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Diana Giraldo - Foto: Archivo Personal

No es cuestión de moralismos, es de sensatez

El llamado a la Corte Constitucional es a la sensatez. Al deber que tiene el Estado de proteger la vida y la integridad de las mujeres.

Por: Diana Giraldo

Hasta el día de hoy no había querido escribir u opinar públicamente sobre el aborto. No solo por tratarse de un tema que toca profundas convicciones, sino porque es tan complejo que es imposible hablar de absolutos. Pero como mujer, sabiendo que al momento de escribir estas líneas está por definirse el futuro de la despenalización del aborto en Colombia, creo que es hora de levantar la voz y hablar por tantas mujeres.

En un país en el que las cifras oficiales muestran que 70 mujeres mueren al año por complicaciones derivadas de abortos clandestinos y en el que el 52 por ciento de los embarazos no son planeados, la discusión ya no es de convicciones morales o religiosas, sino de salud pública.

En 2005, cuando realizaba mi especialización en Periodismo, decidí hacer una investigación sobre qué tan difícil era abortar en Colombia. Fingí ser una joven que se enfrentaba a un embarazo no deseado. En época de periódicos y ausencia de redes, era frecuente encontrar un clasificado con un texto tipo: “¿Retraso? ¡Aquí está la solución!”. Eran lugares horribles. Uno estaba camuflado bajo la apariencia de un centro odontológico; otro funcionaba detrás de una prendería. Un tercero era un local casi vacío de pisos sucios y paredes amarillas. “Si me trae 80.000 pesitos salimos de eso hoy”. En todos se podía pedir rebaja, como si se tratara de una compra cualquiera. Luego explicaban el procedimiento: la entrega de una pastilla, o un legrado rápido. Una toalla higiénica, “se toma un ibuprofeno y se va tranquilita para su casa”. Mi ‘juego’ llegaba hasta decir que lo pensaría, para luego desaparecer, pero mientras lo mío era solo un trabajo periodístico, allí estaban sentadas varias mujeres que en realidad abortarían. Jamás se me borrarán los rostros de esa angustia. Recuerdo la cara de una niña, de no más de 15 años, que me miró con ojos de pánico, como queriendo preguntarme ¿cómo fue? ¿Dolió? ¿Es fácil? Yo salía de esa clínica clandestina de abortos a escribir una crónica en casa. Ella saldría de allí completamente sola como llegó, adolorida y sangrante, con la vida partida.

Se estima que en Colombia se realizan 400.000 abortos ilegales cada año, aunque es imposible establecer la cifra real. De estos abortos clandestinos, el 35 por ciento tiene complicaciones por procedimientos mal hechos, y en el campo estas complicaciones llegan al 50 por ciento. Así que la gran realidad es que las mujeres abortan y no dejan de hacerlo porque sea delito. Lo hacen todos los días a escondidas, en sitios no aptos, poniendo en peligro sus vidas, y no lo van a dejar de hacer. Y tras esta prohibición se alimenta un mercado ilegal que se lucra del miedo y la angustia de miles de mujeres. Aquí el tema no es discernir en qué momento comienza la vida o si el embrión es un sujeto de derechos, o si es Dios quien decide cuándo empieza o termina la existencia. Aquí la discusión es que el aborto es un hecho que sucede todos los días en todos los lugares del país y que por culpa de su prohibición las mujeres se están muriendo.

Créanme, la mujer que va a abortar lo hará sin importar si este procedimiento constituye un delito o no; así como quien por sus convicciones crea que abortar es igual a matar a un ser humano no lo hará. Una decisión tan íntima y dolorosa no se alienta o se evita por el carácter legal o no del procedimiento, sino por las convicciones individuales de cada mujer, por el diálogo que tenga con su fuero interno, por la realidad que viva cada una, pero jamás por el miedo a ir a la cárcel.

Para escribir esta columna quise repetir el ejercicio de mirar qué tan difícil es abortar hoy en un mundo de redes sociales. Basta un “enter” para encontrarse con un universo infinito de posibilidades: “caramelos”, “dulces”, “miso” son algunas de las palabras con las que se camufla la venta de pastillas abortivas. En esta búsqueda encontré una cantidad de adolescentes absolutamente perdidas preguntando: ¿cómo hago para abortar? Y un montón de gente respondiendo cosas absurdas.

Todo esto se evitaría si el acceso a la interrupción voluntaria del embarazo fuera legal y sin restricciones. Quienes se oponen al aborto creen que legalizarlo implica fomentarlo, y que será algo así como un nuevo método anticonceptivo. Esto no es real. Decidir no tener un hijo es algo supremamente difícil para cualquier mujer. Solo quienes hayan estado al frente de un embarazo no deseado saben de la angustia que es enfrentarse a esta realidad, con un futuro incierto, con condiciones económicas difíciles, o con planes de vida incompatibles con un hijo, y la mayoría de las veces en la absoluta soledad. No, decidir abortar no es como quitarse un par de zapatos al final del día. La mayoría de mujeres que han tomado esta decisión narran que, aunque saben que era la única salida en ese momento de vida, quedaron marcadas.

Mantener la penalización del aborto y limitarlo solamente a las tres causales permitidas, esto es embarazo fruto de violación, malformación del feto incompatible con la vida y grave peligro para la salud mental y física de la madre, es además mantener un trato discriminatorio frente a la mujer, pues le impone una carga excesiva, penalizándola por una situación en la que está inmersa por el simple hecho de su género.

De modo que el llamado a la Corte Constitucional es a la sensatez. Al deber que tiene el Estado de proteger la vida y la integridad de las mujeres. A reconocerles el libre ejercicio de sus derechos reproductivos y a avanzar en una adecuada educación sexual, que fomente la anticoncepción y la sexualidad responsable.

Podemos seguir ocultando esta realidad o empezar a hacer verdaderas transformaciones para cambiarla.