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Opinión

  • | 2006/08/26 00:00

    Muertes y lecciones poéticas

    Gustavo Salazar Arbeláez hace un paralelo entre los asesinatos del poeta de la palabra, García Lorca; y el poeta de la risa, Jaime Garzón

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El más grande poeta de habla hispana del siglo XX, en mi opinión, el español Federico García Lorca, fue fusilado hace 70 años, en un caluroso e impreciso día del mes de agosto, en el albor de la guerra civil española. Este crimen, que privó a la humanidad del exquisito talento y la finura del máximo representante de la generación del 27, fue cometido por un pequeño grupo de seguidores del general en rebelión y luego dictador, Francisco Franco. Falangistas, Carlistas, militares sublevados, se han lavado las manos, y, tal vez por vergüenza o premeditación, ocultaron su cuerpo, creyendo que así enterrarían y sumirían en el olvido acto tan cobarde. Ante la caída de Granada en manos de los sublevados, y al igual que en toda España, los fusilamientos y encarcelamientos de los contrarios, de los enemigos, que no eran cosa distinta de los vecinos, fueron masivos. García Lorca, temeroso por ser cuñado del depuesto alcalde socialista de Granada, Fernández Montesinos, se escondió en casa de la familia Rosales. A pesar de ser falangistas, la casa no ofrecía refugio seguro y el poeta fue detenido –me pregunto, si es que se puede detener a un inocente– y luego fusilado, tal vez un 18 de agosto. La inutilidad de la muerte de Lorca está más allá de todo comentario, hasta miembros de los grupos que lo fusilaron expresarían, luego, su repudio.

Un día de agosto de 1999, en Bogotá, un grupo de sicarios de los grupos paramilitares y otras complicidades, disparó contra el poeta de la risa, una de las mentes más brillantes de su generación, Jaime Garzón. El día de su entierro, apesumbrado, como muchos, me dirigí a la Plaza de Bolívar a mostrar mi dolor y mi indignación, a gritar y corear contra la muerte, a batir camisetas blancas, a caminar dentro del largo cortejo fúnebre, en un afán por limpiar, con mi cansancio, las risas contenidas que ya pesaban como tristezas. Para nosotros, las 30.000 personas que nos agolpábamos sobre el asfalto, la única verdad se expresaba en las calles, verdad democrática, grito conjunto de ovación, rabia e impotencia, en el que se confundían las voces de emboladores, los Eribertos, estudiantes, amas de casa, profesionales, empleadas domésticas. Recuerdo que en un momento empezamos a observar cómo algunos ‘notables’ subían a la entrada del Congreso, rendían homenaje y hacían manifiesto un pésame, que percibimos hipócrita. Muchos de ellos, que manifestaron e hicieron público su dolor y su sorpresa, no fueron a declarar cuando la justicia se los solicitó. Uno de esos tantos personajes, el que más recuerdo, casi de manera premonitoria, era Sabas Pretelt de la Vega, a quien más le dedicamos el nada deseable estribillo “fariseos, fariseos”. Estábamos llenos de emoción, de esa emoción que regala el dolor, por que yo, al igual que todos los que estábamos ahí, conocía a Garzón de manera suficiente, como se conoce a quien habla con la verdad y hace reír.

Los asesinatos de Lorca y Garzón se parecen demasiado. En ambos, la grandeza de espíritu de las víctimas no fue óbice para que, envalentonados y torpes hombres armados, movidos por turbias razones o lógicas de guerra, los consideraran enemigos y, por eso, los mataran. En ambos, los asesinos, cobardes, no dieron la cara ni justificaron el hecho. Ambos, se sabían en riesgo, García Lorca, por frecuentar la izquierda literaria de su época, Garzón por hablar duro y criticar de manera impía al establecimiento que acudía lisonjero a sus comidas y almuerzos. En ambos, no hubo culpables, la verdad de sus crímenes se diluye entre las risas y los sarcasmos de quienes dispararon. Los criminales se lavan las manos, que fue la falange; que fue Castaño; que fueron los militares de Granada; que Castaño ya había levantado la orden; que a Garzón lo mataron otros que son los mismos; y, ya muerto Castaño, entonces, ¿quién fue? Y ya muerto Francisco Franco, ¿quién responde?

Las guerras civiles son cruentas, en ellas confluyen deseos y rencillas personales. Se ha rumorado, de acuerdo con los textos de Ian Gibson , que la muerte de Lorca pudo obedecer a disputas con la familia Roldán Alba, molesta, entre otras, por su retrato en la obra de Lorca La casa de Bernarda Alba. ¿A quién habrá perturbado Garzón con sus caricaturas y parodias?. En el momento en que estalla la guerra, asuntos que son disputas o rencillas menores en los pueblos, asuntos entre vecinos, las llamadas por el teórico Stathis Kalyvas, “las escisiones locales”, disputas por el poder local, litigios de tierras, chismes, asuntos de faldas y otros asuntos menores se activan y se convierten en razón suficiente para alinearse en un bando, para censurar al contrario y para darle un ropaje de pertenencia a lo que no lo tiene, lo de poca monta se convierte, entonces, en razón plausible para matar. Jaime Garzón, al igual que muchos otros, fue víctima de los rumores, de las malquerencias y las mezquindades, las mismas que mataron a Lorca.

Ninguno de los dos murió como quería; Jaime cantaba “quiero morir de manera singular, quiero un adiós de carnaval”, y lo tuvo: un carnaval estruendosamente triste. A García Lorca lo lloran quienes lo entienden. ¿Quiso tal vez morir como lo expresó en su romancero gitano?, no lo sé, pero esto va en su honor:

“-Compadre, quiero morir
decentemente en mi cama.
De acero, si puede ser,
Con las sábanas de holanda.”

Setenta años para García Lorca, siete para Jaime Garzón, en una referencia bíblica, 70 veces siete es igual a la eternidad, la eternidad que los dos merecen por grandes, por sensibles, por inteligentes. De la impunidad, los españoles están dando cuenta, las investigaciones sobre la muerte de García Lorca no cesan. A pesar de nuestra grotesca impunidad, aún tengo esperanzas, luego de 21 años las puertas del Palacio de Justicia se reabren, con sus verdades y sus fantasmas para contarnos lo que siempre supimos. Por ahora, las muertes no resueltas me llevan a recrear el dolor de Colombia con otro verso:

“¿No ves la herida que tengo
desde el pecho a la garganta?”

Porque las heridas del pecho, son los dolores del alma y de la justicia “¿Cuántas veces te esperó? ¡Cuántas veces te esperara!”


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