporal como único vehículo del entendimiento. En esa esfera del sentido, el sentido racional pierde la brújula y viaja por las vías de la confusión: ¿La confusión no es teatral? ¿La ruptura de complacer al espectador no es teatro? Fabre parece decir, para complacencias, busque otra pieza.

Así que apunta al encuentro con el cuerpo real que es el imperativo de la danza y lo trastoca para efectuar la operación de desmaquillarlo y borrar las huellas de una precisión hostigante. Si el lenguaje tiene esa intención, la actriz no tiene más remedio que hacer de su movimiento un acto de comunicación-incomunicación y analogías materiales, artificios y búsquedas que no siempre tienen representación en la mente del cómodo espectador que espera, con total independencia y compromiso de lo que ve, un espectáculo que reverencie su pasividad.



Segunda parte



Recomendaciones de la semana

Como una receta de cocina, que algunas veces tiene utilidad si se tienen necesidades, veamos las piezas de la última semana del festival.

En lo que corresponde a conferencias, coloquios y encuentros abiertos el programa es intenso y enriquecedor. La Casa del Teatro, la Biblioteca Nacional, la Biblioteca Luis Angel Arango, la Sala Mallarino, el Museo Nacional, la Escuela Nacional de Arte Dramático (Enad), la Academia Superior de Artes de Bogotá (Asab), reciben a todos los interesados en profundizar su conocimiento en las diversas artes escénicas. Qué buena sería una mayor difusión de todos estos eventos e introducir en próximos festivales un encuentro permanente de espectadores y de creadores, con visos de masividad y por todos los costados de la ciudad.

La decisión de ver un espectáculo depende mucho del gusto y del conocimiento, del interés y del dinero que tenga el espectador. Un festival de este tipo tiene piezas para todos. En la calle, para los admiradores del teatro a quienes la economía, tan volátil y esquiva por estos días, huyó de sus bolsillos y represó las ganas y el intento de maravillarse con los maestros del gesto y de la máscara.
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