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Opinión

  • | 2018/12/10 18:42

    La Monja

    Belisario Betancur murió unas horas antes de su último suspiro, por cuenta de un trino irresponsable y desventurado de la vicepresidenta Ramírez, que le deseó QEPD antes de que dejara de respirar. Seguramente muchas personas, entre las que me incluyo, en ese momento mentiroso honramos la memoria de un ser humano respetable a quien bien vale la pena dedicarle unos instantes para el agradecimiento. Pocos minutos después, la noticia era un mal chiste amplificado por las redes; que se confirmó la muerte; que no, que no ha muerto. Todavía.

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Recordé la historia de arte político, y hasta poético, del ir y venir de La Monja (“La Madre Superiora”), el gran óleo que Fernando Botero le regaló en 1982 al recién posesionado presidente Belisario Betancur. La monja es una mujer enorme que contempla con actitud severa y en completo silencio lo que sucede en el palacio presidencial. La cofia de grandes alas le deja escuchar más allá del muro en el que está colgada, y lleva en sus manos un crucifijo y un rosario, como a punto de bendecir. Su hábito es azul como el suelo y el cielo que la rodean, de modo que parece que intentara mimetizarse. Esa monja de mirada escrutadora, llegó al Palacio de Nariño como un símbolo del acompañamiento nacional al naciente proceso de paz con las Farc.

Belisario Betancur fue esperanza, y se convirtió en abatimiento. Mis papás, liberal él y conservadora ella, votaron en esa ocasión por el mismo candidato, el paisa amable y hasta bonachón que hacía campaña en su propio Renault 4; tuvieron esperanza en su paz, creyeron que se podía, y se desilusionaron con sus fracasos.

Pasaron 34 años para que concluyera en La Habana lo que empezó con la Comisión de Negociación y Paz de Belisario y con la Ley de amnistía temprana que el Congreso le aprobó en la primera legislatura. Para qué repetir lo que sabemos, desde cuando el comisionado de paz Otto Morales llamó “los enemigos agazapados de la paz” a las fuerzas oscuras que entonces comenzaban a asomar las garras y las armas. Lo peor estaba por venir.  

Entre tanto, y por diferentes razones, a La Monja la sacó Carolina de Barco para el Museo La Tertulia de Cali; César Gaviria la devolvió al Palacio; Samper la descolgó y la mandó rezada para el Museo Nacional, cuando su flamante ministro Fernando Botero hijo habló de más; Andrés Pastrana la trajo de vuelta, y ahí está, mirando lo que pasa y oyendo lo que dicen. La Monja es fisgona, testigo y memoria, y para que no se nos olvide que alguien observa desde adentro al poder, el maestro Héctor Osuna la inmortalizó en sus caricaturas de El Espectador.  

La Monja llegó en 1982 para acompañar al joven y esperanzador Belisario, y lo devolvió en 1986 demacrado, apaleado y resignado, a la literatura y las tertulias de donde posiblemente no tendría que haber salido, dirán algunos. Pero es de ahí de donde viene el legado más importante de este presidente, de un intangible si se compara con la atrocidad de la guerra que se alineó bajo su presidencia. La política cultural del gobierno Betancur cambió la manera como el país se veía a sí mismo, y la noción decimonónica de un arte y una cultura que eran asuntos de la elite bogotana, por el reconocimiento y el fomento de las artes populares y las expresiones culturales regionales. Son ejemplos de esto los canales regionales de televisión, el primer fomento al cine nacional o la curva de ascenso en la producción editorial. Entender que Colombia no es Bogotá y su finca, era un paso vital para la formación de la identidad nacional plural por la que propende la Constitución de 1991. Y no es que Belisario haya sido un vanguardista, es que el país tenía un enorme rezago mental frente al mundo.  

La Monja colosal seguramente vio pasar nervioso al presidente la mañana del jueves santo siguiente a su posesión, cuando un terremoto arrasó con Popayán. Y lo debió ver destrozado cuando un alud inimaginable borró a Armero del mapa, pues ella sí había escuchado las alertas que los funcionarios y ministros no escucharon, y tal vez en ese momento movió su crucifijo con la señal de la cruz, pues apenas 8 días antes el presidente había estado encerrado en su despacho con los generales mientras ardía el Palacio de Justicia; lo que pasó esa noche, parece que solo La Monja y su silencio lo supieran.

Hay una alta expectativa y mucha especulación por lo que, se espera, haya dejado escrito Belisario Betancur para ser leído post mortem. Me cabe la ilusión de que ahí aparezcan verdades que el país necesita saber, pero sé que con Belisario siempre hay lugar para la desesperanza.  

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