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Opinión

  • | 2005/07/30 00:00

    Mucho parque

    "A sólo tres cuadras de la Plaza de Bolívar y del Palacio de Nariño los bogotanos comprobarán esta semana que los milagros urbanísticos sí existen", escribe José Fernando Hoyos, editor de Bogotá de SEMANA, sobre la inauguración del Parque Tercer Milenio.

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A sólo tres cuadras de la Plaza de Bolívar y del Palacio de Nariño los bogotanos comprobarán esta semana que los milagros urbanísticos sí existen. El jueves será entregada a la ciudadanía la totalidad del Parque Tercer Milenio, fruto de una de las intervenciones arquitectónicas más grandes de la historia de la capital. Allí desaparecieron, para dar paso a un parque de unas 20 hectáreas de superficie, 22 manzanas de casas, almacenes y bodegas que conformaban la zona más deteriorada del centro de la ciudad, el barrio Santa Inés más conocido como El Cartucho.

Como advierte el director del Archivo Distrital, Germán Mejía Pavony, este sector fue un lugar de huertas y sembrados hasta bien entrado el siglo XIX. Después, cuando la ciudad comenzó a crecer, los pastizales empezaron a convertirse en mercado, carnicerías, bodegas y algunos locales comerciales. Marcaba el límite de la ciudad, pues el río San Francisco corría paralelo a lo que hoy es la carrera décima. Este era, sin duda, el puerto de entrada y salida de personas y mercancías de Bogotá.

A comienzos del siglo XX hicieron su aparición algunas manzanas residenciales. Fueron construidas casas de estilo republicano, colegios, edificios públicos y, hacia San Victorino, almacenes, bodegas, bares y hoteles.

Paradójicamente el progreso marcó el comienzo del deterioro del barrio Santa Inés. En los años 40, cuando la ciudad decidió crear un corredor vial rápido de norte a sur, con la construcción de la Avenida Caracas, ésta lo separó de la Estación de La Sabana y la Plaza España.

Después, en la década siguiente, con las obras de la carrera décima, no sólo fueron demolidas la iglesia de Santa Inés, el convento y la plaza de mercado de La Concepción, entre otras edificaciones insignes de la zona, sino que creó una barrera con el casco antiguo de Bogotá, con el que siempre estuvo unido.

Finalmente en los años 60 las casetas de vendedores ambulantes invadieron la Plaza de San Victorino y fue construida la avenida sexta. Ambos hechos separaron definitivamente a Santa Inés del grueso de los bogotanos, y acabaron de crear un paraíso para la informalidad y la ilegalidad.

En el barrio Santa Inés vivieron familias prestantes, pero como zona de servicios empezó a atender nuevas necesidades de la ciudad: con el tiempo aparecieron el contrabando de licores y mercancías, y gracias a que era una zona de imprentas apareció el reciclaje de botellas y papel, así como una terminal de buses municipales e intermunicipales. El deterioro de la calidad de vida hizo que los habitantes de las casas señoriales buscaran otros barrios, y el precio de los inmuebles se desplomó. Después, con el nacimiento y auge de las drogas, el lugar, convertido en un montón de ruinas, se convirtió en refugio de proveedores de alucinógenos, y con la multiplicación de los habitantes de la calle, el mayor sitio de reciclaje de la ciudad.

Últimamente en El Cartucho se dormía por 1.000 pesos, se almorzaba con 500 pesos y se subsidiaba a todos los bogotanos gracias al reciclaje. No sólo fue un lugar de habitantes de la calle. Cientos de personas y de familias humildes vivían allí.

Y también era, como lo dijo una vez un drogadicto recuperado, la quinta paila del infierno: miles de hombres, mujeres y niños vivían, bajo el imperio de las drogas, cambiando cartón, latas y botellas por drogas. Allí la vida no valía nada y se podía conseguir cualquier cosa: armas, documentos falsos, contrabando, sicarios, ladrones y prostitutas.

El deterioro borró todo vestigio que mereciera ser preservado. En 1999, cuando se tumbó la primera casa, el sector tenía los indicadores más altos en asesinatos, la más baja expectativa de vida y era el mayor centro de expendio y consumo de droga del país. Todo esto ocurría sólo a tres cuadras del Palacio de Nariño.

Por eso en 1997 el alcalde Enrique Peñalosa propuso, ante la incredulidad de los bogotanos, buscar una solución a esta 'olla' de la ciudad. Y al final fue más fácil tumbar 602 predios en 22 manzanas y reubicar o ayudar a las 10.000 mujeres, hombres, ancianos y niños que allí vivían, que recuperar la zona. Tras seis años de obras y más de 100.000 millones de pesos, un gigantesco parque, con jardines, senderos peatonales, ciclorrutas internas, espejos de agua, juegos infantiles, fuentes y alamedas aparece hoy como un espejismo en donde se levantaba, en medio de lo más bajo de la condición humana, el barrio Santa Inés.

Aún queda por resolver a fondo el problema de los indigentes que ahora deambulan por la ciudad y enfrentan el rechazo de los vecinos cada vez que intentan situarse en algún lugar. El ejemplo de lo sucedido cuando el barrio Santa Inés se convirtió en El Cartucho es demasiado aterrador y hace que una solución de fondo sea imperativa

Pero mientras esta llega, el Parque Tercer Milenio por fin será abierto en su totalidad para su disfrute por los habitantes. El lugar se conectará de nuevo al casco colonial y al centro de la ciudad a través de la alameda peatonal y comercial en la calle 10. La ciudad espera que esta profunda intervención urbanística, que no dejó ningún vestigio de lo que allí había, permita revivir ese sector y reintegrar el centro a la conciencia colectiva de los bogotanos.

* Editor de Bogotá y Sector Social de SEMANA
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